|
|
||||||||||
|
||||||||||
|
|
||||||||||
|
Carmen |
||||||||||
|
Hola, me llamo Juan, y el relato que os voy a contar sucedió el
verano del año pasado. Podría decirse que este relato es
el primer capítulo de unos acontecimientos que ocurrieron durante
tres meses (julio, agosto y septiembre) y que cambiaron completamente
mi vida sexual (y mi vida general también). La peculiaridad de las relaciones que tuve durante estos tres meses,
y que después se han repetido con otras protagonistas es que todas
han tenido lugar con mujeres de más de 30 años, y alguna
de más de 40, cuando yo tengo 19 ahora. Mis padres son de un pueblo manchego. Mi padre a los 20 años se
vino a una ciudad de la costa mediterránea en la que creó
de la nada dos empresas que actualmente funcionan muy bien y que, sin
ser multimillonarios, nos permiten llevar un tren alto de vida. Mi madre es mucho más joven. Cuando tenía 18 años
se vino del pueblo a estudiar y, como favor entre familias conocidas de
toda la vida, mi padre le dio un puesto de trabajo por la mañana
para que pudiese estudiar por la tarde. El caso es que mi padre, que por
entonces pasaba los 40 años, es un ligón empedernido, y
mi madre entonces era una ingenua que se dejó seducir por él.
Pero el tema se complicó cuando mi madre quedó embarazada.
Los que conozcáis como funcionaban las cosas en un pequeño
pueblo manchego hace 20 años podréis imaginaros lo que se
organizó: discusiones, tensión entre las dos familias, acusaciones
de golfo a mi padre y de buscona a mi madre, y al final se acordó
una boda rápida para que el niño tuviese dos padres "normales".
Todo se hizo así, pero la historia aún daría una
vuelta de tuerca, porque a los seis meses de embarazo, dos después
de la boda, mi madre abortó, quedando además imposibilitada
para tener más hijos. Si aquello hubiese ocurrido hoy, probablemente mis padres se hubiesen
separado, pero en aquella época en la mentalidad de mi padre y
de las dos familias (mi madre no contaba) aquello era impensable. Como
mi padre quería sobre todas las cosas un hijo que continuase la
saga familiar, decidió que iban a adoptar un niño. Entonces
la adopción de un recién nacido era casi un imposible, así
que para agilizar los trámites me adoptaron a mi con tres años. Y ese es el origen de mi situación familiar actual: a mis 19 años,
tengo una madre de 37 años y un padre de 60, unos padres que nunca
me han querido. Mi madre, porque yo no he sido más que una carga
que atender y que le ha impedido disfrutar de su juventud, y mi padre,
porque nunca he compartido ni sus gustos ni sus aficiones. En el fondo,
creo que el debe considerar que tiene un hijo medio maricón, porque
no me gusta el futbol ni la caza, ni las partidas de cartas en el bar,
y me ha tenido apartado de su vida, tanto de su tiempo libre, como de
sus empresas, para las que tiene ya decidido como sucesor un lameculos
que le da siempre la razón y no le discute sus decisiones. Así que de común acuerdo mis padres se plantearon mi educación
como un medio de alejarme de casa. Me llevaron a los mejores colegios
masculinos en régimen de internado y me facilitaron el acceso a
todas las actividades extraescolares que quise hacer. Como fui un estudiante
brillante, y mi actividad deportiva favorita es la natación, llegué
al inicio de la universidad con las mejores notas, un buen cuerpo de atleta,
y un carácter introvertido y muy tímido. Como os podeis imaginar, mi vida sexual desde los 15 hasta que empecé
la facultad no fue muy productiva: lo mejor fueron algunos magreos con
chicas de mi edad en las cortas vacaciones de agosto en el pueblo de mis
padres, pero debido precisamente al poco tiempo que pasábamos allí,
ninguna relación llegó a buen puerto, ni en lo sentimental
ni en lo sexual. También tenía mi grupo de amigos normales,
pero en nuestras salidas de copas o a la playa, debido a mi timidez, no
me comía una rosca. Así llegué al primer año en la universidad. Por
primera vez iba a tener compañeras de estudios del sexo femenino
y aquella podría haber sido mi primera gran oportunidad. Pronto
me integré en un grupo de chicos y chicas, y empezamos a quedar
para las típicas cenas de final de exámenes, de antes de
vacaciones, etc. Pero una vez mas tuve mala suerte y me enamoré
como un gilipollas de una chica del grupo, Concha, que tenía un
novio que pasaba de ella pero con el que nunca cortaba. Así pasé
el curso, con la falsa esperanza de que ella rompiese su relación
y saliese conmigo, desaprovechando la ocasión de haber llegado
a algo con dos de sus amigas que también eran compañeras
de clase y que me tiraban los tejos de forma descarada, pero con las que
nunca hice nada por miedo a estropear mis (inexistentes) posibilidades
con Concha. Como el nivel del primer año no era muy duro para mí, y
debido a que mi padre no me daba una asignación económica
especialmente generosa, me busqué fuentes alternativas de ingresos,
haciendo el reparto a domicilio de una carnicería importante del
barrio y dando clases particulares a niños de primaria. Estas actividades
no tienen mucha importancia en este relato, pero si la tendrán
en los siguientes, como ya vereis en su momento. Acabó el curso, y a principios de julio se organizó una
macro-cena, a la que tenía que acudir toda la gente de la clase.
