|
|
|
|
|
|
|
La zoofilia y yo |
|
|
Un joven conoce la zoofilia teóricamente y luego, tras mucho buscar su oportunidad, hace realidad sus fantasías en compañía de un hermoso pastor alemán. Ésta es una historia real. Soy varón, blanco, rubio, de ojos azules. Más bien delgado. Cuando niño, varios compañeros de escuela trataron de inducirme
a prácticas homosexuales (masturbación mutua y felación),
pero me negué por repugnarme dichas prácticas. A los once
años aprendí a masturbarme por mí mismo. Los conocimientos
sobre sexo los adquirí en su mayoría por un libro de sexología
algo antiguo que describía el acto sexual entre humanos con detalle.
El libro aportó, además de la teoría, el material
para mis primeras fantasías sexuales. Algún tiempo después,
leí el capitulo del mismo libro dedicado a las "Aberraciones
sexuales". Dos me interesaron sobremanera: el dedicado a la homosexualidad
y el dedicado a la zoofilia. En el primero, aprendí el significado
de la palabra pederastia, si bien entonces me pareció algo repugnante.
Pero poco después, un compañero de escuela me contó
un chiste sexual donde se describía con detalles un acto de pederastia.
Si bien no le comenté nada, lo cierto es que me excité internamente
al aprender algo que mi libro "sabelotodo" no decía:
la posición que adoptan los pederastas para practicar el coito.
Eso de que el pederasta pasivo se ponga en cuatro patas para recibir en
el ano el pene de su compañero, me pareció sumamente excitante.
Casualmente había visto poco antes a dos perros practicando el
sexo y fue inevitable comparar la posición del sodomita pasivo
con la de la perra copulada. Lo cierto es que al llegar a mi casa, lo
primero que hice fue encerrarme en el baño, desnudarme por completo
y ponerme en cuatro patas, con un espejo en la mano para mirarme el trasero.
Al comprobar que en esa posición mi ano quedaba totalmente expuesto
al separarse mis nalgas, me excité sobremanera. Me masturbé
en esa posición, de rodillas, con la mano izquierda en el suelo
y la derecha en mi pene. A partir de entonces, siempre me masturbaba así
y lo peor: con fantasías homosexuales en las cuales unas veces
yo era el practicante activo y otras el pasivo. Pero cuando eyaculaba,
me sentía avergonzado y trataba de borrar de mi mente eso. A los doce años, unos compañeros de escuela llevaron un
libro increíble. Creo que pensarán que el leer libros porno
a escondidas es algo habitual entre adolescentes. Eso sería verdad
si se tratara de libros corrientes, de esos baratos que abundan. Pero
no: nada menos que inicié mis lecturas eróticas con el summun
de dichos libros: "Dos Noches de Placer", del famoso escritor
y poeta romántico francés del siglo XIX, Alfredo Musset.
Un libro muy serio. En él pude leer, junto a mis compañeros,
insólitos pasajes de prácticas sexuales de todo tipo. Fue
aquí donde tuve oportunidad de encontrar descripciones de zoofilia
detalladas (cosa que mi libro de sexología contaba de forma muy
vaga). Leímos sobre mujeres copuladas por perros, monos y burros.
Mi excitación fue muy fuerte, tanto, que todos se dieron cuenta.
Pero lo que más me asombró del libro, no fue la novela en
sí, sino el apéndice que traía, incluido supongo
por el editor, dedicado a la explicación científica de la
zoofilia. Recuerdo que puestos en círculo, yo lo leí en
voz alta. A mi entender, las descripciones que aparecían allí
eran mejores aún que las hechas poéticamente por Musset.
