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Marraquesh |
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Cuando desperté, no recordaba nada, ni donde estaba ni como había
llegado hasta allí. Tenía una extraña sensación
de paz, de descanso. Abrí lentamente los ojos y me dejé sorprender: desconocía aquel sitio, no había estado jamás en lugar semejante. Veía enormes lienzos de vivos colores por todas partes, incluido el techo y las paredes. Colgaban caprichosamente, haciendo insinuantes pliegues, algunos brillaban y otros eran de un textura aparentemente suave. Era un tanto extraño, pero original. El suelo estaba plagado de cojines de todas las formas y tamaños. A pesar del exceso de tejidos, el cuarto era muy alto, y daba la sensación de estar en un mar de colorido, aunque nada era blanco. Alguien apareció en la estancia. No se veían puertas ni
ventanas, pero allí estaba. Sentí su presencia antes de
poder verla. Era una mujer muy bella, esbelta, de enormes ojos oscuros
perfilados de dorado, como las esfinges egipcias. Vestía ropas
arabescas, semitransparentes, superpuestas: unos pantalones largos de
gasa negra, con ribetes dorados en la cintura, y una casaca roja corta,
ceñida al pecho y al talle. Sus sandalias eran de un tejido brillante,
como el que había visto en algunos lienzos. Mientras se acercaba
a mí, una cascada de pelo se ondulaba al compás de sus pasos.
Ella no sonreía, pero extrañamente, no sentí temor. El tono oscuro de sus labios, el lunar ladeado sobre una de sus cejas,
la joya de su ombligo... ¿quién era ella?. Se paró
frente a mí en silencio. Yo quise preguntarle, pero no acertaba
en las palabras, me sentía muy extraña. Ella sonrió
suavemente y me observó. Fue entonces cuando me percaté
de que yo estaba vestida de forma similar a la suya, con un chal negro
de tul y unos minúsculos pantalones de raso azul oscuro, sin embargo,
estaba descalza. Percibí un olor en el aire a almizcle, y a alguna
esencia desconocida para mí, penetrante como el incienso. Sacó algo del lateral de su cintura y lo elevó con su brazo
derecho, mientras no dejaba de mirarme. Me fijé que tenía
un objeto pequeño y alargado, puntiagudo. Me alarmé interiormente,
y me sobresaltó la idea de que fuera a asesinarme con aquella extraña
arma. Pero la llevó hacia su cabeza, mientras sostenía el
grueso de sus cabellos con la otra mano. Con un certero giro de muñeca,
clavó la horquilla en el pelo y lo dejó graciosamente recogido.
Mientras me tranquilizaba, acerté a preguntarle: "¿quién
eres y por qué estoy aquí?"-"eso son dos preguntas"-dijo
sonriendo. Me quedé un tanto confusa, esperando una respuesta más
exacta. -"relájate"- sólo repuso, mientras giraba
en torno mía. "No entiendo nada..."-"déjate
llevar y no preguntes. Cuando llegue el momento, sabrás lo que
necesites. Ahora relájate"- "ya estoy demasiado relajada,
¿me habéis drogado? No puedo reaccionar como debería
¿qué vais a hacerme?"-"no te angusties con esos
temores. Te he dado un sedante natural, para que puedas abrir tu mente.
De otro modo, tú misma te lo impedirías. Pero tranquila,
no es droga ni tiene más efecto que el bienestar. Confía
en mí". Tras un momento de recuperación, ella tomó un velo y me
lo ató sobre los ojos, dejando que siguiera bailando. Aquello era
fascinante, y sólo quería que siguiese. La sentía
a mi alrededor, bailando conmigo, deslizándome mechones pelo, acariciándome
con el tejido de sus pantalones. Pensé que aquello era una locura,
pero ese momento de lucidez pasó fugaz, pues al rato, estaba dejándome
abrir el chal que me cubría, y sintiendo un gozo exultante en mi
interior, mientras me rozaba el cuerpo. Me dejé llevar sobre los cojines, hasta una superficie de textura
uniforme, muy sedosa, donde nos recostamos. Acercó con sigilo su
boca a la mía, y dejó algo en ella. Era un objeto desconocido
para mí, con una forma ovalada y pequeña, de aroma afrutado.
Jugueteé con él un tiempo, y descubrí que tenía
pequeños pelillos en un extremo, por lo que supuse era un fruto.
