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Maravillas en el país de la delicia |
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INTRODUCCIÓN. EXTRAMURO ¿Cómo has dicho que te llamas? repitió
la voz del interfono. En medio de éste, el cristal cóncavo
de una cámara la observaba inexpresivo. Odiaba aquellos interfonos
con cámaras incorporadas. Tenías que hablar ante ellos como
una estúpida mientras, al otro lado, te observaban como querían. Maravillas repitió a su pesar. De nuevo silencio. Al otro lado de la línea creyó oír
risas. Tenía un montón de anécdotas estúpidas
que contar con el tema de su nombre. Estaba acostumbrada. Esperó.
Además de risas, oyó algunas notas de música a todo
volumen. Miró a su alrededor. Fuera de la casa, a un lado y a otro, la
carretera, tragada ambos extremos por la oscuridad absoluta de la noche.
No se sentía cómoda en aquella situación. La gente
y el ruido allí dentro y ella allí fuera, sola. ¿Qué nombre es ese? dijo la chica del interfono,
riendo Nunca lo había oído. ¿Es sudamericano?
No lo sé, pero soy española. Oye, ¿puedes
abrirme, por favor? Está bien. ¿De parte de quién
dices que vienes? De Conchi. Es mi prima. Tu prima, claro volvió a reír, acompañada
por las risas de otras chicas. Gracias. Un chirrido eléctrico y la puerta metálica chasqueó.
Maravillas la empujó y entró. Alguien había escrito
en un folio con rotulador y lo había pegado allí con adhesivo,
más a modo de broma que como advertencia seria, seguramente... PERMITIDO SÓLO CHICAS Y Maravillas entró en la fiesta...
CAPÍTULO
I. PONY GIRL Concha no le había explicado exactamente a qué tipo de
fiesta la había invitado, pero comenzó a hacerse una idea. Pero... ¿adónde he venido yo a parar? pensó Maravillas en voz alta. Demasiado. Sacudió la cabeza y siguió andando. El camino llevaba hacia la parte delantera de la casa. Llegó al
bullicio. Ante la casa había una enorme piscina con la forma curvilínea
de una habichuela. Dentro de ella, y alrededor de ella, multitud de chicas.
Chicas en bañador, chicas en bikini, chicas en vestido vaporoso.
Una chica saltando del trampolín, clavándose como una lanza
en el agua fosforescente. Una chica subiendo las escaleras, colocándose
el bañador de una pieza, desplazado hacia abajo por efecto del
agua al salir. Tres chicas sentadas al borde, riendo sin parar, chapoteando
con los pies en el agua, levantando tremendo bullir. Dos chicas en un
rincón, sobre toallas, una caracoleando con el pelo de la otra
en sus dedos, la otra haciéndose la interesante. Chicas paseando,
chicas tomando una copa, chicas recién llegadas que saludaban con
un par de besos y chicas que presentaban chicas a otras chicas. Chicas
en ropa de baño, chicas elegantes, chicas informales... Maravillas se mordió el labio, rabiosa. Si aquello era una prueba
de su prima, se iba a enterar. Llenó sus ojos todo lo que pudo
y luego se obligó a tomar una decisión. Estaba perdida.