Pero debido a las fechas casi todos los chicos y chicas de nuestro grupo
se habían ido a pasar el verano ya a sus destinos habituales, por
lo que me encontré en una cena con un montón de gente que
conocía de vista, pero con la que había tenido poca o nula
relación. La única noticia positiva es que ni Concha ni
sus amigas fueron tampoco, lo que me permitió por primera vez en
mucho tiempo estar relajado. Cuando llegamos al restaurante, tuve que pasar al servicio, y cuando
salí todo el mundo se había sentado ya, por lo que me tuve
que sentar en el único sitio que había libre, una punta
de la mesa. A mi lado izquierdo tenía al gracioso de la clase,
uno de esos tipos que se creen chistosos a más no poder pero que
maldita la gracia que me hacen a mi, y al otro estaba Carmen. Carmen era una chica que no encajaba en el prototipo de alumna de nuestra
clase. Cuando todas las demás eran unas pipiolas como yo, ella
superaba los 30, por lo que algunos chistosos le llamaban "la abuela".
Era una buena estudiante, que se tomaba muy en serio las asignaturas prácticas,
como la contabilidad. Como a mí también me gustaba mucho
esta asignatura, había coincidido con ella en alguna tutoría,
y habíamos intercambiado apuntes alguna vez, pero fuera de eso
poco más había hablado con ella. Así que al sentarme, y ante la otra alternativa de conversación
que se me presentaba, recé para que fuese una chica simpática
y pudiese al menos tener una charla agradable. Antes de dirigirle la palabra,
me fijé por primera vez en ella como una mujer. Tenía una
cara dulce, redondita, con unos ojos negros grandes y expresivos, aunque
un poco tristes, una nariz más bien chata, aunque graciosa, y unos
labios bonitos que encajaban bien en unas mejillas regordetas. Su pelo
era negro, cortado a media melena, lo que acentuaba, para mi gusto demasiado,
la redondez del rostro Esa noche se había maquillado, por lo que
sin tener una cara de revista, estaba realmente guapa. Llevaba una blusa
blanca, con un escote generoso que dejaba adivinar el inicio de unos pechos
que, sin ser exageradamente grandes, resaltaban claramente bajo la blusa.
Además, mirándola de cerca, bajo la tela de la blusa se
intuía un sujetador blanco, lo que le daba un aire un poco sexy.
Nada mas sentarme, me dirigió una sonrisa y me saludó.
Entendí que a ella tampoco le ilusionaba el resto de la compañía
que tenía y que me había elegido a mí como contertulio.
Así que comenzamos a hablar, quedándonos un poco al margen
del resto de la cena. Por suerte era una chica encantadora, que se fue
soltando a medida que las copas de vino pasaban a nuestro estómago.
Me contó que estaba casada con un representante de comercio que
esa noche tenía cena de trabajo, y por eso había venido
a nuestra cena. Había empezado la carrera porque ella llevaba la
administración de la empresa comercial de la que su marido era
dueño, y que tras crecer mucho la empresa, el trabajo le venía
un poco grande. No tenía hijos, su marido pasaba casi todo el día
fuera y tenía una chica que se encargaba de las tareas domésticas,
por lo que sus actividades se centraban en estudiar y trabajar, porque
su marido, como mi padre, dedicaba los fines de semana a sí mismo
(futbol y copas con los amigos), mientras ella como mucho quedaba alguna
tarde con las viejas amigas para ir al cine, pero ya no recordaba la ultima
vez que había salido una noche de copas que no fuese Nochevieja. Así acabó la cena, y los que dirigían el cotarro
propusieron ir a uno de los garitos de playa que estaban de moda. Nadie
se opuso, y la gente se organizó para ir. Le pregunté a
Carmen: - ¿Qué vas a hacer? Así que nos fuimos a su coche, aparcamos como buenamente pudimos,
y llegamos al garito. Aquello era inmenso, muchos de los de la cena al
final no habían acudido, y los que quedaban estaban dispersos por
el local con los corros ya formados. Carmen y yo nos quedamos en un rincón.
Me preguntó qué quería tomar y me invitó a
una copa, tomando ella otra. Seguimos hablando, y la conversación,
debido al alcohol, pasó a temas más personales. - ¿Tienes novia, Juan? Le conté lo que sentía por Concha, y su recomendación
fue tajante: debía olvidarme de ella y empezar a disfrutar. Le
dije que era muy tímido y que me costaba hablar con las chicas. - Pues conmigo lo has hecho muy bien Se quedó callada, me volvió a mirar y me besó en
la mejilla, mientras decía: - Gracias, guapo. Tu si eres un encanto Al besarme pude oler la mezcla de perfume caro y sudor, pude ver por
su escote, además del principio del canalillo, un trocito de su
sujetador blanco de encaje, y sentir el roce de uno de sus pechos contra
mi. Todo unido hizo que empezase a excitarme. Ninguna chica había estado conmigo tan cariñosa como Carmen
en aquel baile. Como soy más alto que ella, apoyó su cabeza
contra mi pecho. Podía ver su cabello negro, pero más que
lo que veía, me tenía agarrotado lo que sentía. Carmen
me había rodeado con sus brazos, apoyando las manos en mi espalda.
