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Prendas / Segunda parte |
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Si, parecía que huía de mí, cuando segundos antes
osó invitarme a un banquete de placeres en su nombre. La respiración se colaba por mis oídos estruendosa, avisándome
el cansancio, y no oía, no quería perderla a ella. Los senos bamboleaban contra mí, podía oírlos entrechocar
con la piel mojada. Los aromas de mi propio cuerpo llegaban hasta mi rostro
caliente, confundiéndose con los sentidos que percibían
como jamás en mi vida. Los pasos llenos de tierra y maleza se iban deteniendo de pronto, así
como las risas de la mujer comenzaban a alejarse. Zigzagueaba con energía
devastadora a la par que esos ágiles pasos se permitían
mostrarme sus piernas pálidas como los mismos rayos lunares. Pesada, deseosa
los miembros languidecían, el deseo me volvía
ajena, lenguas y espinas de fuego aceradas se clavaban en mi entrepierna,
lastimando mis carnes empapadas de sabores salados. Me detuve jadeante. La respiración salía de mi garganta desesperada por encajar
en algún recoveco del espacio a mi alrededor, cerré los
ojos observando la hierba pintada por las sombras, tratando de buscar
algún sentido en lo que yo creía era abstracto, por lo tanto,
absoluto
Desee mirarla para ver si se detuvo como yo lo había echo, y no
estaba, desapareció continuando con ese macabro juego de seducción.
Apreté las flores entre mis manos, frustrada, cuando sentí
su presencia detrás, y al segundo unos brazos firmes rodeando mi
cintura; contuve el aliento cuando ellos bajaron hasta mis manos, apresando
las violetas entre las suyas y de esa manera enterrar sus dedos con los
míos entre las piernas, juntando la completa humedad sostenida
allí.. La agitación se mezcló con un enervante gemido que hizo
eco en los árboles, despertando a la misma Afrodita de su trono
secular; eché la cabeza hacia atrás dejándola descansar
en su hombro frágil. Su aliento llenó mi oído a borbotones,
la humedad de sus labios por momentos parecía tocarme, pero se
contenía,; ¿por qué? me preguntaba, mis manos temblaban
por rozarla, mi piel estaba en ascuas oscuras por tenerla
y ella
nada hacía, sólo se afanaba en juntar las rías de
flujo chorreantes de mis surcos
Infinitos segundos tardaron aquellos labios en darse cuenta de mis ansias,
entonces se corrieron hasta mi cuello, saboreándolo con la lengua
espesa y ardiente. Mis manos no esperaron, se dirigieron hacia sus nalgas desnudas debajo
de esa prenda pegada a la piel, insoportable. Hundí mis uñas
mordidas y desparejas entre las carnes flexibles, apretándola contra
mi trasero en un urgente pedido de amor, al que la mujer respondió
acariciando su mejilla contra mis cabellos sudados
El vello ensortijado
de su peñón trenzaba su embrujo ya
En un efímero instante la tuve en frente, el corazón dolía
al latir contra las costillas, abriendo las puertas hacia otro espacio
y otro tiempo. Sus ojos café se clavaron en mis pupilas que ya ni recordaba el
color, hablándome
tragué saliva; indicando febril
a mis manos dormidas que se desprendieran de las ropas que obligaban a
tardar en el acto de amar con desenfreno
Por fin logré privarla
de lo que impedía verla en plenitud, arrojando en la hierba los
restos. Esos ojos, aquellos mártires de sensaciones quemaban sin dejarme
pensar. Comencé a temblar intensamente, y al sentirlo ella tembló
de la misma manera. Las respiraciones se mezclaban entre el espacio que separaban nuestras
bocas, mientras tanto sus pulcros dedos subían por mi cuerpo y
me despojaban, me despojaban de todo. Desnudas, solo pude apresarme contra esos contornos jóvenes
y perfectos. Los aflujos de nuestros cuerpos se mezclaron cuales
gotas sobre arena sedienta, pude sentir sus senos henchidos apretados
a los míos sensualmente, y el calor me sumergió entera.... Vorazmente y sin aviso tragó mis labios en un beso sin precedente,
bebiendo de mis carnes con abrupto placer, le di mi lengua y tomé
la de ella en una furiosa danza de deseos, y el aire volvió a fallar... Los cabellos se enredaban entre ellos, lo sentía pero poco importaba,
las cabezas, en un fastuoso ritmo buscaban la manera de penetrar sin ninguna
cautela. Sumergí mi lengua entre sus dientes delineando cada parte
dulce de ella, y también mordí para saber si era real...