Lo metí completamente en la boca e intenté morderlo. Primero
sólo un poco, para comprobar su dureza. Cedía a la presión,
pero no se abría. Probé un poco más fuerte y enseguida
se derramó el jugo en mi boca. Era dulce, pero levemente agrio,
algo parecido a un níspero o algún tipo de ciruela. Tenía
una pepita central de la que se desprendía limpiamente la carne
de la fruta. Estaba deliciosa, y sonreí pidiendo más. Ella
seguía con sus caricias, y para aquel entonces, el fuerte olor
almizclado no era tan intenso, y podía detectar con más
precisión el perfume de la fruta y la fragancia de su cuerpo. Con suma delicadeza y lentitud, iba, uno a uno, introduciéndolos
en su boca, y palpándolos con la lengua, suavemente, sin prisa.
Cuando llegó al pulgar, se detuvo más tiempo, jugueteando
sus labios con la base del dedo, deslizando su lengua desde la raíz
del dedo hasta la uña, mientras dejaba que el resto del pie tocase
su cuerpo. Ambos pies fueron víctimas gozosas de semejante ritual,
y después las manos, desde las ceñidas muñecas, hasta
el último rincón de los dedos. Era tan incitante, como si
me estuviese hundiendo en un lecho de miel, como si me sumergiese en una
cascada que me hubiese atrapado en su hechizo. No podía dejar de
gemir, de sobrecogerme y convulsionarme. En aquel momento, soltó mis manos y retiró dulcemente el
velo de mis ojos. Alguien degustaba con avidez mis pezones, y con ello desplazaba mis pechos
hacia arriba y luego los dejaba caer, provocándome una sensación
de movimiento, de vaivén, que yo recordaba muy bien. Mientras tanto,
me besaban las ingles, el ombligo, los muslos entreabiertos, rezumando
calor. Me fueron girando sobre mí misma, hasta dejarme boca abajo,
y comenzaron a acariciar la espalda, el cuello, los lóbulos de
las orejas... y por supuesto mis glúteos, que jamás habían
recibido tantas atenciones. Entre masajes y pequeños mordiscos,
gemía apasionadamente, lo cual me excitaba aún más.
Moría de placer, ardía todo mi interior. Introdujeron entonces
algo anillado y largo en mi vagina, haciéndolo girar y salir al
tiempo. Sentía moverse mis senos al compás del rebote, mientras
desde abajo, alguien lambía mis pezones colgantes. Aquel falo era
enorme, tanto en longitud como en diámetro, y me llenaba por completo
cuando entraba en mí, suavemente, lentamente. Rozaba además
el clítoris, haciéndome estremecer. Y mientras tanto, seguían
masajeándome y acariciándome. Sentía el pelo de ella
sobre mi espalda, y el contacto de su cuerpo frotando mis muslos y arañándolo
todo. Temblé de placer y tuve mi primer clímax, en medio
de un grito ahogado. Aunque el ritmo de las caricias descendió en intensidad, continuaban
colmándome y besándome por todas partes. Ahora yacía
boca arriba, sostenidas las piernas por su cuerpo, y estirados los brazos.
Estaba totalmente relajada, y completamente feliz. Una lengua inquieta
seguía jugueteando en mi clítoris, dulcemente, sin prisa,
impidiendo que se olvidase por completo del reciente orgasmo. Abrí
entonces los ojos, y vi a otras muchachas conmigo, todas ellas hermosas,
que se ocupaban diligentemente de mi cuerpo, de mi placer. Cada una atareada
en lo suyo, una me acariciaba las piernas con su cuerpo, otra besaba y
masajeaba mis pechos y mi ombligo. Y ella, la mujer del colgante, me besaba
voluptuosamente en el cuello, en la cara interior de los antebrazos, en
los labios, en el interior de mi boca. Era maravilloso, y me encantaban
todas aquellas ceremonias tras mi momento culminante. Me dieron de beber
un zumo fresco y dulce, cuyo sabor no conocía. Pero me refrescó
y me despertó del leve sopor que me había producido todo
aquel ritual erótico. Me sorprendí al ver a aquellas tres mujeres, comenzando a besarse
y desnudarse entre ellas, pero comprendí que era un nuevo juego,
y por supuesto que quería participar. Durante unos instantes, dejé
que se excitaran con sus caricias, y me limité a observar la escena.
Era sobrecogedor admirar a aquellas tres bellezas, en una danza tierna
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