Sus tetas estaban apretadas contra mi cuerpo, y notaba contra mi carne
su tacto a la vez blando y firme. Estaba tan pegada a mi que restregaba
descaradamente mi paquete contra su cuerpo. En aquel momento yo ya tenía
la polla a punto de estallar, pero como a ella parecía no importarle
puse una de mis manos en su cadera, y la otra la fui deslizando hasta
su culo, abundante pero firme, cubierto por un pantalón negro amplio. El baile seguía, y ella también empezó a tocarme
el culo. Yo ya comencé a jugar descaradamente con el suyo, dibujando
con mis dedos el elástico de sus bragas por encima de la tela del
pantalón. Entonces separó la cabeza de mi cuerpo, y me miró
con ojos de deseo, entreabriendo los labios y enseñándome
la punta de la lengua. Ante esa invitación, la besé, rozando
apenas sus labios con los mios, a lo que ella respondió metiendo
su lengua en mi boca. Comenzó entonces un morreo en el que ambos
nos magreamos el culo a conciencia, y como yo ya estaba lanzado, metí
una mano por debajo de su blusa, acariciando primero su espalda, para
llevarla después a una de sus tetas, que acaricié por encima
del sujetador. En ese momento Carmen se debió dar cuenta de donde estábamos,
se separó de mi, y arreglándose la ropa me dijo: - Vamos al coche Salimos del local, y por la calle, camino del coche, la abracé
por la cintura. Ella se apretó contra mi, y metió una mano
en mi bolsillo del pantalón, así que yo le volví
a acariciar el culo otra vez. Llegamos al coche. Los cristales estaban cubiertos de vaho, porque estabamos
en la orilla del mar y había empezado a refrescar, por lo que era
imposible desde fuera ver lo que ocurría dentro. Abrió la
puerta y entramos. Sin decir nada, comenzamos a besarnos y acariciarnos
sobre la ropa. Yo estaba a 100, y le desabroché la blusa. Ella
me quitó la camiseta y me empezó a besar el torso. La dejé
hacer, mientras con una mano le acariciaba la parte interior del muslo
y el coño por encima del pantalón. Carmen se apartó, y se quitó el sujetador. Mirándome
fijamente, me dijo: - ¿Te gustan? Ante ese ofrecimiento dediqué a esas tetas el tratamiento que
se merecían. Primero con la mano, mientras la besaba en la boca,
notando como sus pezones crecían al deslizarse entre mis dedos.
Después con la boca, jugando con los labios y la lengua, notando
como Carmen se estremecía cada vez que la punta de mi lengua acariciaba
la punta de sus pezones. Mientras tanto, mis manos le habían desabrochado el pantalón,
y se habían metido por debajo de sus bragas notando los primero
pelos de su conejito, y bajando uno de mis dedos hasta una raja húmeda
de flujos después. Entonces, Carmen se retiró de repente. Al mirarla, pude ver por
primera vez en toda la noche una cara seria de preocupación, y
comenzó a abrocharse toda la ropa. - No puede ser, Juan, esto es una locura Me quedé callado un momento, pero estaba demasiado caliente para
renunciar a mi trofeo tan fácilmente. Le dije algo que en otra
situación se me hubiese quedado en la garganta. - Olvidate de eso, Carmen. Puedo darte lo que tu marido no te da. Solo
somos un hombre y una mujer que se desean. Me quedé sin palabras. Me estaba tratando como un niño,
y mi inseguridad con las mujeres volvió a aflorar. Me preguntó
mi dirección y se la dije. En todo el trayecto estuvimos en silencio,
y al llegar a casa, sin mirarme siquiera, se despidió de mi hasta
el incio del siguiente curso. Yo la miré y me pareció ver
que estaba llorando, pero me sentía incapaz de decirle nada. Me
bajé del coche y subí a casa. La semana siguiente fue monótona a más no poder. Mis amigos estaban fuera de vacaciones, no tenía clases particulares que dar, y el reparto de la carnicería lo acababa en poco más de una hora, porque el barrio estaba despoblado y sólo atendía algunos bares. Me pasaba el día leyendo, oyendo música y viendo la tele, y haciendo alguna que otra salida a la playa solo a tomar el sol. La única novedad fue la visita de mi tío, el hermano de mi padre, con la mujer con la que se acababa de "juntar". Pero como ese es el principio de otra historia, no me extiendo en más detalles. - ¿Si? Colgué el teléfono hecho un lío. Ninguno de los
dos había hablado de lo que había ocurrido. Yo, porque estaba
enfadado y estaba decidido a no hacerlo pero ¿y ella?. Era tan
buena como yo en contabilidad, y a pesar de eso me había pedido
ayuda. Además, lo había organizado para que fuese en su
casa en un día en que nadie nos molestase. ¿Lo tenía
tan superado que no le importaba quedarse a solas conmigo porque me veía
como un compañero de clase nada más, quería aprovechar
el momento a solas para hablar con tranquilidad, o tenía otros
planes? Decidí no pensar en ello y esperar a que llegase el momento. Durante
el resto de la tarde medité sobre cómo me iba a comportar
cuando la viese. Decidí seguir marcando distancias, y comportarme
como si nada hubiese ocurrido, incluso cuando estuviésemos los
dos solos. No sería yo el que sacase el tema, y si era preciso
pensaba mostrarme irónico y cortante. Así que al día siguiente dije en casa que había
quedado a comer con uno de clase y a las 12 menos cinco estaba llamando
a la puerta de su casa. Estaba en una de las mejores zonas de la ciudad,
y se notaba que era una finca antigua con solera, aunque bien restaurada
y muy elegante. Por suerte el portero estaba de vacaciones y me abrió
Carmen desde arriba, por lo que no tuve que dar explicaciones de a dónde
iba. Cuando me abrió la puerta, casi me caigo de culo. No me recibió
en camisón, como pasa en alguno de estos relatos, pero lo que llevaba
era casi más provocativo. Iba de rojo, un rojo intenso. La blusa
era de seda semitransparente. Manga larga y sin botones, la llevaba anudada
enseñando el ombligo y con un escote de los que quitan el hipo.
