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El monte tricúspide |
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¡Qué eterna se podía hacer media hora cuando se llevaba
todo un mes planeando una noche, a escondidas en los momentos libres de
trabajo, a través de miradas cómplices llenas de sensualidad,
de larguísimas llamadas de teléfono! Qué insoportables
se hacían los últimos clientes de la noche en la farmacia,
el señor que pedía unas pastillas para el dolor de no importa
qué, y no quedaba satisfecho hasta que había hecho a Paqui
enseñarle medio almacén. Ana y Berta tenían que aguantar
las risas ante sus jefes, cuando veían la brusca velocidad con
que intentaba despachar a los clientes, mandándolos a paseo con
el primer producto que encontraba. Las dos chicas se miraban pues aquello
significaba cuánto deseaba Paqui acabar el turno de aquella noche
e iniciar la fiestecita que tenían preparada. Más bien medio
improvisada, pues ninguna estaba totalmente segura de lo que pasaría. Pero toda promesa se cumple. Llegó la deliciosa hora del cierre.
Berta, Ana y Paqui pudieron quitarse las batas blancas y marcharse de
la farmacia. Por el camino disfrutaron contemplándose unas a otras, sin decir
nada, sólo sonriendo, ante la próxima culminación
de sus planes. Ana tenía un aspecto divertido y malicioso. Era una de esas personas
que escasean y que no dejan jamás de sonreír. Se había
tintado recientemente la corta melena con mechas rojo oscuro, y Berta
decía que se parecía mucho a la chica de ese anuncio de
helados. Le ponía cachonda cada vez que la veía morder el
cono de nata y chocolate, decía. El cuerpo de Ana no era voluptuoso,
más bien delgado, pero tenía una carita de niña mala
y deliciosos labios. ............................... En la farmacia las tres eran amigas y compañeras y ninguna sobresalía
sobre las demás. Sin embargo, nada más cerrarse tras ellas
la puerta del piso de Berta, la cosa cambió bruscamente y quedó
claro inmediatamente cómo iba a transcurrir la noche. - Muy bien -dijo Berta, volviéndose a ellas, poniéndose
de repente muy seria-. Quiero que escuchéis muy bien lo que os voy a decir, niñas.
Ahora estamos en mis dominios. Eso significa que aquí se hace lo
que yo digo. ¿Vais pillando? - Vale... -aceptaron ellas, ante aquella
voz dura. - Ahora mando yo. Yo ordeno, y vosotras, pequeñas esclavas despreciables,
obedecéis.... Se acercó a ellas lentamente, resonando sus tacones en el suelo.
Sujetó ambas caras entre sus dedos con firmeza. - Ahora sois mis pequeñas putas, mis zorras particulares. Yo soy
vuestra ama. - ¿Sí "qué"? - ¿Cómo que
"sí qué"? -dijo Paqui extrañada. Berta apretó su carita entre sus dedos. - ¡Ay! - ¡Se dice "sí, Ama"! ¿Has
entendido, Putita? - ¡Sí, ama! - No me toméis a cachondeo,
o tendré que castigaros con gran dolor. Acompañadme. Ya excitadas por aquel inicio, Ana y Paqui siguieron las piernas de Berta. - Muy bien. ¡Zorrita! - Sí, mi ama -dijo Ana. - Tengo que ir a mi cuarto a prepararme para follaros bien toda la noche. Cuando vuelva, quiero a mi Putita totalmente desnuda. Bueno, totalmente no... -Berta sonrió perversa- Déjale esos calcetines y esas zapatillas
blancas tan castas que lleva. Me gustan. - Sí, mi ama. - Mmmh. Muy bien, qué obediente, me encantas, Zorrita. Ven, te
mereces un besito. Con un dedo, atrajo hacia sí la barbilla de Ana y la besó.
Recorrió todo el interior de su boca con la lengua. - Pero no te acostumbres. No siempre soy un ama tan amable, ¿entiendes?
