|
|
|
|
|
|
|
Un deseo recurrente |
|
|
Sin ser asidua a las páginas de contenido erótico, recientemente
me he dejado seducir por la sección de relatos de esta web, particularmente
el apartado de zoofilia me ha impulsado a escribir esta historia y es
que es oportuno mencionar que soy una mujer casi entrando a los treinta
la cual descubrió el placer animal ya en la madurez, por persuasión
de mi entonces compañera sexual, es justo decir entonces que para
mi la zoofilia es una pasión que si bien no ejerzo regularmente
y de la que en ninguna forma dependo o soy adicta, si es una expresión
recurrente de mi sexualidad apenas un par de veces al mes, a veces ni
siquiera eso y casi siempre con perros, aunque a decir verdad son los
caballos mi juguete sexual favorito y con los que he podido experimentar
en contadas ocasiones pero siempre con magníficos resultados. Como
mencioné al principio, mi iniciación fue instigada por una
dulce mujer con la que mantenía relaciones sexuales y de la que
siempre me sorprendió, tuviera una verdadera jauría de canes
en su hogar. La única explicación que me otorgaba era que
si bien mantener a 12 perros le costaba una verdadera fortuna al mes,
amaba tanto a los animales que no podía mas que estar atada a ellos,
al principio no tenía idea de que tanto implicaba eso de "estar
atada" pero todo se aclaró cuando una tarde en la que supuestamente
no nos veríamos, llegué a su casa de improviso y la encontré
abotonada a uno de los tantos perros que le servían como sementales.
Como era lógico de suponer, aquella visión fue tan sexualmente
estimulante como desagradable, por un lado me daba asco las tantas veces
en que había sumergido mi lengua en su coño sin saber si
momentos antes había estado en contacto con la verga de un perro,
no tenía idea si podía estar infectada por alguna enfermedad
canina y aunque estuve fuertemente tentada a entrarle a golpes para desfogar
mi miedo y coraje, la estampa que me ofrecía ella ahí en
cuatro, con el perro subido a su espalda, ambos jadeando y dando la apariencia
de tener la mejor jodienda de todo el mundo fue mas que suficiente para
despertar mi infinita morbosidad, tan es así que me contuve de
cualquier tipo de agresión y totalmente empapada empecé
a cuestionarla sobre lo que se sentía ser cogida por un perro,
por un animal ... fue entonces que aún en cuatro con la verga del
perro taponando su vagina (como comprobé al acercarme) me relató
totalmente excitada las ventajas de tener a un can en la lista de amantes,
sobre los cuidados que tenía y la higiene que había que
guardar, sobre la penetración y el placer oral. Su dominio del
tema era tan vasto y persuasivo que como supondrán, la siguiente
en quedar abotonada fui yo. Así, en un par de semanas supe todo lo que había que saber
y experimenté todo lo que nuestras diferentes anatomías
nos permitían experimentar. Al final, con mucha aflicción
pero segura que sabría hacer buen uso de él y que lo cuidaría
como a un tesoro, me obsequió uno de sus sementales, el cual vive
conmigo y con el que mantengo eventuales encuentros sexuales. Pero la historia que pretendo relatar en justamente la primera vez en
que tuve la genial oportunidad de disfrutar de la compañía
de un delicioso caballo. Cuando adquirí la confianza y destreza suficiente como para montármelo
yo sola con mi amante canino, me surgió la inquietud de probar
con otra especie, no es que el animalito me hubiese cansado era solo que
en la cúspide del placer bestial, a una le empiezan a surgir las
ideas. Así, consulté con mi experta instructora y aunque
lo hablamos por mucho tiempo nunca se presentó la oportunidad de
ser iniciada con un caballo, a veces el trabajo, en otras conflictos personales,
en fin una y mil cosas. Afortunadamente, no pasó mucho tiempo antes
de que pudiera ver mi sueño hecho realidad. Mentiría al decir que aunque excitada hasta el grado de querer
