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Maravillas en el país de la delicia / Capítulo 4: La Chica-abeja |
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| Las cosas empezaron a repetirse, sólo que con detalles
distintos. Maravillas, la chica del pasillo y la otra chica, la que la había
elegido como mejor besadora, subieron otras escaleras. Unas anchas y lujosas
escaleras cuya alfombra atenuaba sus pasos. No se soltaban de su brazo,
por lo cual no podía buscar a la fotógrafa que tenía
en su poder la instantánea en la que besaba a otra mujer. De nuevo se oyeron risas y voces cercanas. De nuevo entraron por una puerta para entrar en una habitación,
sólo que esta era bastante más amplia, era un salón
de billar, débilmente iluminada por una lámpara sobre la
mesa verde. De nuevo cerraron la puerta tras ella. Nuevamente la habitación estaba llena de mujeres inquietas, pero
esta vez, por sus expresiones, no se diría que sólo querían
besar a la chica que había en el centro. Porque de nuevo había una chica en el centro, sobre la mesa de
billar. Pero esta no estaba vendada. Esta estaba sujeta de pies y manos
a las patas de la mesa con cuerdas, con bastante holgura para removerse
sobre ella, pero no para escapar. La chica vestía sólo una camiseta y unas braguitas. En
su cabeza, sobre una diadema, llevaba dos muelles acabados en bolitas
rojas que danzaban con cada movimiento. La chica parecía una abeja.
De nuevo las mujeres que hacían corro a su alrededor planeaban
algo. - Vamos, tías, ya vale -decía-. No hace falta tomárselo
todo tan al pie de la letra. ¿Es que no sabéis cuándo
una está de tonteo? ¡Venga, hombre, las cuerdas no hacían
falta, yo ni siquiera he dicho nada de cuerdas! Una mujer de unos cuarenta años se adelantó a la mesa.
Parecía enfadada. Un enfado de juego. Iba vestida toda de negro:
medias, botas, minifalda, chaqueta... Su maquillaje era agresivo. Sus
labios, muy rojos. A Maravillas no le habría extrañado que
hubiera asesinado ya a sus tres maridos para quedarse con sus viñedos
y sus mansiones, y que la llamaran "La Viuda Negra". - Esta chiquilla -les dijo a las demás, alzando la voz-, ha propuesto un juego y ahora no quiere jugar. Eso no está bien... -dijo, ronroneando las palabras- Me parece que aquí hay alguien que la próxima vez que se
emborrache fuera de casa, se lo pensará dos veces antes de ofrecerse
para un juego así. ¿Verdad? Las mujeres rieron. Se iban acercando al billar. Parecía que se
la iban a comer con cuchara. - Esa chica -le susurró a Maravillas su amiga de los besos- tiene
sólo diecisiete años. Qué preciosidad... ¿Puedes
creerlo? Maravillas se fijó bien por primera vez. Verdaderamente, la chica
era preciosa. Era un poco delgada pero era increíble que tuviese
aquel cuerpo a su edad. Se inquietó. Allí iba a pasar algo
con una menor, y no estaba seguro de querer verlo. Una chica joven se acercó a la mesa. Llevaba un largo vestido
de tejido plástico rosa. Posó una mano sobre la espalda
de la atada. - Ahora no puedes echarte atrás -dijo, también dirigiéndose a todas en general-. Te has ofrecido para este juego de buena gana, todas lo hemos oído. Ahora debes afrontarlo. - ¡¿Pero no véis que estaba borracha?! ¡Y en
serio: no hace falta que me atéis! ¡Desatadme! -decía
ella, luchando con las cuerdas. Las otras símplemente sonrieron. - ¿Qué es esto? -preguntó Maravillas a sus acompañantes-
¿Qué va a pasar? - ¡Pero deja de mirarme así! -la riñó la chica
del pasillo- No va a pasar nada malo, y además, puedes hacer lo
que quieras. Mira, si sólo quieres hacer eso. La siguiente fue la chica joven que había hablado antes, la del
traje plástico rosa. Se situó ante ella y dedicó
un buen rato a mirarla a los ojos con cariño. Las demás
gritaban impacientes. Por fin se subió a la mesa, se tumbó
en ella, situándose bajo la chica-abeja. Con esmero le fue subiendo
la camiseta hasta las axilas. No llevaba sujetador, sus pechos quedaron
a la vista de todas, con esa curva única que sólo tiene
un pecho colgante. La chica del plástico rosa quería lamerlos
hasta el fin. La obligó a bajar un poco, hasta que llegaron a su
boca. Aquellos pechos eran muy bonitos, voluminosos y suaves, pero viendo
cómo ella los chupaba, parecían la cosa más delicada
y deliciosa del universo. Podía oírse cómo gemía
mientras atrapaba el pezón en su boca y succionaba como una lactante.