Por la cantidad de pecho que enseñaba y lo que se movían
las tetas estaba seguro de que no llevaba sujetador. La minifalda era
elástica y muy corta. Le dibujaba perfectamente las caderas y le
permitía enseñar unas piernas bien torneadas cubiertas con
unas medias también rojas. Recordé que Carmen me había
comentado que iba al gimnasio, y pensé lo bien que le sentaba el
ejercicio. A pesar de ser ancha de caderas y de muslos, no tenía
ni un solo centímetro de carne flácida (yo ya lo había
sentido al magrearle el culo), la cintura era estrecha, lo que resaltaba
más la curva de la cadera, y el vientre plano resaltaba un pecho
que sin ser exagerado, tenía un tamaño de los de llamar
la atención, como yo ya había disfrutado. Además,
se había maquillado como la noche de la cena, menos los labios
que ahora llevaba pintados, como no, de un rojo intenso. Me saludó, me dio dos besos y me hizo pasar. Ahora estaba seguro
de que no llevaba sujetador, y al seguirla la vi contonearse moviendo
el culo como nunca antes la había visto. Además, la falda
era muy ajustada y no se notaba ni una raya. ¿Tampoco llevaba bragas?
¿Qué es lo que intentaba? Decidí tomar yo la iniciativa
para que no jugase conmigo. Si quería alguna cosa, tendría
que plantearla abiertamente. Tras sacar dos cervezas nos sentamos en el
sofá, uno al lado del otro. En la mesa del salón nos esperaban
un montón de carpetas cerradas. - Bueno, Carmen ¿dónde están esos contratos de leasing
que crean problemas a la segunda mejor experta en contabilidad de la clase? Me había ganado la primera batalla. Había tratado de hacerme
el duro, pero al final me había hecho decirle que estaba muy sexy
antes de que ella dejase claras sus intenciones. Así que decidí
soltarle la parrafada que llevaba preparada casi de memoria y que la obligaría
a decirme a qué estaba jugando. - Mira Carmen, yo también he pensado mucho en lo que pasó.
Me pediste que olvidase ¿no?, y eso es lo que he hecho. No lo he
comentado con nadie. En privado, ya te lo he dicho, el problema es mío.
Al fin y al cabo, si me tengo que hacer una paja es más lógico
que lo haga pensando en unas tetas que he besado y en un coño húmedo
que he acariciado que en las tías de una peli porno o de una revista.
Pero tranquila, que esta será la última vez que te lo diga.
Mi mayor problema, el único, es que no sé que hacer cuando
estoy contigo. Hoy he venido a hablar de contabilidad y a no sacar el
tema, pero tú sí lo has hecho, y aún no me has dicho
lo que piensas ni lo que quieres. - Yo también me he masturbado pensando en ti. Carmen seguía jugando conmigo. En lugar de contestarme directamente,
se seguía metiendo en terrenos cada vez más incómodos
para mí sin aclararme nada. Empecé a cabrearme y utilicé
la ironía como defensa. - Vaya, así que te corres recordando como te chupan las tetas
y te soban el coño. Eres facil de contentar. Seguía contestando mi pregunta con otra pregunta. No me resultaba
fácil enfadarme mirando a los ojos a Carmen, asi que las últimas
frases las había dicho sin mirarla. Tomé fuerzas para decirle
a la cara que dejase de jugar conmigo, pero cuando la miré me quedé
sin habla. Tenía la misma mirada que en el garito de playa, mezcla
de inocencia y provocación. Así su última pregunta
cambiaba totalmente de sentido: no estaba jugando conmigo, me estaba invitando
a continuar. Me quedé callado. Le sonreí, pero sin contestarle. Ella
me sonrió también, y tras unos segundos eternos, se llevó
sin decir nada las manos al nudo de su blusa y lo deshizo. Se quedó
asi, con la blusa abierta enseñándome unos pechos que, efectivamente
no llevaban sujetador, y sin dejar de mirarme a los ojos. Me levanté del sofá y me coloqué detrás de
ella. Carmen me miraba, sin saber lo que iba a hacer. Coloqué mis
manos en su cuello, y las deslicé hasta los hombros, haciendo que
la blusa los dejase al descubierto. Ahora podía ver sus pechos
desde arriba. Le empecé a dar un masaje pasando de los hombros
al cuello y volviendo a los hombros otra vez. Carmen se relajó,
echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y se dejó
hacer. Mi masaje se desplazó hacia delante, primero hasta el inicio
de sus pechos y luego dedicándome a ellos en exclusiva. Eran unos
pechos firmes para su tamaño, con unos pezones grandes que yo hacía
deslizar entre mis dedos, notando como crecían por la excitación,
y los comencé a pellizcar suavemente con el pulgar y el indice. Di la vuelta al sofá y me puse frente a ella. Me arrodillé
en el suelo, quedando con la boca a la altura de sus tetas, y las besé
y chupé durante un buen rato. Carmen gemía cada vez mas,
y abrazaba mi cuerpo con sus piernas. Bajé con mi lengua hasta
el ombligo, que acaricié con la punta, y bajando cada vez mas llegué
hasta la cintura de su falda. Entonces me dediqué a sus piernas, comenzando por las rodillas.