¡Desnúdala! Berta se fue y Ana procedió. Mientras
desnudaba a su compañera de esclavitud, no dejaban de mirarse a
los ojos, encendidas. Compartieron un momento de soledad. El cuerpo de
Paqui se inclinaba, ofreciéndose descaradamente a ella. Ana rió.
Le habría gustado acariciar su piel, pero tenía miedo de
que su ama las pillase en plena acción. Al rato Berta apareció de nuevo por la puerta. La imagen era sobrecogedora:
ahora sí que era una verdadera ama dominante. Miraba a sus dos
miserables esclavas desde dos altísimas botas negras de cuero,
con vertiginosos tacones afilados de metal. Un corsé de cuero negro
y brillante apretaba su cuerpo, abultando sus tetas. No vestía
nada más. En una mano llevaba una larga fusta. En la otra, un cigarrillo
rubio que recién estaba encendiendo. El humo de su cigarrillo iba surcando el ambiente del salón con
finas espirales grises. Paqui descubrió entonces algo desconocido para ella. Al mirar
a Ana, se dio cuenta de que seguía con sus ojos cada movimiento
del cigarrillo. Lo seguía cuando descansaba entre los dedos índice
y corazón, junto a la cadera. Lo seguía por el aire y lo
contemplaba extasiada cuando su ama lo posaba en sus labios, le daba una
larga y suave chupada y surgía en su extremo el resplandor del
fuego. - Ponte a cuatro patas, Putita -le ordenó, y ella obedeció. Berta cogió un cenicero de plata y lo colocó con cuidado
sobre la espalda de su Putita. - Más vale que no se te caiga, o te azotaré hasta matarte,
puta... Paqui quedó muy muy quieta. Berta siguió dándole
largas caladas a su cigarrillo. De vez en cuando le daba unos golpecitos con el índice, para dejar
caer las cenizas sobre el cenicero. Ana estaba excitada al máximo
con aquella exhibición. Introdujo una mano en sus pantalones y comenzó a acariciarse. Una de las cenizas estaba demasiado caliente, y al caer sobre la sensible
piel de Paqui, esta gritó y dio un respingo. El cenicero cayó
al suelo ruidosamente. El ama montó en cólera. - ¡¿Ves?! ¡Es por eso que os tengo que castigar, estúpidas
zorras de mierda! ¡Ven, que te voy a eslomar! Paqui intentó
escapar, pero su ama era muy fuerte. La atrapó entre sus piernas
y comenzó a azotar su culo con saña. La esclava se revolvía
de dolor, atrapada. Su culo fue marcado una y mil veces por la fusta sin
piedad. Por la forma de apretar los dientes, era evidente que su ama disfrutaba
como una loca castigándola, dejándole el trasero rojo. Mientras
la azotaba seguía dando caladas. En el suelo, Ana se masturbaba
locamente. Por fin cesó el azotamiento. - Muy bien... -dijo Berta jadeando- Ya has tenido suficiente. A ver si
aprendes a cumplir mis órdenes. Mmmh, qué culito tan colorado,
me encanta. Dejó libre a la esclava entre sus piernas, que cayó al
suelo, llorando y mirándola con odio y veneración, al mismo
tiempo. Acabó su cigarrillo, para sufrimiento de Ana, y lo apagó
en el cenicero. - Zorrita... - Sí, ama... - Quiero que vayas a mi habitación y te pongas lo que hay sobre
mi cama. Y luego trae también mis demás juguetes. ¡Ya!