Dos casos de los allí descritos me excitaron hasta el paroxismo:
uno, el de una mujer soltera de Washington, que sorprendida por sus parientes
copulando con un enorme mastín, sufrió espantosos daños
en su vagina cuando el perro, asustado, se separó violentamente
de ella. La pobre mujer murió poco después en un hospital
de sus heridas. Yo me quedé sin comprender el porqué de
aquello. Hasta entonces había creído que el pene de los
perros era menor que el de los hombres. ¿Por qué ella sufrió
daño? Uno de mis compañeros, instruido por la observación,
me lo aclaró todo: "el pene de los perros se hincha dentro
de la perra acabado de venirse". Enterado de algo nuevo, proseguí
la lectura del libro. Otro caso era el de una muchacha del sur de Estados
Unidos, muy joven y bella, que estando un día en el campo jugando
con un enorme perro, advirtió que el animal se excitaba. Despierto
también el apetito sexual de ella, creyó que podía
satisfacerlo dejándose cabalgar por el perro, pero sin permitirle
la introducción del pene. La muchacha se desnudó y se puso
en posición de perra y el animal la montó, pero cuando ella
quiso impedir que la penetrase, el perro la sujetó tan fuertemente
con sus patas delanteras, que la introducción del pene en la vagina
fue total. Al finalizar la eyaculación del semen, la muchacha intentó
separarse del perro, pero notó con susto que no podía hacerlo.
El pene estaba tan hinchado que no salía de su vagina. Durante
más de una hora lucharon la mujer y el perro por desunirse, lo
que finalmente lograron con grave daño para la mujer. Tuvo que
ser hospitalizada, aunque se curó. Aquella lectura fue toda una revelación para mí. Quedé
absolutamente excitado, a punto de eyacular en mis pantalones delante
de todo el mundo. Durante días, la imagen de la bella muchacha
empalada por el pene del perrazo, acudió a mi mente y fue uno de
mis motivos de masturbación. A partir de ahí, procuré observar en detalle las actividades sexuales de los perros. Cada vez que veía a un perro y una perra, me quedaba con el disimulo por los alrededores para ver la "montada", y el cómo se quedaban "abotonados" durante largo rato (aunque nunca durante una hora como en el libro). Adquirí la costumbre de mirar para la entrepierna de los perros
con que me encontraba para comprobar a qué sexo pertenecían.
Cuando veía un perro macho de cerca, procuraba fijarme bien en
los detalles de su pene y testículos. Un día, comprobé
con asombro lo que ya un compañero de escuela me había contado,
acerca de las actividades homosexuales de los perros. Él me dijo
que había visto a un perro macho montando a otro de su mismo sexo
y que "le había metido un trozo de este tamaño por
el culo" y separaba las manos como unos treinta centímetros
al decirlo. Aquello, aunque excitante, me pareció exagerado. Hasta
que tuve la oportunidad de observar varias de esas prácticas de
pederastia perruna. Pero de todas, ninguna me excitó más
que una que pude observar desde mi propia casa, de noche, cuando todos
dormían. Me asomé a la ventana al oír alboroto en
la calle y pude ver a dos perrazos pastor alemán, ambos machos
adultos, que vivían en casas diferentes pero que muchas veces se
escapaban de éstas para merodear por la calle. Hasta ahora no habían
coincidido en sus escapadas, pero esa noche se encontraron. El más
corpulento, desesperado al parecer por no tener perra desde hacía
meses, le fue para arriba al otro y sorpresivamente lo montó por
detrás. Lo sujetó firmemente con sus patazas delanteras
e inició rápidos movimientos de vaivén tratando de
ensartarlo con su enrojecida verga. El otro macho, sometido por la fuerza
bruta de su compañero y al parecer intimidado por él (mientras
lo montaba le enseñaba los colmillos en gesto amenazador), no hizo
nada por defender su "honra de macho". Pero cuando la enorme
verga encontró la entrada de su ano, el dolor lo obligó
a revolverse con un chillido y escapar corriendo. Su violador, enardecido,
lo persiguió jadeando de excitación. No tardó en
alcanzarlo y volver a cubrirlo. Esto se repitió varias veces, cuantas
veces el macho menos fuerte intentaba huir, el otro le daba alcance y
reanudaba su violación interrumpida. Tanto me excitó aquella
escena, que empuñé mi pene mientras miraba y me masturbé
locamente. Por desgracia, todo terminó cuando el dueño del
pastor alemán más fuerte, vio en qué andaba éste
y lo recogió obligándolo a entrar en la casa. El otro macho,
al quedar solo, pareció respirar con alivio y sentándose
en el suelo, con las patas traseras abiertas, se contorsionó para
lamerse el ano, que debía tener adolorido y mojado de semen. En lo adelante al masturbarme (siempre en cuatro patas), se mezclaban
en mi mente fantasías de sodomía perruna con sodomía
humana. Hasta que un día ambas se fundieron. Y comencé por
vez primera a imaginarme montado por un perro macho como el que había
visto. Al recordar lo leído en el libro de Musset sobre la muchacha
"cabalgada" por el enorme mastín, me imaginaba en el
lugar de ella, siendo sodomizado por el perro. Tan solo prefería
no pensar en el daño que yo pudiera sufrir por esta práctica
(al fin y al cabo era una fantasía y ahí se vale todo).