Debía encontrar alguna cara conocida. Subió unos amplios escalones, y cruzó el porche en dirección
a la puerta principal de la casa. De camino, una chica le sonrió
de una forma que no pudo interpretar. La verdad, era una chica muy guapa,
tenía unos ojos de impresión. Maravillas se abrió paso entre un pasillo humano. Tuvo que apretarse
un poco entre los brazos, las caderas y los muslos. Sintió el tacto
suave de varias telas diferentes en sus brazos desnudos, pues llevaba
puesta una camiseta blanca de manga corta. Sintió varios aromas,
todos ellos femeninos, todos ellos dulces y suaves. Sintió también
algunas miradas al pasar, miradas curiosas, quizá, hacia la intrusa,
o quizá sólo hacia su minúscula falda, casi de uniforme
de colegiala. Otra chica quería cruzar también el pasillo, pero en dirección
contraria, para salir por la puerta. Maravillas y ella se encontraron
y tuvieron que hacer equilibrios para poder pasar. Una mano se apoyó
en su hombro, y recibió una amable sonrisa. Perdona, lo siento... No pasa nada... ¡Hasta luego! Llegó hasta un salón atestado de gente. Cada habitación
parecía mayor que la anterior. Sobre una mesa de madera de aspecto
caro habían montones de botellas a medio vaciar de cerveza, champaña
y otros licores que no pudo identificar... Copas, vasos de usar y tirar,
canapés, patatas fritas, servilletas de papel arrugadas. Chicas
de pie, chicas sentadas en el sofá, apretadas unas contra otras
para caber, chicas bailando, chicas hablando, chicas riendo, chicas mirando
por la ventana, solitarias... Por algún sitio debía empezar a buscar a su prima. Se fijó en una mujer alta, con un elegante vestido negro, brillante,
rodeada de otras muchas mujeres que la escuchaban hablar. Tenía
aspecto de importante. Perdona le dijo, tocándola suavemente en el hombro.
La mujer brillante se volvió. ¿Sí? Perdona que interrumpa. Estoy buscando
a Conchi, mi prima. Ella me ha invitado a esta fiesta, y quería
saber si alguien de por aquí la conocía, o me podía
decir dónde está... La mujer brillante sonrió. Supongo que me has visto aspecto de anfitriona, ¿no? Una chica muy joven y pecosa rió como una ardilla. En su mano
se tambaleaba un vaso con líquido oscuro. No es eso, es que... La casa no es mía, ¿sabes? Sólo soy otra
invitada... ¿Conchi, has dicho? Sí. Examinó de arriba a abajo a Maravillas. Llamad a Pony Girl. Seguro que ella la conoce. La mujer brillante y la chica pecosa compartieron una mirada maliciosa.
Una chica se alejó llamando a una tal Pony Girl. Ella conoce a mucha gente aquí, ¿sabes? le
explicó la mujer con aspecto de anfitriona. A los pocos instantes llegó una chica. Sus pasos eran casi un
trote enérgico sobre aquellas largas piernas, brillantes y suaves,
descubiertas por un vaquero cortado sobre sus muslos. Traía una
melena rubia revuelta y una carita interrogante. Pony, mira a ver si puedes ayudar a esta chica. Cómo no. ¡Ven conmigo! Se fue por un pasillo y Maravillas la siguió. Tras ella, en el
último momento, otra mirada cómplice de la mujer brillante
y su chica pecosa, por encima del borde de sus vasos. ¿A quién has dicho que buscas? Se llama Conchi,
es mi prima. Es... ¿Cómo es? Pues... Creo que lleva un
vestido negro, guantes largos... No se parece en nada a mí, ella
es de un castaño muy claro, y es de piel mucho más clara. Creo que me dijo que es amiga de la dueña de la casa. Se conocen
por un amigo arquitecto, o algo así. Conchi... Conchi... Puede que conozca a alguien por aquí.
Desde luego me suena. Esta casa parece que no se acaba nunca. Es enorme, ¿eh? Me encantaría tener una así
yo, en el futuro. Toma, y a mí... Espera un segundo... Al pasar por otro salón, hizo que alguien le diera una mochila
de plástico amarillo y se la echó al hombro. Maravillas
no preguntó. Oye, ¿por qué te llaman Pony Girl? Ya sabes,
es divertido. Mis amigas ya me llaman así, y me gusta. Es como
un nick. ¿Un qué? Eso, un mote, en inglés.
¿Es que no te gusta? ¡Sí, claro, es muy gracioso! Pony Girl le sonrió, agradecida. No quiero parecer pesada, pero ¿sabes dónde está
mi prima o no? Mira... ¿Está ahí? Ssshhh... Pony le
pidió silencio con un dedo sobre sus labios. No estoy segura.