- Sí, ama. Ana se fue y Berta se arrodilló junto a Paqui. - Levántate. Acabamos de empezar... - ¿Sólo vas a ser así de mala conmigo? - ¡Calla
puta! Ya verás, tengo unos juguetitos que quiero ponerte en esas
tetas gigantes que tienes... Je je jeee... - Pero, ¿duele? -lloriqueó Paqui. - ¿Que si duele? -Berta se puso muy seria... y luego sonrió
con maldad- Pues claro que duele, Putita. Mucho. Por eso me encantan. Ana volvió del cuarto. Su cuerpo ahora sólo estaba cubierto
por finas tiras de cuero, que culminaban en diminutos triángulos
que apenas daban para cubrir de pudor sus pezones y su pubis. Un manojo
de pelillos sobresalían sobre el tanga. Apenas estaba oculta la vulva. Entregó unas finas cadenas a su ama. En el extremo tenían
dos pequeñas pinzas. - Chúpale los pezones, Zorrita -ordenó Berta-. Pónselos
bien tiesos para mí. - Con mucho gusto, mi ama. Ana cubrió los pechos de su amiga con una gran sonrisa. Los chupeteó
y mordisqueó para que se endurecieran. Paqui se revolvía
de gusto. - Por favor, ama... -se oyó la voz suplicante de Ana. - ¿Cómo? -dijo Berta. - Por favor, mi ama, enciende un cigarrillo, por favor, te lo suplico. Enciéndelo para mí... -lloriqueaba en el suelo, a sus pies. - ¡¿Cómo te atreves a pedirme nada, zorra?! -gritó
Berta- ¡Estúpido saco de huesos! ¡Ahora me vas a lamer
las botas, guarra! ¡Lame hasta dejarlas brillantes! Ana posó
su boca sobre las botas negras y comenzó a recorrerlas con la lengua,
barnizándolas de saliva. Berta gozaba tremendamente con el espectáculo.
Mientras con la fusta le acariciaba suavemente el culo, su otra mano no
se olvidaba de Paqui, y le iba prodigando tironcitos a la cadena, haciendo
que se retorciera por el dolor y el placer simultáneos que invadían
sus pezones. - Ya están limpias, muy bien. Ahora chúpame el tacón.
Vamos tírate en el suelo... ¡Chúpalo hasta el fondo!
Ana se colocó hacia arriba y dejó que el largo tacón
metálico fuera penetrando su boca, poco a poco, hasta desaparecer
por completo. El sonido del chupeteo de Ana era delicioso. Berta le dio
unos azotes con la fusta en la entrepierna, haciéndola sobrecogerse
en el suelo. - Muy bien, Zorrita. Limpio y resbaladizo, como a mí me gustan
los tacones. Ya están listos para tu amiga. Obligó a Paqui a ponerse a cuatro patas, dándole el culo.
Apoyó la bota sobre las mollas de su trasero. El tacón metálico
apuntaba sin piedad hacia el delicado agujerito del ano. - ¡No, por favor, eso no puedes hacerlo! -gritó Paqui, pero
un tirón de los pezones la obligó a callar. El tacón intentaba entrarle suavemente por el ano, pero a pesar
de la saliva de Ana, era una tarea dura. Mientras le masajeaba el agujerito,
con una mano la azotaba suavemente, y con la otra le tironeaba los botoncitos. - ¡Ay! ¿Por qué eres tan mala conmigo? ¡Uh!
- Porque me encantas, cariño -respondió Berta-. Porque me
enciende tu cuerpo escultural, por eso te doy mis mejores tratos. Berta vio los celos en los ojos de Ana. La atrajo hacia sí, y
la besó en los labios. Los mordisqueó como se mordisquea
un jugoso plato de carne. Ana se tumbó y abrió sus piernas ante el rostro de Paqui,
retorcido por el dolor del metal que la perforaba. - ¡Chupa, Putita! -ordenó Berta, azotándola con fuerza-
¡Y no uses las manos, o te despellejaré a azotes! Paqui dejó
caer su cara sobre el micro-tanga de Ana. Lo masticó un buen rato
hasta que logró apartarlo. Los labios vaginales ya estaban bien
abiertos y lubricados, y el pequeño clítoris erecto y palpitante.