A partir de entonces, comencé a considerar a los perros machos
que veía, como objeto sexual mío. No todos me gustaban,
por supuesto, sino los grandes, fuertes, de pelo corto, sobre todo los
pastores alemanes. Admiraba sus enormes penes y los imaginaba ensartándome
con él. A los catorce años, sumé a mis habilidades la masturbación
anal. Al principio sólo empleaba un dedo ensalivado, para que entrara
bien. Pero más adelante comencé a usar objetos, al principio
de poco diámetro, como lápices. Pero poco después, algo ocurrió que puso fin a esas prácticas:
encontré novia. Una hermosa muchacha de catorce años que
borró de mi mente todas las aberraciones. Fue un noviazgo intenso,
hermoso, en que no nos conformamos con la contemplación mutua,
sino practicamos todo tipo de juegos sexuales. Ibamos al cine y sentados
en lo último de atrás, ella abría mi portañuela
y empuñaba mi pene, dedicándose a masturbarlo lentamente.
Mientras, yo metía mis dos manos dentro de su ropa: una por delante
tocando su vulva y la otra por detrás, tocando sus nalgas y ano.
Cuando yo estaba excitado, ella bajaba la cabeza, sin importarle para
nada si alguien nos veía, y mamaba mi pene, hasta conseguir mi
eyaculación y se tragaba todo el semen. Más adelante, en
cuanto tuvimos una oportunidad, la enseñé a practicar el
coito anal. Yo sólo tenía conocimientos teóricos
sobre eso. La hice ponerse desnuda en cuatro patas y ensalivé su
ano y mi pene. La tomé por ambas nalgas y la penetré con
violencia. Yo sentí un placer muy grande pero ella reaccionó
de manera no esperada por mí: dio un violento grito de dolor y
se desasió de mí. Como no había leído nada
al respecto, no sabía que a la hembra le doliese tanto. Más
adelante repetimos el acto varias veces, pero siempre con el mismo resultado.
Hasta que finalmente no aguanté más tantos coitos interrumpidos
y desfloré su vagina. Sentí que ante el embate de mi pene,
su himen cedía. Me moví con frenesí dentro de ella
hasta eyacular mi semen. Al finalizar el apasionado coito, pude ver la
sangre que probaba el cruento sacrificio de su virginidad. Fue una emoción
muy grande la que ambos sentimos. A mí me había tocado el
privilegio de hacer mujer a aquella preciosa adolescente. En mi imaginación, uno de ellos, el que con más frecuencia
aparecía en mis fantasías, por haber sido el más
insistente en la realidad, me llevaba a un rincón y allí
me sodomizaba. Luego imaginaba que aquel compañero se lo decía
a otros y me sodomizaban en grupo, haciéndome rueda. Como eran
tantos, mientras uno me la metía por el culo, el otro me la metía
por la boca y luego les tocaba a los demás. No sé cómo
no me volví de veras homosexual con tantas fantasías sobre
el mismo tema. Creo que lo que me disuadió de ello fue el pensar
en las consecuencias que tendría para mí el que se divulgase
semejante cosa. Yo quedaría desprestigiado, reducido a la condición
de vulgar gay, nadie me respetaría. No, en eso no podía
caer. En el fondo me seguía sintiendo heterosexual y confiaba en
encontrar de nuevo una amada femenina, pero si me desprestigiaba, eso
me quedaría vedado. En la universidad, comencé a leer cuanto libro de sexología
encontré en su biblioteca. Y hallé no poco material interesante.