Las besé por encima de sus medias rojas, separé aun mas
sus piernas y fui subiendo con mis besos por el muslo, al tiempo que le
iba subiendo la minifalda. Pasé con mis besos por encima de la
banda de silicona que sujetaba sus medias, y dejé convertida su
minifalda elastica en un cinturón ancho alrededor de sus caderas.
Efectivamente, no llevaba bragas, y con las piernas abiertas me estaba
enseñando su conejito. Lo llevaba depilado, excepto un pequeño
cuadrado de pelo en la parte superior. Yo nunca había había comido un coño, así
que me dejé guiar por el instinto y por lo que había leído
en revistas y visto en pelis porno. No lo debí hacer mal, porque
Carmen gemía cada vez mas, y con frases entrecortadas me animaba
a seguir. La humedad del coño cuando empecé se había
transformado en un manantial de flujos, y con solo unos toques con mi
lengua en el clítoris, Carmen empezó a tener convulsiones,
apretó su cabeza con sus manos y emitió un grito largo y
apagado. Se había corrido. Sabía que había chicas
que se corrían fácilmente y me excitó saber que Carmen
era una de ellas. Me bebí sus flujos, y entonces me dijo: - Ahora me toca a mi.... Nos levantamos. Ella se quitó la blusa mientras me besaba, luego
los zapatos, y por último se bajó la falda, quedándose
solo con las medias. Siguió besándome, me quitó la
camiseta, y jugó con su lengua en mis pezones, hasta ponerlos erectos.
Se fue agachando besando mi cuerpo, hasta el pantalón. Desabrochó
el botón, bajó la cremallera y me lo quitó. Yo me
quité los náuticos, así que me quedé solo
con un boxer negro elástico, con el paquete a punto de reventar
a la altura de su cara. Me empezó a bajar el boxer, y mi verga,
dura como el hierro, casi la golpea en la cara. - Que larga y dura la tienes, cariño. Te la voy a comer entera. Me tumbé, y mi verga quedó tiesa mirando al techo. Sabía
que los 21 cm. eran un tamaño bastante digno, y después
me han dicho que además es más gorda que la mayoría.
Carmen se tumbó sobre mi, agarrándola con las manos y besando
el capullo, mientras su coñito quedaba a la altura de mi boca. De repente noté como se la metía hasta donde podía
en la boca, y la chupaba como si fuese una piruleta. Noté un placer
inmenso, pero no me quería correr aún, y me concentre en
lo que ella me ofrecía. Volví a chuparle el coño
a conciencia, y con un dedo mojado en saliva y en sus jugos, empecé
a dilatar la entrada de su culo. Los dos seguimos chupando, gimiendo por
el placer que cada uno nos dábamos al otro. Carmen la chupaba con
glotonería, como si fuese una golosina que llevase tiempo sin probar.
Le dije que estaba a punto de correrme y entonces paró y me dijo
que quería mi leche en su coño. Nos levantamos y me llevó de la mano a su habitación. Quitó
la colcha, me abrazó, me dio un beso largo mientras se restregaba
contra mí. Se separó y me dio un empujón que me tiró
sobre la cama boca arriba. - ¡¡Que ganas tenía de tener para mi una polla como
esta!! Estaba caliente a más no poder. Carmen era muy educada y no decía
nunca tacos, pero yo había despertado su lado salvaje. Se subió
a la cama, se metió la polla entera en el coño, y empezó
a cabalgarme, follandome como acababa de decir. La dejé hacer. Estaba como loca. Pasaba de moverse casi a cámara
lenta a galopar como una amazona. Los ojos cerrados, la boca abierta sin
parar de gemir, de jadear, de gritar, el pelo y las tetas moviéndose
al ritmo de su cabalgada. Me estaba follando de verdad, porque era ella
la que decidía qué hacer en cada instante. Cerré
los ojos, puse mis manos en sus tetas, y me concentré en alargar
ese momento de placer inmenso sin correrme. Nunca antes la había
metido en un coño, y los que lo hayais hecho sabréis que
es algo que no se puede describir. Notaba el calor de su carne apretando
mi verga como si quisiese exprimirla, los toques del capullo contra sus
paredes con cada embestida, y los flujos cayendo en mis huevos y mis muslos. Le dije a Carmen que me iba a correr. Jadeando y de forma entrecortada
me dijo que lo hiciese, que quería mi leche, que ella ya se había
corrido dos veces. Y me corrí. Me corrí como nunca antes
lo había hecho, con un placer mil veces superior al de cualquier
paja o mamada. Carmen se quedó quieta, se agitó un poco,
y dando un grito se dejó caer sobre mi sin fuerzas. Había
tenido otro orgasmo a la vez que yo. Nos quedamos los dos quietos sobre la cama, ella encima de mi, recuperando
la respiración. Mi verga había quedado flácida después
del polvo y Carmen parecía no tener ni un gramo de fuerzas, por
lo que estuvimos mucho rato así, abrazados el uno al otro, sin
decir nada, dedicándonos suaves caricias en nuestros cuerpos entrelazados.