arrancarme la ropa tan pronto como llegamos al establo, propiedad de un
amigo suyo y con el que se había arreglado para cuidar del lugar
un par de días, también estaba aterrada y expectante. Para
ese entonces ya había probado una buena cantidad de vergas perrunas
en todos los orificios de mi cuerpo pero siempre habían sido cuando
mucho, un par de centímetros mas grandes que las que hubiese podido
probar con hombres, había sido en efecto abotonada tanto vaginal
como analmente en varias ocasiones pero un caballo era por supuesto palabras
mayores. Mi expectación así como mi deseo se fue hasta las
nubes cuando, justo antes de cruzar el umbral del establo, mi compañera
me hizo partícipe que ya en anterioridad había probado a
nuestro amigo y podía certificar que estaba dotado con una polla
tan larga y gruesa como mi brazo, me cuestionó entonces si estaba
segura de querer seguir, advirtiéndome que aún estaba a
tiempo de retractarme y que ella lo entendería. Como toda respuesta
le ayude a atrancar la puerta para así estar seguras de no ser
molestadas en lo absoluto. Ya me había advertido que si el animalito no se encontraba de
humor, sería necesario implementar una buena labor de convencimiento
que no siempre fructificaba, en este sentido me explicó que por
la naturaleza y docilidad de un can, es mucho mas fácil excitarlo
e incitarlo a hacer lo que una desea que un caballo pero que valía
la pena todo el esfuerzo. Pronto me sentí de lo mas frustrada ya
que el pobre caballo no acababa de acostumbrarse al par de locas que pretendían
divertirse a sus costillas. Tan es así que luego de un par de horas
en que todos nuestros esfuerzos fueron en vano y apenas se dejaba tocar
abandonamos el proyecto, dedicándonos a retozar eróticamente
frente a la vista de nuestro irritado amigo. Desconozco si fue el aroma
a mujer excitada con el que perfumamos el ambiente o si la visión
de nuestros cuerpos desnudos retorcidos uno contra el otro fueron capaces
de excitarlo pero lo cierto es que, pronto nuestro amigo equino empezó
a relinchar y a mostrar que el incitante "brazo" que le había
crecido espontáneamente entre los cuartos traseros, pronto exigiría
la atención de una hembra y por supuesto, las dos que se encontraban
ahí no iban a desperdiciar la oportunidad de satisfacerse con él.
Nuestra ansia por finalmente tener entre manos lo que tanto habíamos
deseado, nos hizo desbordarnos sobre la polla del caballo de tal suerte
que hubiese sido imposible saber quien era "la alumna" y quien
"la experta" en esos menesteres. Nuestras ansiosas manos pronto
se asieron al mástil, masturbándolo de mil formas distintas
y a las manos pronto le siguieron las bocas. El tacto de aquel miembro en principio flácido pero con nuestra
ayuda cada vez mas rígido y palpitante era muy distinto a lo que
hasta entonces había experimentado, tanto con hombres como por
perros, el gusto era definitivamente muy fuerte pero aquellas mujeres
que han tenido la experiencia de mamarle el miembro a un caballo no me
dejaran mentir y concordarán conmigo cuando digo que el gusto poco
importa cuando se tiene la satisfacción de chupar y lamer una verga
de tales dimensiones. Está de mas decir que, si con los canes había experimentado
un placer descontrolado, el caballo superó todas mis expectativas.
Después de este encuentro, forzamos un par mas de visitas e incluso
por mi cuenta, me las arreglé para hacerme de un caballo en una
ocasión. Así y una vez satisfecha mi natural curiosidad,
mi apetito bestial fue estabilizándose poco a poco tan es así
que ahora, sigo manteniendo relaciones sexuales con mi compañero
canino y nunca desdeño la oportunidad de un encuentro equino sin
embargo, la zoofilia es para mi solo un deseo que viene y se va, otorgándome
de cuando en cuando grandes placeres y experiencias. Para volver a SEXYCUENTOS, haga click aquí
|
|
|
|
|
|
¿escribes
relatos eroticos? mandamelos
por mail y los publicaré
|
|