Recuerdo un libro de Krafft Ebing en el que se describía el caso
de un campesino encargado de cuidar las reses, que encontrándose
cierto día limpiando el pesebre, no pudo resistir la tentación
de tocar el pene de un toro joven que allí había, y al comprobar
cómo se excitaba, se había bajado los pantalones apoyando
el torso sobre el pesebre. El toro lo montó de súbito, introduciéndole
de un golpe, el pene en el ano. El hombre intentó quitárselo
de encima, pero el animal lo sujetó tan fuertemente con las patas
delanteras contra el pesebre, que nada pudo hacer, hasta que el toro lo
soltó finalizado el acto. Adolorido, tuvo que acudir al hospital,
donde se le detectó una perforación en el recto a doce centímetros
del ano. Pero se curó. Aquella descripción me excitó de tal manera, que casi eyaculo
mi semen allí mismo, en la biblioteca. Era una nueva fantasía
sumada a las que ya tenía. Comencé a partir de allí
a sustituir en mis fantasías masturbatorias a los hombres, por
animales machos: perros, machos cabríos, toros, caballos, burros,
leones, monos, venados e incluso verracos. Todos esos animales me sodomizaban
una y otra vez en mi imaginación y era tal la excitación
que ello me producía, que incluso durante las clases me excitaba,
lo que puso en dificultades mis estudios (los que pese a todo, finalicé
sin problemas). En ocasiones, también me imaginaba practicando
el coito con animales hembras: tratábase de cabras, terneras, venados
hembra y llamas. En ocasiones imaginaba sodomizar a terneros machos o
hacerme felar por ellos. Sin embargo, cuando terminaba de masturbarme, al eyacular mi semen, el
torbellino lujurioso de mi mente se calmaba y me avergonzaba de semejantes
pensamientos. Procuraba borrarlos de mi mente por considerarlos perversos.
Incluso durante las masturbaciones, yo establecía una cuidadosa
barrera mental que me avisaba continuamente que eso no era más
que fantasía y que JAMÁS se haría realidad. Me aterraba
semejante idea. Cuando imaginaba escenas de pederastia pasiva con perros
grandes, ponía mucho cuidado en decirme que eso nunca ocurriría.
A los dieciocho años, estuve de visita en una casa en la que había una pareja de hermosos pastores alemanes, macho y hembra. Como la casa iba a quedar sola por una noche, me ofrecí a cuidarla y desde luego, fui al patio a ver a las bestias. Ellos, nerviosos, me ladraron mucho al comienzo, pero yo los tranquilicé y al poco tiempo ya permanecían en calma. Pero no podía tocarlos: una cerca de alambre se interponía entre nosotros, cerrada con un candado. Los animales, dedicados a la cría, se encontraban encerrados en
una especie de perrera cercada. Mis ojos se posaban en los genitales del
macho y los más sucios pensamientos acudían a mi mente.
En vano busqué la llave del candado. Así que tuve que conformarme
con meter mi mano a duras penas por un agujero de la cerca y tocar por
vez primera el pene de un perrazo pastor. ¡Y pensar que mis muchas
fantasías podrían realizarse si ese candado estúpido
no existiera! Traté de masturbar al animal, pero el reducido agujero
apenas me permitía mover la mano, así que casi no logré
excitarlo. Tuve la loca idea de saltar por encima de la cerca, y allí
dentro de la perrera, ofrecerme desnudo en cuatro patas al macho, pero
me disuadió de ello, no el peligro de que alguien desde la calle
me pudiera ver (yo estaba dispuesto a correr ese riesgo), sino a la existencia
de la perra. No me confiaba de ella. ¿Y si se mostraba celosa por
sonsacarle a su macho y me agredía? Así que me quedé
en esa ocasión sin llevar a la realidad mis sueños. Sin
embargo, al recordar en lo sucesivo lo que estuvo a punto de ocurrir,
me sentía aterrorizado. ¡Había estado a punto de cometer
una espantosa aberración sexual! Tan sólo un vulgar candado
cerrado me había "salvado" de semejante horror. Aquello
fue una verdadera ruptura en los mecanismos de seguridad de mi mente.
Ahora, cuando me masturbaba, imaginaba que -¡de verdad!- me dejaba
cubrir por un perro. Sólo bastaba que la oportunidad apareciera.
Aquello creaba verdaderos conflictos en mi mente. Yo equiparaba la práctica
de la pederastia pasiva con perros, con la práctica de lo mismo
con hombres. Me decía a mí mismo: "si haces eso, te
conviertes en maricón". Pero eso no borraba mis deseos cada
vez más intensos. Hasta que poco después, la tan ansiada
como temida oportunidad se presentó. Me enteré de que en cierta casa vecina a la mía, había
un nuevo perro: un pastor alemán aún joven. Tendría
unos diez meses, pero ya su estampa era espléndida. Aquel perro
tomó la costumbre de merodear por las noches solo. Adquirió
verdaderos hábitos de lobo y yo me propuse ganarme su amistad antes
de que fuera demasiado tarde: antes de que al madurar, su carácter
se fuera a hacer huraño y me fuera a agredir si me le acercaba.