Mi primera experiencia sexual completa había sido deliciosa, pero
en ese momento no me imaginaba lo que aún me esperaba en ese día.
Hasta entonces, Carmen había llevado la iniciativa. Ella me había
seducido en el pub, había cortado la situación cuando había
querido, me había hecho ir a su casa, me había vuelto a
seducir otra vez, y me había follado a su antojo en ese primer
polvo, siendo yo solamente el dueño del cuerpo que ella deseaba
para darle placer. Pero esta situación, sin yo saberlo iba a cambiar
en unos instantes, porque Carmen tenía otros gustos sexuales que
yo desconocía. Después de más de media hora de estar
tumbados en la cama acariciándonos y besándonos cariñosamente,
empezó a hablar otra vez. - Ha sido una pasada, Juan. Hacía mucho tiempo que no me corría
tantas veces. Me quedé callado un momento. Eso era nuevo para mí. Había
leído que algunas chicas encuentran más placer siendo dominadas,
pero no me imaginaba que Carmen fuese una de ellas. Como su invitación
había sido muy tímida, seguí hablando como si nada. - La siguiente ocasión puede ser ahora mismo. Solamente con pensar
en volverlo a hacer ésta ha comenzado a reaccionar. Me quedé de piedra, no por lo que había dicho, sino por
cómo lo había dicho. Estaba sentada en la cama, con la cabeza
agachada, y su voz era suave y sumisa. Parecía de verdad una chica
que se hubiese portado mal y esperase un castigo. Solo con escucharla
mi polla había recuperado casi la máxima erección.
Tenía que responderle, pero no sabía qué. No me imaginaba
a mí mismo atándola ni causándole dolor, así
que pensé en una postura de sumisión. - Te vas a poner a cuatro patas, como una perra, y voy a follarte el
culo hasta cansarme. Eso es lo que salió de su boca, pero sus ojos me decían
otra cosa. Me estaba mirando con cara de niña traviesa, los ojos
iluminados con la ilusión de quien espera un nuevo juguete. Me
había propuesto un juego y le gustaba ver que yo había empezado
a jugar, así que ya no dí marcha atrás. - Carmen, te has aprovechado de un niño inocente, y eso está
muy mal. Mereces un castigo y vas a ofrecerme ese culo que dudo que sea
virgen. Lo había conseguido. A pesar de sus protestas, su cara no dejaba
dudas sobre la excitación que le producía la idea de que
la follase por detrás. Ahora tenía un macho que la dominaba
como a ella le gustaba. Fui al baño, cogí la vaselina, y
cuando volvi estaba preparada, como le había dicho, moviendo su
culito con movimientos provocadores. - No me hagas mucho daaaaaaaño. A partir de ahora prometo ser
mucho mas buena. Me acercé y le dí una buena palmada en el culo. Carmen
protestó un poco, pegó la cara al colchón y con las
rodillas dobladas dejó solamente el culo levantado a mi disposición.
La cogí por las caderas, y empecé a besarle y morderle en
las nalgas. Las separé, y pude ver su ano, el objeto de mis deseos.
Le besé alrededor, y le dí suaves toques con la lengua,
como había visto en alguna película. Cuando estaba lleno
de saliva, lo acaricié con mi dedo índice, y lentamente
le introduje la punta. Carmen gimió y se estremeció, pero
no dejó de mover provocativamente su culito. Destapé el tarro de la vaselina, y puse un poco en su ano, extendiéndolo
con el dedo. Volví a meterlo, y abriendome camino poco a poco lo
introduje del todo. Debía ser virgen de verdad, porque a pesar
de la vaselina me costaba mucho avanzar y las paredes me aprisionaban
el dedo con fuerza. Pensé en cómo iba a conseguir meter
mi verga en algo tan pequeño, pero ya no había marcha atrás Saqué el dedo y le puse más vaselina. Volví a meter
la punta del dedo, pero antes de introducirlo, metí un segundo
dedo. Carmen se quejó un momento y dejé de empujar. Cuando
se calló, como seguía moviéndose, fui poco a poco
metiendo los dos dedos a la vez. Carmen alternaba los quejidos de dolor
con, por primera vez, gemidos de placer, hasta que tuve los dos dedos
dentro. Comencé a moverlos dentro, con ligeros movimientos de entrada
y salida. Su ano estaba más dilatado, y cada vez los dedos se movían
mejor. Carmen ya no se quejaba, y solo gemía de gusto cuando metía
y sacaba mis dedos. Repetí la operación con un tercer dedo, y Carmen empezó
a animarme a seguir, diciendo que le gustaba mucho. Consideré que
había llegado el momento. Embadurné toda mi polla con vaselina
y puse el capullo en su ano, que con el trabajo de mis dedos estaba mucho
más dilatado. Empecé a empujar. Me costó mucho que entrara la punta. Carmen lanzó un grito
que no sabía si era de placer o de dolor. Seguí empujando
con pequeños movimientos, consiguiendo que cada vez entrase un
poquito más. Cada uno de mis empujones se acompañaba por
un grito sordo de Carmen, que había apoyado la cara contra el colchón
y tenía el cuerpo arqueado y tenso y las manos agarrando la sábana
con fuerza. Cuando le había metido la mitad, dejé de empujar. Carmen
se relajó y empezó a mover el culo otra vez, con gemidos
que ahora sí eran de gusto. Yo me dediqué a disfrutar un
momento con el contacto de las paredes de su culo contra mi polla, y empecé
a empujar de nuevo. El grito fue desgarrador: - ¡¡¡¡No, por favor!!! ¡¡¡¡No
sigas que me destrozas!!!! ¡¡¡¡SACAMELA!!!! Estaba llorando de dolor. Me dio pena y se la saqué. Pero yo la
tenía dura como el acero y necesitaba correrme otra vez, así
que inmediatamente se la metí de golpe y hasta el fondo en su coño,
que estaba húmedo y lubricado con los caldos que había soltado
mientras le follaba el culo. Carmen volvió a gritar y a tensar
su cuerpo, pero inmediatamente lanzó un gemido de inmenso placer.