Tú dirás si es ella o no... Maravillas se asomó por la rendija de la puerta. Efectivamente,
en aquel cuarto, sobre una cama de matrimonio, había tumbada una
chica que coincidía con la descripción de su prima que había
dado: pelo castaño claro, vestido negro y guantes largos. Pero
no era ella. La última vez que la vio, no recordaba que tuviera
la cabeza de otra chica entre sus muslos. Una cabeza de melena muy corta,
que hacía movimientos obsesivos, haciéndola retorcerse de
gozo. La chica que no era su prima gemía muy suavemente, su boca
abierta en una mueca de dolor delicioso, sus dedos retorcían las
sábanas. Así, así, cariño... susurraba a la
chica obediente entre sus piernas Me encanta, eres una delicia...
Nadie me lo había comido nunca tan bien... Mmmh, vas a hacer que
me... que me corra... oooommmh... Los lametones se aceleraron. La que no era su prima cogió a la
otra del pelo con mucha fuerza, casi se diría que le iba a hacer
daño. Por fin, su cuerpo dijo a gritos que había llegado
al orgasmo, una vez, y otra, y otra, y otra... Como en oleadas que parecían
alejarse y luego volvían, cada vez más tenues, hasta que
se relajó por completo sobre la cama, respirando como un animal
herido. Las chicas se incorporaron en la cama, comenzaron a besarse. Ahora que
la veía bien, sin convulsiones de placer, estaba claro que no era
su prima. Cariño, vas a ser mi chica de los sábados... Me
ha encantado. Ahora me toca a mí. Te voy a hacer una paja como
nunca has recibido... ¿Sí? Sí corroboró la
chica que no era su prima, con otro beso en los labios. ¿Sí? Sí... y firmó su
promesa con un profundo beso que intentó llegar a lo más
profundo de su interior. Volvieron a tumbarse sobre la cama, esta vez era la chica parecida a
Conchi la que se situaba encima. Las manos de Pony Girl habían comenzado a acariciarla. Tan suave,
que casi no lo había notado, embelesada como estaba en el espectáculo
secreto. Cuando una mano subió hasta uno de sus pezones, se dio
la vuelta. Oye, oye... dijo Maravillas, con la respiración acelerada
Quiero que sepas que no quiero... No quiero rollos raros. Yo sólo
quiero encontrar a mi prima, y esa no es. Lo siento. No quiero molestar.
Yo... Puedo buscarla yo sola si quieres... Entiendo... dijo en voz muy queda, casi susurrando
Oye, no tienes porqué negar que te gustan las chicas. Si no, ¿por
qué habrías venido? ¿Por qué te habrían
invitado? Me ha invitado mi prima. Vengo porque ella viene. Pero no creo que hayas venido solo para charlar con tu prima.
Tú no eres tonta... No tengas miedo. Todas aquí somos iguales,
no hay nada que ocultar. Sólo una fiesta para pasarlo bien. ¿Entiendes? Entonces... ¿Tienes miedo de algo? No hay nada que ocultar. Lo entiendes, ¿verdad? Los labios de Pony se fueron acercando y ella no los rehuyó. ¿Cuántas
ocasiones volvería a tener en su vida de estar con una chica tan
hermosa como aquella? La besó suavemente, apenas tocándose
sus labios. Pues yo me he puesto muy caliente viendo a esas dos... dijo
Pony Y cuando me pongo caliente, sólo sé hacer una
cosa... ¿Y qué es eso? le preguntó. ¿Quieres saber lo que hago yo cuando me pongo cachonda?
Ven, cariño... La tomó de la mano y cerró la puerta tras la que espiaban.