No era violenta, era suave. Tenía todo el tiempo y la ternura del
mundo. Chupaba hasta que los pezones salían de su boca gruesos
y pegajosos. Primero uno y luego el otro, hasta dejarlos duros y brillantes.
Los lamía, más bien los rozaba con la punta de la lengua.
Uno, otro, el uno, el otro... Pequeños y duros. Y mientras, la
chica-abeja no podía esconder su expresión de placer. Luego la chica de plástico se desesperó, quería
perderse en ellos y quería perderlos dentro de su boca, se abrazó
fuerte, aplastó la suave carne contra su cara, gimiendo de impotencia
al no poder tragárselos enteros, pero los mordió y los aspiró
con fuerza. La chica abeja comenzó a quejarse, las cuerdas no le
permitían escapar. La chica del plástico rosa se dio por satisfecha. Se retiró
de debajo de la chica atada, y se levantó como borracha, limpiándose
la saliva que le corría por la comisura del labio. La siguiente mujer fue más directa. Resaltaba su mueca de ansia.
Se quitó la falda y las bragas y subió a la mesa. Se situó
a horcajadas sobre la chica, agarrándola fuerte de la cabellera.
Examinó su cuerpo hasta encontrar un lugar propicio. Se relamió
con la idea. Brusca, obligó a la chica-abeja a inclinar hacia adelante
la cabeza y apartó su pelo, sin soltarlo. Puso su entrepierna sobre
la nuca desnuda y pareció la mujer más satisfecha del mundo.
Le faltaba gruñir. Frotó su coño contra aquella nuca
adolescente, que Maravillas imaginó cubierta de vello suave e invisible
de tan rubio. Se masturbó con furia contra la nuca, sin dejar de
utilizar rudamente aquel puñado de cabellera como riendas. Los vítores y exclamaciones de ánimo fueron esta vez más
potentes que las anteriores ocasiones. Acompañaron los movimientos
de las caderas arabescas, hasta que la mujer apretó los dientes
entre espasmos y perdió el control de su cintura. La siguiente parecía muy joven, quizá menos de veinte años.
Se masturbó bien profundamente con dos dedos mientras besaba a
la chica-abeja de la forma más húmeda y sexual, lamiendo
toda su boca y alrededores, comiendo sus labios, introduciendo su lengua
en lo más hondo, obligando a la lengua a salir a base de dientes,
chupando, lamiendo, mordiendo... La chica llegó al orgasmo y dejó paso a la siguiente. "¡Te voy a despellejar el culo a golpes, pequeña guarra!".
Al acabar, la pareja decidió retirarse de la habitación,
compartiendo una tierna mirada que sólo podía presagiar
otra fiesta inmediata, esta vez privada, sólo para amantes. La cosa fue degenerando. Una mujer la obligó a chuparle el clítoris. Aseguró
haberse corrido tres veces en sólo el tiempo que le tocó.
La siguiente frotó su coño contra sus nalgas. La siguiente pareció limitarse a masturbarse delante de ella,
en una difícil postura. La sorpresa fue cuando, entre gruñidos
de gusto, soltó un potente chorro de orina contra la cara de la
chica-abeja, que apretó los ojos y la boca. Un chorro que no acababa
nunca, en todas direcciones. Todas aplaudieron y gritaron. Fue entonces cuando Maravillas decidió irse del cuarto, sin importarle
lo descortés que pareciera a ojos de las amigas que la habían
llevado allí como premio. Ni siquiera las miró mientras
cruzaba la puerta. Bajó por las escaleras rojas, mientras oía unos últimos
gritos, lejos, en la habitación: - ¡Méteselo todo, no lo dejes salir...! Continuará... ¿Algo que decirme? eslavoragine@hotmail.com Para volver a SEXYCUENTOS, haga click aquí |
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