Resultó el perro más amigable del mundo. E inteligente.
Bastaba un brevísimo silbido mío para que se me acercara,
moviendo amistoso la cola. Y todo sin que yo le hablara ni supiera su
nombre. Una noche, me decidí por fin a tocarlo. Muy nervioso, lo acaricié
primero por la cabeza y el lomo. El se dejó encantado. Lo llevé
a un rincón oscuro y allí, con mucho disimulo, me atreví
a tocarle el pene. El animal no puso ningún reparo. Temblando de
nerviosismo, entré en la escalera de mi edificio y el perro me
siguió, subiendo las escaleras con sus fuertes patas de dos en
dos. Sin poder contenerme más, le agarré el pene con la
mano y traté de masturbarlo, pero como no conocía muy bien
la anatomía canina, le causé dolor y dio un fuerte chillido,
que me hizo temer que algún vecino me descubriera. El perro, algo
lastimado, huyó escaleras abajo y yo me sentí frustrado,
sin embargo, al seguirlo, vi que no se había alejado mucho. Estaba
sentado en plena acera, lamiendo su pene. Al silbarle, pareció
olvidar todo resentimiento porque acudió de nuevo a mí.
Lo conduje de vuelta a la escalera, y el inteligente can me siguió
de nuevo, como comprendiendo que mi inexperiencia tenía arreglo.
Esta vez empuñé el miembro viril del animal más
cerca de la base, y sentí la dureza del pene dentro del forro protector.
Le acaricié los testículos y los comparé con los
míos propios: los de él, pese a su juventud, eran mayores.
Moví la mano acompasadamente, sin brusquedad, y esta vez vi la
roja punta de su glande sobresalir del prepucio. Seguí mi deliciosa
tarea, y no tardó el perro, ya con el rojo pene completamente afuera,
en eyacular su semen. Éste cayó al suelo y pude comprobar
que no era exactamente igual al de hombre. El piso quedó bastante
sucio de semen, pero a mí eso no me preocupó mucho: confiaba
en que ningún vecino identificara de qué estaba sucio el
suelo. En cuanto al olor, también era diferente, bastante fuerte
y durante días me pareció tener el olfato impregnado con
él. Aquello se repitió durante varias noches, no todas, desde luego.
No siempre yo podía y no siempre él estaba suelto. Yo me
había propuesto que para cuando él alcanzara su adultez
(al cumplir el año más o menos), me le entregaría
homosexualmente. Me excitaba la idea de que yo le ofrecería mi
ano virgen a un perrazo también virgen. Pero algo frustró
este último deseo: cierto día (esta vez en pleno día),
al asomarme a la calle, veo a mi perro acosando a una perra de su misma
raza perteneciente a otro vecino y que como él, deseaba pasear
en libertad. ¡Y para mi sorpresa, el macho no desaprovechó
la oportunidad! La abrazó fuertemente con sus patazas delanteras
y tras arquear su lomo con furia, la penetró sin dificultad alguna
por su vagina. Los movimientos del macho se hicieron frenéticos
y la hembra comenzó a lanzar suaves chillidos de dolor (puede que
fuera virgen también). Luego el macho se quedó quieto y
descendió del lomo de su compañera. Entonces quedaron "abotonados"
en medio de la calle. No pocos transeúntes se detuvieron a mirar
el espectáculo. Yo no me perdía detalle y sentía
una mezcla de furia contra la perra, por robarme un privilegio que consideraba
me pertenecía, con la más violenta excitación sexual.
No tardé en cambiar de idea y agradecerle a la perra el haber iniciado
sexualmente a mi futuro amante. La idea de ofrecerle mi ano a un perro
experto sexualmente en lugar de a uno inexperto, me ganó. Tan solo
me preocupaba algo el pensar si la perra no me transmitiría alguna
enfermedad, pero consideré que el riesgo bien valía la pena.