Sus lamidas arrancaron los suspiros de Ana. De repente el tacón penetró el ano hasta la mitad. Paqui
sentía el frio metal en sus entrañas. - ¡No pares! -ordenó Berta- ¡Métele toda tu
lengua! La lengua de Paqui exploró el interior vaginal de Ana,
mientras sus labios frotaban inevitablemente el clítoris. Berta
dedicó atenciones a su propio cuerpo, comenzó a acariciar
su raja con la vara de la fusta. Los movimientos frenéticos de
su pelvis tenían que acompasarse perfectamente con los de su pierna,
que penetraba el culo de Paqui, cuyos movimientos a su vez llenaban de
placer a Ana, que le aprisionaba la cabeza entre las piernas y con cara
de rabia se sacudía contra ella. - ¡¿Te gusta, Putita, te gusta que te folle con mis tacones?!
-gruñó Berta, al borde del éxtasis. Por toda respuesta
recibió un gemido de la boca ocupada de Paqui. Siguió preguntando,
siguió gritando, siguió acariciándose con la fusta,
torturando con los tirones de los pezones, siguió penetrándola,
siguió la lengua lamiendo, los dientes mordisqueando, la boca de
Ana diciendo barbaridades, sudando, sacudiéndose contra la boca
de su amiga esclava. Gritaron de placer, provocando el escándalo en todo el edificio
y el de enfrente. Los gritos de Ana más bien eran aullidos que
llenaban de orgullo a Berta, por ser tan buena ama, por saber hacer que
sus putas particulares se corrieran a sobremanera. Las tres se desplomaron exhaustas en la alfombra, incluso el ama. Paqui
tuvo la osadía de desengancharse las pinzas. Los pezones estaban
amoratados, parecían haber ganado unos milímetros de longitud
con tanto tirón, y dolían hasta el mareo con sólo
rozarlos. Berta se tumbó en un sillón y encendió otro cigarrillo.
Parecía haber perdido todas sus fuerzas. Miraba gélidamente
a Ana, sabiendo lo muy caliente que la ponía verla fumar así,
con las piernas abiertas ante ella. Mientras Ana se acercaba a lamerle el conejo con demencial lentitud,
Paqui decidió lamerle los dedos de los pies. Muchas veces había
imaginado lo maravilloso que sería besar con primor, chupetear,
lamer los dedos de los pies de una mujer hermosa como aquella. Darles
piquitos, acariciarlos con la punta de su rosada lengua, acoger todo el
dedo gordo en su boca y chuparlo como un caramelo, mordisquear el dedo
más pequeño de todos. Mientras lo hacía acariciaba
su clítoris, pues su orificio delantero no estaba tan dolorido
como el trasero, que no había sangrado porque Dios no había
querido. - Oh, nenas, ¿qué habéis hecho? -gimió Berta-
¿No os lo habréis tomado a mal? - Calla, guarra. ¿Cómo
te atreves a hablarnos? Ahora las amas somos nosotras. Mmmh... dos amas y una sumisa, esta noche promete. Ahora vas a saber
lo que es el dolor de verdad... Ana le puso a Berta una mordaza con una bola de plástico que acallaría
todos sus gritos, cualquiera que fuera su intensidad y desesperación. La policía no encontró nada extraño en ninguno de
los pisos, no pudo aclarar el origen de los gritos de aquella noche. Sin
embargo, los gritos se volvieron a oír bien avanzada la noche,
incluso hasta poco antes de amanecer. Los gritos se duplicaron, incluso
se triplicaron. Algunos atribuyeron el fenómeno a los fantasmas,
y se fueron a pasar el resto del día a otras casas. Nunca nadie más que ellas supo que los gritos eran de placer y
desesperación, en una mezcla demencial que duró horas y
horas sin descanso. FIN ¿Algo que decir? eslavoragine@hotmail.com Para volver a SEXYCUENTOS, haga click aquí |
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