Cesaron los susurros de las sábanas, los jadeos y las palabras
calenturientas en voz baja. Desnúdame... Maravillas le desabrochó la blusa, botón a botón,
y se la quitó. Un sujetador blanco contenía dos pechos grandes
y bellos, dignos de una estrella de las revistas o de internet. De pronto
sintió que no podía esperar a probarlos. Le desabrochó el breve pantalón vaquero y cayó al
suelo. Pony se quitó las botas de cuero, dignas de una auténtica
vaquera tejana. Los deditos de sus pies se agitaron sobre la moqueta.
Pony observó la mirada dubitativa que Maravillas le estaba echando
a sus bragas. ¿A qué esperas? Quítamelas, no seas tonta...
Estoy deseándolo... Tomó las gomas de los costados y tiró de ellas hacia abajo,
dejándolas también caer al suelo también. Descubrió
un pubis suave, de vello rubio, cuidadosamente recortado en un rectángulo
estrecho. Era algo precioso, daban ganas de guardarlo en una cajita de
madera y conservarlo para siempre junto a los buenos recuerdos. Cuando ya estaba lanzada a desabrocharle el sujetador, Pony dijo "Espera...",
y tomando sus manos entre las suyas, guió sus movimientos para
que bajara las copas del sujetador, pero no le permitió tocar el
broche. Maravillas contempló el par de tetas más apetecibles
que había visto nunca. Que bonitas... dijo Maravillas. Mmmh... Dos buenas ubres, ¿verdad? ¿Ubres?
rió Maravillas. Sí, yo las llamo así. Como las de las hembras. Me
encantan. Me encanta mirarlas horas y horas, y acariciarlas, y cuidarlas...
¿Y a ti? Me encantaría mimarlas, sí. Pero, todavía no... Todavía no... Espera que lo
prepare todo. Y Maravillas detectó que Pony Girl hacía un enorme esfuerzo
en retrasar su excitación con tal de realizar su ritual tal y como
debía ser: perfecto. Ahora vas a saber de verdad por qué me llaman Pony Girl... Quiero que me montes... dijo con el aliento temblando, mientras
sacaba un cojín enfundado en cuero negro y se lo ajustaba a la
espalda. La hebilla metálica de la correa, prieta bajo sus pechos,
debía hacerle cierto daño. ¿Cómo has dicho? dijo Maravillas. ¡Necesito que me montes, cariño! ¡Por favor,
de verdad que lo necesito! siguió extrayendo aperos de monta:
un artilugio que se colocaba sobre la cabeza de los caballos para impedir
que vieran hacia los lados y un mordiente con riendas ¡Cuando
me excito, ya no puedo parar! ¡Necesito ser tu montura, cariño!
¡Quiero que me montes! ¡Te llevaré donde quieras, pero
por favor, móntame, es la única manera que conozco! ¡Móntame,
sé mi amazona! Las miradas de desespero y la respiración contra su boca no dejaban
lugar a Maravillas para pensar. Pony la besó suplicante, como una
niña que adula a su papá como modo de convencerle de que
le compre el último capricho. ¿Lo harás? ¿Sí? Yo... Madre
mía. Será lo más raro que haga en toda mi vida, pero... Maravillas examinó la fusta. La golpeó suavemente contra
su mano, comprobando su dureza. Las miradas mutuas cerraron el acuerdo. Sus pechos colgantes parecieron aun más grandes en aquella postura.
Dejó de mirarla a los ojos. Ahora ya no era una guía, ni
una desconocida, ni una seductora. Ahora era su yegua de crines rubias.