Me quedé mirando a la pareja durante largo rato, hasta que el macho
dio un fuerte tirón y logró sacar su hinchado pene, arrancando
a la hembra un chillido de dolor. Luego el perro se dedicó a lamerse
su verga que le colgaba entre las patas traseras para finalmente, limpiar
con su lengua la vulva de su compañera. Dos semanas después, por fin se me presentó la ansiada
oportunidad. Me encontré en la calle, de madrugada al perro pastor alemán de que les hablo, ya iniciado por una perra, y lo llamé. Me senté en un muro y él, con todo descaro, se me encaramó sobre una rodilla y empezó a hacer movimientos como de coito, al tiempo que la punta de su rojo glande comenzaba a salir de su capucha. Sentí una mezcla de excitación y miedo a ser visto por alguien y ahuyenté al perro, el cual, ofendido, se retiró a buscar aventuras en otro sitio. Durante más de una hora no lo vi. Me reprochaba el haber sido
tan cobarde. ¿Y si no quería nada más conmigo? ¿Y
si él encontraba una perra por ahí y me quedaba yo solo?
Pero al rato le vi venir de lejos. Parece que no encontró ninguna
perra pero aún así, venía caminando muy orgulloso
por el medio de la calle, con su peluda cola levantada y al silbarle,
en el acto acudió a mí, sin el más mínimo
resentimiento. Muy nervioso, eché a andar hacia el escondite habitual
pero mientras, mi perro se dedicó a levantar la pata contra cuanto
árbol o muro encontró por el camino. Yo me extasiaba mirando
el potente chorro de orina que brotaba de su pene y la fuerza con que
chocaba contra paredes y árboles. Su olor masculino me enloquecía
y pensé en agarrarle el miembro mientras orinaba, pero él
no me daba tiempo y reanudaba su marcha. Por cierto, en lugar de marchar
a mi lado, él acostumbraba a caminar delante de mí, con
la cola completamente levantada por sobre su cabeza, mostrándome
su ano y sus testículos colgando debajo. Y a cada rato, levantaba
la pata para orinar y proseguía delante de mí. Más
adelante, leyendo sobre la vida de los lobos, supe que así camina
delante de su hembra el macho dominante de la manada y que orina todo
lugar por donde pasa, para marcar su territorio. Cuando mi perro lo hacía,
parecía proclamar a los cuatro vientos: ¡que nadie se acerque
a mi hembra! Un gato se atrevió a cruzarse en su camino y mi perrazo
lo ahuyentó con fortísimos y viriles ladridos, que me llenaron
de emoción porque era la primera vez que los oía. Al parecer,
me estaba defendiendo de ese posible enemigo. Ni que decir tiene que el
gato huyó despavorido. Llegamos a la entrada del edificio y él me precedió, para evitarme todo peligro. Su elástico y fuerte cuerpo se impulsó escaleras arriba y yo lo seguí a duras penas. Al llegar a un descanso de la escalera que nos ofrecía suficiente espacio para lo que inevitablemente debía venir, yo, nervioso a más no poder, temblando de la emoción, empalmado, le toqué el pene brevemente, pero al instante decidí pasar a la acción. Me bajé los pantalones, pensando dejarme cubrir así, pero como los pantalones bajados estorbaban, terminé por quitármelos del todo al igual que los calzoncillos. También me quité la camisa, porque no quería que se me ensuciara y por otra parte, deseaba sentir directamente sobre mi piel las caricias del macho dominante.
Estaba brillante por el abundante semen que la bañaba. Pese a
mi sufrimiento, no pude dejar de mirar cómo él se limpiaba
el pene a lengüetazos. Yo estaba preocupado pensando en si me habría
causado algún daño irreparable con tan monstruoso instrumento.
