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La competencia |
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Le iba a curar todos los vicios a esa pendeja. Todo el
día me estuvo buscando, la muy puta. Tenía un cuerpo infernal
y dieciséis años. Los tipos la miraban y se babeaban. A
mí casi no me daban bola. A mí, que en todo el viaje hasta
esa estancia se me habían estado tirando encima. ¡Un día de campo perfecto, el mío!, con una perra
puta que me desafiaba. No me gusta que una turrita provinciana se quiera pasar de viva conmigo. Sin una palabra, me levanté de mi reposera. Ella echó a andar y yo la seguí hasta un sulky. Enganchó el caballo y subimos. Condujo hasta un galpón que quedaba como a dos kilómetros
de la casa principal. Parece que ahí guardaban forraje. El piso
estaba cubierto de pasto seco. El techo era de chapa y hacía un
terrible calor. Ella se acarició los pechos, exhibiéndolos con deleite. Eran instrumentos mortíferos y de una belleza insultante. Una belleza que había que curar a cachetazos, si era necesario. - Para ser una vieja están pasables. - Me dijo, pero se le notaba
la envidia. - ¿Querés ver quien tiene tetas más duras? - Me
preguntó Ahí empezó la batalla. Nos revolcamos, hechas un amasijo frenético de carne caliente y transpirada. Me quiso morder una teta y le di una cachetada para que supiera quien era yo. Ella me la devolvió y eso me puso loca. Soy más mujer que cualquiera. A mí no hay pendeja que me pegue. Nos sacudimos a golpes y mordidas, gritando y puteando. La atorrantita tenía un cuerpo fuerte y peleaba como una gata. Quería domarla y hacerla comer de mi mano y que me chupara la concha y me pidiera perdón y me volviera a lamer la concha con dulzura y adoración. Quería que admitiera que era una pendejita ignorante de mierda y que yo era más hembra y más hermosa que ella y que me suplicara que le comiera las tetas. Quería que llorara de deseo y que se comiera los mocos y que me regalara la conchita para que yo hiciera allí mi voluntad. Quería que se me entregara para siempre. Nos dábamos sin asco, calientes, mojadas y enfurecidas. Dos cuerpos deliciosos e igualmente potentes, que explotaban y se repelían y se atraían. Me le puse encima, sentada en su concha, le agarré los brazos y empece a morderle esas soberbias tetas de hembra joven. Ella se debatía y gemía y eso me calentaba más y más. La carita se le contraía en muecas de furia salvaje. Creí que ya la tenía pero me confié demasiado y ella aprovechó para soltarse, tirarme de espaldas y retorcerme la teta izquierda con una mano y hurgarme salvajemente la concha con la otra. - ¿Te gusta, vieja puta? - Me dijo. Había conseguido agarrarla del pelo y por eso la perra gritaba como loca. Le tiré del pelo hasta que me soltó. Entonces la dejé y me arrodillé. Ella hizo lo mismo. Quedamos frente a frente jadeando. Ella lucía salvaje y enrojecida. - ¿Más teta? - Le dije. - Aahh, puta, que buenooo... Nos soltamos solo para volvernos a tirar una contra a otra y caer al pasto. Desparramadas en el piso, cambiamos golpes, arañazos y patadas. Era algo salvaje y excitante el probarse con una hembra tan joven. Le agarré la concha húmeda y me tragué una de sus tetas. La nenita abrió bien grande las patitas y mi mano se enterró en su agujero. Le solté la teta y me fui de cara a su cachucha sin sacarle la mano. Le chupé el clítoris y ella me respondió aferrándose de mi cabello. Era una chiquita muy desobediente. Saqué los dedos de ese agujero y se los metí en el otro. Me tironéo más fuerte. Forcejamos un rato y nos soltamos. De vuelta nos arrodillamos frente a frente, midiéndonos y lamiéndonos las heridas. La bebita se veía deliciosa, con la carita enrojecida, el pelo enmarañado y el cuerpo todo bañado en transpiración. Le chorreaba el flujo. Estaba a punto. No podía esperar más. Tenía que comérmela. - Dame la concha, guachita, dámela. - Le dije. La nena vino a mi encuentro, muy obediente y llena de deseo. Por fin
se me entregaba esa cosita deliciosa. Nos abrazamos y nuestras lenguas
se encontraron en un chupón deliciosamente largo y profundo. Nos
acostamos y recorrimos nuestros cuerpos con adorable lentitud. La chupé
y acaricié toda y la recorrí y la comí y la tuve
toda, toda, nada más que para mí. Nos dimos los más
exquisitos placeres. Nos tuvimos y nos penetramos una y otra vez. No hay mejor final para una lucha de hembras, que un empate con premio. (c) Tauro, 2000 Para volver a SEXYCUENTOS, haga click aquí |
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