Por primera vez me dí cuenta que en mi posición yo estaba
frente al espejo de la habitación. Me veía reflejado con
mis rodillas apoyadas en la cama y el cuerpo recto, mientras que podía
ver el pelo de Carmen, que seguía con la cara apoyada contra el
colchón, y su espalda ascendiendo hasta el culo en pompa. Le dije que se pusiese a cuatro patas. Quería verla en el espejo
mientras le follaba el coño. Carmen me obedeció sin decir
nada. Comencé a meterla y sacarla lentamente, y Carmen también
empezó a moverse. Se notaba que esto le gustaba mucho más.
Le vi la cara, con los ojos cerrados y la lengua relamiéndose los
labios de gusto. El pelo le caía desordenado por la cara, siguiendo
el ritmo de mis movimientos. Pero lo que más me excitó fueron
sus tetas. Caían por su peso y parecían más grandes
que cuando estaba de pié. Se movían siguiendo un movimiento
anárquico, distinto del ritmo de la follada, como dos cencerros
al cuello de un caballo desbocado. Carmen parecía haberse olvidado del dolor anterior y estaba disfrutando de lo lindo. Gemía cada vez con más fuerza, y en tres ocasiones se tensó y gritó, pero esta vez de gusto. Ahora sabía eso significaba que se estaba corriendo. Yo estaba sintiendo cada vez un placer mayor y me dejé ir. Cuando ya no podía más, se la clavé hasta el fondo,
dejé de moverme y me corrí por segunda vez dentro de su
coño. Nos volvimos a derrumbar los dos sobre la cama y estuvimos un rato en
silencio. Yo no sabía cómo iba a reaccionar Carmen, pero
le había cogido el gusto a llevar la iniciativa y no pensaba ceder
ese papel. Solamente decidí que a partir de entonces las órdenes
que le diese no supondrían dolor para ella. De repente me volvió
a hablar: - Me has hecho mucho daño. Me has partido el culo en dos. Había preparado una comida deliciosa. Una ensaladilla rusa y una
carne con salsa que solo tuvo que calentar en el microondas. Comimos en
la mesa de la cocina, yo completamente desnudo y ella solo con las medias
rojas que no se había quitado en toda la mañana. Me sirvió
la comida como si de verdad fuese su amo, interesándose en todo
momento por mis preferencias. Por lo visto, ella también quería
seguir adoptando un papel de sumisa, y para dirigirse a mi me llamaba
cariño, cielo, guapo, amor, príncipe, rey.... Siempre dejando
claro que seguía esperando mis órdenes. Al llegar a los postres, me dijo que no tenía nada preparado.
De repente tuve una idea. - ¿Tienes nata en spray o caramelo líquido? Así lo hizo, y yo comencé a decorar mi pastel. Cubrí
de nata sus labios, sus pezones y su coño, y diburé un hilo
de caramelo líquido desde el cuello hasta el ombligo y a lo largo
de las piernas. Me comí el postre que me había preparado. Empecé
por las piernas, chupando el hilo de caramelo que había dibujado,
pasando de una a otra hasta llegar a sus muslos. Después me comí
la nata de su boca, dándole un beso profundo con lengua, al que
ella respondió. Bajé a su cuello, chupando el caramelo que
se perdía por el canalillo de sus tetas, y en ellas me paré
para comerme la nata de los pezones, que chupé hasta dejar duros
apuntando hacia el techo, mientras Carmen comenzó a gemir y a moverse. Continué siguiendo el hilo del caramelo por su vientre, y me bebí
el que se había quedado en su ombligo. Ahora solo me quedaba el
coño, cubierto de nata, y a él me dediqué, saboreando
cada porción que retiraba con mi lengua, hasta dejarlo a la vista.
Sus caldos se habían mezclado con los últimos restos de
nata, y le limpié a conciencia hasta conseguir que se volviese
a correr una vez más. Le dije que ahora era su turno. Se quitó de la mesa y me preguntó
sumisa mi me quería tumbar. Lo hice, y ella recubrió mis
pezones con nata y dibujó una línea hasta mi polla, que
seguía flácida porque no se había recuperado de los
dos polvos anteriores. Comenzó a degustar su obra culinaria, chupando lo que había
cubierto con la nata. El problema es que mi verga no reaccionaba, y pese
a que le dedicó una buena mamada después de dejarla al descubierto
de nata, no consiguió ni ponerla dura ni que me corriera, aunque
sus atenciones me produjeron bastante placer, sobre todo por el morbo
que tenía la situación. Me propuso ir a ducharnos y después una siesta para descansar.
Aunque nos duchamos juntos, no ocurrió nada más, porque
mi polla seguía en estado catatónico. Y así, después
de secarnos, nos tumbamos en la cama, completamente desnudos y abrazados
el uno al otro. Carmen se quedó dormida abrazada a mí, y yo no tardé
mucho en hacer lo mismo acariciándole. Nos despertó el teléfono.