Se puso el mordiente entre los dientes, ya no podría hablar sino
con gran dificultad. ¡Arre! dijo, agitando un poco las riendas. La montura comenzó a caminar por el despacho, al paso. Maravillas
no pudo evitar reír. Si bien era la situación más
excitante que había vivido nunca, también era bastante ridícula
para ella. Pasaron tras la mesa y el enorme sillón del despacho. Sintió
el típico balanceo del cuerpo al montar. Levantó las piernas
para que no arrastraran por el suelo. De ese modo, el equilibrio era algo
inestable, todo dependía de la fidelidad de su querida yegua, de
que no se volviera loca de repente y echara a galopar. Sobre los movimientos sinuosos de Pony Girl, el despacho se convirtió
en un paisaje sin fin, una pradera. Pasearon hacia la lejana puesta de
un sol enorme y rojo, tras las nubes púrpuras y las montañas
erosionadas con forma de mujer tumbada de costado. Cada paso de la yegua
era transmitido al movimiento del cuerpo de su amazona. Las dos fueron
una, se acompasaron los ritmos, se unieron las conciencias y se convirtieron
en la mítica figura del centauro, esta vez mitad caballo y mitad
mujer. Poderoso, imponente, sabio, tranquilo, salvaje y libre. La piel de Pony Girl se veía preciosa bajo la débil luz
del lugar. No pudo evitar acariciarla. Acarició su grupa. Sintió
el fino pelaje, los músculos en movimiento, el sudor. Las caricias
excitaban al animal. Acarició sus cuartos traseros, fuertes, compactos,
amplios. Les dio un par de cachetadas, flojito. ¿Porqué te paras ahora? ¡Habrase visto animal
insolente! ¡Vamos, el paseo aun no ha acabado! ¡Hiá! ¡So! ¡Sooooo! ¡So! ¡Sooooo! ¿No me oyes, bestia? ¡Auuh! Pony se detuvo. Inmóvil, miró a su dueña. La imagen
fue impactante para Maravillas. De sus labios caía un larguísimo
reguero de baba blanca. Sus ojos azules miraban con temor al castigo. Será posible... Será posible, yegua estúpida...
¡Me has hecho daño! ¡Lo vas a lamentar, ya lo creo!
-dijo, totalmente entregada y divertida con su papel. La tomó de las riendas y las ató al picaporte de un armario.
Arregló el sombrero y se lo volvió a colocar. Tomó
la fusta, contempló el trasero, dudó un momento... Y azotó. Pony Girl se estremeció. Después del primero vino otro,
y después otro, y todo un rosario de azotes en sus cuartos traseros.
Se lo merecía. Había hecho daño a su ama, había
sido una yegua mala, una pony mala, y debía ser castigada. Usando sus propias manos se abrió las nalgas todo lo que pudo.
Maravillas comprendió el gesto y comenzó a azotarla allí,
primero en el ano y sus delicados alrededores, luego bajando, hasta que
acabó golpeándola directamente sobre los labios mayores,
ya abiertos, ya rezumantes y brillantes como los de una buena hembra en
celo. Nunca había hecho daño a nadie, ni quería hacerlo,
pero como parecía que aquello era lo que quería su amante,
aprovechó y descargó toda su rabia acumulada de años. Con cada azote, los gemidos de Pony subían y subían de
volumen, hasta que acabó gritando, aun con los dientes mordiendo
el hierro, con los hilillos de saliva saltando y cayendo por su barbilla,
con el orgasmo atravesando como mil agujas su columna vertebral, con el
flujo saliendo a ráfagas de su coño y manchando la moqueta. Pony Girl se dejó caer al suelo, exhausta, resoplando. También
a Maravillas le costaba respirar con normalidad. Examinó la fusta
de nuevo, ahora salpicada de flujos. Se atrevió a olerlos un poco,
sin acercarse demasiado. Percibió cierto aroma a hembra, parecido
al que ella misma sabía que producía por sus masturbaciones
solitarias. Guardó el aparato en la mochila. Le quitó el mordiente y le aflojó la correa, para que no
la molestaran más. La cubrió con la camisa y le dio un beso en la mejilla. Adiós, Pony. Has sido un cielo. Ahora me tengo que ir. Pony Girl no respondió, ni si quiera se movió. La búsqueda acababa de comenzar, al igual que aquella extraña
fiesta de extrañas invitadas. Continuará... Para volver a SEXYCUENTOS, haga click aquí |
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