Miré el suelo entre mis separadas rodillas y vi con espanto los
muchos goterones de sangre que lo cubrían, junto con un verdadero
charco de semen ¿Me habría perforado el recto? Para comprobarlo,
me introduje el dedo del medio en el ano y me palpé tan hondo como
pude. Al sacarme el dedo, lo miré pero no había sangre en
su punta, sino sólo en su base. Eso me tranquilizó porque
comprendí que la herida era superficial, más bien en el
esfínter. El perro, luego de lamerse cuanto quiso la verga, se
volvió hacia mí. Acercó su hocico a mi culo y entonces
sentí su cálida y áspera lengua propinándome
sabrosas lamidas por todo el trasero, procurando tragarse el semen que
chorreaba en abundancia de mi abierto esfínter. ¡Y de verdad
que lo tenía abierto! Tan brutal fue la sacada del pene hinchado,
que mi esfínter anal sufrió un desgarro parcial por la parte
que está más cerca de la espalda. El esfínter no
podía cerrarse y yo sentía cómo su lengua penetraba
en el interior de mi recto para lamer el abundante semen que aún
contenía. Aquellos lengüetazos, semejantes a los que él
prodigara a aquella perra, me llenaron de una mezcla de vergüenza
y alivio. Percibía aquello como una muestra de cariño y
aunque parezca mentira, el dolor lacerante disminuyó. Entonces
incorporé mi torso, quedando arrodillado en el suelo y abracé
al can. Le perdoné todo el dolor que me había causado con
su salvaje posesión sexual, por aquellos brevísimos instantes
de amor que me había brindado. Le tome con la mano la roja verga,
que aún colgaba entre sus patas, pese a haber disminuido en tamaño,
y en un arrebato de pasión me la metí toda en la boca, sin
importarme que poco antes hubiese estado dentro de mi propio culo. Así
pude conocer el sabor de una verga de perro sucia de semen, culo y sangre.
Pero la razón se abrió paso en mi enloquecida mente. Si permanecía más rato allí, me podrían descubrir. Le señalé al perro la sangre que cubría el suelo, y el inteligente y noble animal, la fue recogiendo toda con su lengua, hasta que no quedó ninguna gota. Desde luego, la leche derramada con abundancia en el suelo se quedó allí pero yo confiaba en que nadie identificara lo que manchaba el piso. Entonces decidí vestirme, pues mi nerviosismo iba en aumento. Como no tenía con qué limpiarme el culo, me puse los calzoncillos
así mismo, teniéndolo todo sucio de semen, saliva y sangre.
Ya vestido, me tranquilicé y decidí bajar un rato más
a la calle para despejarme la cabeza con el aire fresco. Una vez en la calle, mi perro se comportó de forma sorprendente. No sé si también sería una costumbre de los lobos tras el apareamiento, pero no me extrañaría: el animal, lejos de sentirse agotado después de tan intenso coito (yo sí lo estaba), se dedicó a correr a toda la velocidad de sus ágiles patas de un extremo a otro de la cuadra. Su hermoso y viril cuerpo se impulsaba con facilidad a través de la oscuridad de la noche y yo oía su excitado jadear. Entonces no sabía yo aún, que para un perro no es ningún
problema realizar varios coitos seguidos, mediando entre uno y otro pocos
minutos. Pero aunque lo supiera, no estaba yo de ánimos para una
segunda sesión. Mi ano me seguía doliendo, pese a lo cual,
me senté un rato en el muro (con cuidado para no lastimarme el
culo) y mi perro se me acercó al instante. Se sentó en el
suelo frente a mí y abriendo su boca, sacó su enorme lengua
y comenzó a jadear. Su expresión me pareció aún
más inteligente que antes. Me miraba fijamente, como enamorado
de mí y yo, sintiendo el mismo afecto por él, me incliné
hacia delante hasta colocar mi cara a pocos centímetros de la suya
y le hablé, por vez primera en la vida. Al instante, sus puntiagudas
orejas de pastor alemán se volvieron en mi dirección, como
para no perderse una palabra de lo que le decía. Esta es la primera
vez que un humano conoce las dulces palabras que le dirigí en voz
baja: "¡Me singaste muy bien! ¡Ya eres mi marido!"
Y levantándome, con el culo aún adolorido, me despedí
de mi perruno amante con una caricia, pero él me acompañó
escaleras arriba hasta la puerta misma de mi apartamento. ¡Por fin
yo había conocido lo que era el coito anal con un perro! ¡Y
qué perro! Todo el dolor y la vergüenza sufridos, no me disuadirían
en lo sucesivo, en cuanto se curara la herida de mi ano, de seguir gozando
con él de las delicias de la vida. Alfonso Donaciano Agradecería que me enviaran cualquier opinión sobre mi
relato a mi dirección pastoraleman01@yahoo.com.
Gracias. Alfonso. Para volver a SEXYCUENTOS, haga click aquí
|
|
|
|
|
|
¿escribes
relatos eroticos? mandamelos
por mail y los publicaré
|
|