Mientras Carmen lo cogía, ví que habíamos dormido
dos horas, y eran casi las 6. Era el marido de Carmen. Por la conversación deduje que acababa
de terminar y que iniciaba su viaje de vuelta, así que aún
le quedaban tres horas para llegar a casa. Eso me tranquilizó,
porque no había peligro de que nos pillase. Carmen se despidió
de él, quedando para la cena y sugiriendo que después de
la cena habría más cosas. Decidí retomar el papel
de macho dominante y le pregunté: - ¿A que cosas te referías? ¿Qué le tienes
preparado para después de la cena? La había obligado a tumbarse. Le había separado las piernas
y apoyé las rodillas entre sus muslos. Le sujeté sus manos
con las mías y extendiéndole los brazos me incliné
para besarle en la boca. La tenía debajo de mí, indefensa,
a merced de lo que quisiera hacerle. Carmen respondió a mi beso, y aproveché para restregar
mi polla, que estaba poniéndose dura otra vez, contra su coño.
Así estuve un rato, hasta notar que su coño empezaba a soltar
jugos otra vez, y que ella levantaba el culo buscando también el
contacto de mi miembro. Le había vuelto a calentar, y pedía
guerra otra vez. Dejé de besarle, y coloqué el capullo en la entrada de
su conejito. Empujé un poco y se lo metí. Carmen gimió
y me pidió más. Estaba cachonda y perfectamente lubricada,
así que no me costó metérsela entera. Me quedé
quieto un momento, con la verga clavada hasta los huevos, y me dediqué
a chuparle y morderle las tetas. Carmen rodeó mi cuerpo con sus piernas, poniendo los pies en mis
riñones, y comenzó a moverse, pidiéndome que le diese
más. Comencé una maniobra de mete-saca cada vez más
rapida. Le solté las manos para apoyarme mejor en el colchón,
y ella puso sus manos en mi espalda. Gemía de gusto, animándome a seguir, manteniéndome
pegado a ella con sus piernas y brazos. Tras un rato de seguir así,
se le escapó un grito, echó la cabeza hacia atrás
con los ojos cerrados, apretó sus pies contra mis riñones
obligándome a clavarla hasta el fondo, y noté la fuerza
de sus uñas deslizándose por mi espalda. Yo también
me corrí en ese momento, jadeando, notando como mi leche se extendía
por su interior. Una vez mas nos volvimos a quedar los dos sobre la cama
abrazados. - A ver si ahora te sigue apeteciendo que te folle tu maridito.... Se separó de mí y me hizo poner boca arriba. Metió
mi polla flácida en su boca, y la chupó hasta limpiármela.
Después hizo lo mismo con los huevos, y cuando acabó me
lamió los muslos con la lengua. Si no fuese por el sudor, no hubiese
necesitado ducharme, porque me había dejado completamente limpio.
Aunque ya me había corrido tres veces desde que llegué, y me dolían los huevos y la polla, Carmen chupaba tan bien que mi polla volvió a reaccionar. Estaba morcillona, porque no tenía fuerzas para más, y
me dolía mucho mientras aumentaba de tamaño, pero a Carmen
pareció gustarle y siguió chupandola primero y a restregarme
sus tetas después. - No sigas, Carmen. Me duele. Le dejé. Cerré los ojos y me dediqué a disfrutar
de su boca y sus tetas alternativamente contra mi miembro. Cada vez me
dolía más, pero también cada vez notaba más
placer, hasta que no pude aguantar más y me corrí en su
boca. Carmen bebió la poca leche que me salió con glotonería,
me volvió la limpiar con su boca, y se acercó a mi para
besarme. Nos quedamos un buen rato charlando, hablando del placer que nos habíamos
dado. Carmen me dijo que me llamaría la siguiente vez que su marido
se fuese de viaje, pero que tenía que llevar el tema con mucha
discreción. Le dije que estuviese tranquila, y que esperaría
con impaciencia su llamada. Me besó en la mejilla, con cariño,
y me dijo que la próxima vez jugaríamos a un nuevo juego. Me vestí y me fui a casa. Cené pronto, me duché
y me acosté. Esa noche dormí como un lirón. Los días
siguientes pasaron con normalidad, porque mi siguiente cita con Carmen
no ocurrió hasta septiembre, y hasta entonces no me llamó
ni una vez. Eso me gustó, porque me demostró que pensaba
hacer su vida normal teniendo aventuras periódicas conmigo. Yo
era su semental, no el amor de su vida, lo que me evitaba complicaciones. En otra ocasión os contaré como fue mi segunda cita con
Carmen, pero antes, en el mes de agosto, me ocurrió otra cosa que
os contaré en el próximo relato, que voy a empezar ya. Me
gustaría que me contaseis qué os ha gustado más y
qué os ha desagradado de éste. Con esas sugerencias intentaré
que lo que os cuente os resulte más excitante. Podeis escribirme
a juaaaan69@hotmail.com. Un besito (no os digo donde....) a todas las chicas de más de 30.
Para volver a SEXYCUENTOS, haga click aquí |
||||||||||
|
|
||||||||||
|
Las mas jovencitas de la red Descarga las mejores fotos y videos de la red
|
||||||||||
|
¿Escribes
relatos eroticos? Mándamelos
por mail y los publicaré
|