¿cómo sabía que mis flores eran las violetas?...quién
era ella quedó delegado al olvido de mi razón maltrecha
cuando con un jadeo sentí derramar su flujo en mi muslo, instalado
cómodamente entre los suyos; colmó tanto mi ardor que no
pude más que saborearlo con mis yemas sensitivas, y las enterré
en la hendidura de sus nalgas prominentes embadurnando más su surco
oscuro, y así yo mi piel. Sentía el dulce jadeo ¿o era el mío?, quizás
ambos... tampoco lo recuerdo... Entonces despegué sin más mi boca para comer su cuello
invitador, sí, la comía, era un manjar de los Dioses, toda
mía. Rastreé su piel hasta dejarla enferma y dormida, hasta
yo quedar exhausta. La dulce batalla ahora la ganaban sus manos contra mis enredados cabellos
queriéndome mantener no se sabía donde, en todas partes,
a la par de mis sentidos flagelados que buscaban la máxima intimidad
con mi pubis. Al fin los ígneos rizos se acariciaron con bienvenido beneplácito
y me derramé temblorosa, mis carnes latían sin control embebidas
en jugos ácidos al olfato... Lánguidas esas manos me guiaron hacia donde requería mi
entera atención; esas pulcras manos ganaron la batalla, claro;
me bajaron lentamente y pude besar sus senos erguidos, lamiendo sus pezones
coralinos, acaricié lacrimosa las aureolas celestiales y bajé
a su vientre que mordí desesperada, ansiaba que hablara, pero sólo
escuché gemidos hondos... y aún mis manos pintaban su oscuro
paraíso... Me conduje sola luego; la ambrosia pobló mis labios en una larga
y profunda lamida; me hundí en ella con salvaje premura. Su abertura
no cesaba de entregarme. ¿Cuánto más se podía llegar?, no lo sabía,
sólo entraba y salía vertiginosa, sí... Interminables jadeos excitados llegaban hasta mi cerebro, su cuerpo entero
se apoyaba contra mí, sostenía a ese hada entre mis brazos
como si fuera un cúmulo de nubes blancas y temiera verla partir.
Mas se quedaba eternamente en ellos... Su pequeña vulva cabía en mi boca y se convulsionaba, enseñándome la pasión que descubrí en su interior. Degusté su preciado tesoro, todo fue mío en el precioso
instante en el que el grito fue el culmine, exhalando hacia la luna
su liberación.... Los harapos fueron el lecho suave y perfumado de ambas en el Jardín
secreto se sueños. Descansó después sobre mis senos pequeños hasta
que la respiración cesó en su agonía. La que duró
poco, porque fugaz fue el sosiego de la pasión reinante en el trono
de Afrodita. Fui presa de sus deseos y salvajes caricias en el lugar donde fue su
descanso, y más abajo explorando mi sexo con ansias, elevándome
al cielo sobre su espalda suave y curvilínea. Mis piernas se abrían en bochornosa ofrenda a las sapiencias viperinas
de sus húmedos labios y lengua; la encerraba entre mis largas y
febriles vigas perladas para no perderla, no cuando mi corazón
latía furibundo al encuentro de su sola presencia.... No poseía alas, no era un hada, tampoco era poseedora de un nombre
para gritarlo en el momento en que la pasión consumía.... Gotas de lava brotaban entre mis rizos flamígeros y mi simiente
se pareció a ella misma, mi amante particular, que no tenía
alas y que bauticé Hada Errante, Flor brumosa de mis pezones
ajados y sabia soberana bajo la piel de mi abdomen cuando esas mismas
savias se complementaban una y otra vez sobre prendas que jamás
volvieron a cubrir. Esa noche el sueño fue mío, el sueño fue de ella,
esa noche mi alma... la amó. El semen corroía mis piernas, contenía su olor
y el mío, pero nadie estaba allí, sólo algunos pétalos
de violetas desparramados entre mis ropas desprolijas y el pensamiento
melancólico que persigue mis días. Si mi alma y mi cuerpo en realidad... amaron a ese hada convertido en mujer alguna vez Para volver a SEXYCUENTOS, haga click aquí |
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