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No se depilan jamás para que el triángulo
de la diosa marque su vientre como un templo.
de Las sacerdotisas de Astaré
Y el viento del mar, levantando hacia el cielo los rojizos cabellos
de Heliokomis,
los torcían como una llama furiosa que se alzase de una antorcha
de cera blanca,
de Las Bacantes.
Pierre Louÿes Las canciones de Bilitis
Desde pequeña, el pubis de las mujeres me ha parecido más
misterioso y sugestivo que el de los hombres. El sexo oculto en esa musgosa
intimidad parece querer pasar inadvertido ante la indiscreción
de miradas iguales o parecidas a las mías. De niña me fascinaba
ver a mis hermanas mayores a la hora del baño. Intuía que
bajo aquellas leves sombras incipientes, palpitaba una doble y aromática
carnosidad como la que yo aspiraba poseer al llegar a sus edades.
El pubis de los varones, en cambio, carece de gracia y permanece ajeno
al falo, adonde irremediablemente desembocan el ojo y la caricia, sin
permitir el paso de la mirada o de los dedos por otras rizadas geografías.
Al menos ha sido ese mi caso con la mayor parte de los novios y amantes
que he tenido, quienes sucesivamente y con orgullo han esgrimido sus penes
ante mis pupilas sedientas o en el vértice de mi entrepierna, como
si todo el placer y el deseo se concentraran únicamente en la posesión
y en la gratificación de ese dulcemente salado fragmento de sus
cuerpos.
En la secundaria admiraba con pudor y de reojo los ralos triangulitos
de mis compañeras del equipo de nado sincronizado al cambiarnos
de ropa en los vestuarios. Más tarde, en la preparatoria y después
en la universidad, seguí admirando con eficaz discreción
los montes de Venus de mis condiscípulas y amigas, obviando la
fresca redondez de sus formas e intentando condensar en mi retina las
cavidades que palpitaban tras el dibujo cuidadosamente recortado de su
pelambre. De cierto modo, mi práctica contemplativa obedecía
a que la escasez de mi propio vello me orilló a depilarlo por completo
cada semana, a partir de la adolescencia, dejando expuestos mis labios
al roce de la tela y la intemperie.
Pero el pubis que más me ha fascinado es el de Amarilis, mi amiga
con quien desde hace algunos meses y dos tardes por semana comparto los
vestidores y el sauna al concluir nuestra clase de aeróbic. Es
tan espeso y abundante su vello pelirrojo que cuando está de espaldas
en el vapor, éste sobresale con generosidad de entre sus nalgas;
de frente bosqueja un fino sendero que asciende de la pelvis a su ombligo
en el que ha colocado un anillo diminuto, similar a los que cuelgan de
cada uno de sus grandes pezones.
Algunas mujeres la ven con desagrado y recelo; otras, como yo parecen
extasiarse ante las compactas marañas que por igual enriquecen
su pelvis y sus axilas. Ella me ha contado que jamás se afeita
porque le produce alergia. Lo mismo le sucede en las ingles y en las axilas,
que no soportan la aspereza del rastrillo y por esa razón albergan
abultados nidos fueguinos.
Además de lucir natural, el intenso color de esas sobre pobladas
matas embellecen con distinción su esbeltez renacentista, haciéndola
lucir como la más elegante modelo de Botticelli. Sobre todo cuando
después de ducharse se sienta con las piernas abiertas para cepillar
su melena larga y ondulada como un bosque incendiándose de otoño.
Es en esos breves minutos, antes de que levante la cabeza, cuando tengo
oportunidad de contemplarla descaradamente sin que se percate de que mi
vista resbala por sus hombros blancos y pecosos, y trepa de sus tobillos
a los muslos para arrobarse en el radiante destello de su pubis. En esos
momentos soy la espectadora privilegiada de su íntima belleza,
con la que sólo compiten su inteligencia y la candidez de su humor.
Hoy llegó temprano por mi, a mi casa, para ir juntas al gimnasio.
Al entrar a la sala sacó de su bolso de deportes una pequeña
caja de laca diciéndome: --es un regalo, para que nunca me olvides--,
y al entregármela me dio un beso. La abrí con cuidado y
extraje un mechoncito pelirrojo, atado por una cinta verde, que se riza
hasta completar un círculo perfecto. Mis dedos temblaron al sostener
aquella visión que supe de donde provenía, y un súbito
calor prendió mi cara y descendió en violentos oleajes a
mi sexo. Amarilis sonrió complacida por mi expresión de
sorpresa, se fue canturreando a la cocina por dos copas en las que escanció
vino blanco y al volver puso un disco de blues. Yo intentaba recobrar
la compostura y decirle algo, sin saber exactamente qué. Su obsequio
maravilloso era prueba de los descuidos en que seguramente había
incurrido al admirarla en el vestuario. Era por tanto un reclamo al grado
de desfachatez al que mi curiosidad había llegado.
Intenté buscar las frases que le ofrecieran alguna explicación
a modo de disculpa, pero ella interrumpió mis pensamientos--: He
advertido la forma en que te quedas mirándome en los vestuarios,
y quise darte un poco de mi; muchas veces cuando tú no te das cuenta
también observo, con envidia de las buenas, tu pubis libre de veladuras,
lo que me permite ver los hilos que humedecen tus labios abultados, e
imaginar la manera en que te lo rasuras. Me encantaría que mi pubis
luciese como el tuyo, así de provocador. Yo continuaba sosteniendo
en una mano el cofrecito y en la otra aquel vellocino cuya ternura quemaba
mi palma. Ella los tomó, los puso en la mesa y me entregó
una de las copas que bebí casi entera luego de hacerla tintinear
contra la suya. Por las tímidas fisgonas, la pelona y la peluda
--brindó para subrayar mi sonrojo, y sirvió otro chorro
espumoso en cada copa. Por el placer de la vista --añadí
aparentando una ecuanimidad que no tenía.
Durante minutos eternos permanecimos paradas en medio de la sala, sin
hablarnos, intercambiando sonrisas desde los bordes de cristal. Eran los
primeros instantes en que ambas estábamos solas frente a frente
y en silencio en una misma habitación. Parecía que nosotras,
que siempre compartíamos infinidad de confidencias, esta vez no
teníamos nada que decirnos. Así es que aunque dudosa, di
el paso que hacía semanas quería dar sin atreverme y que
muchas veces había dado en mi imaginación. Estoy avergonzada
--atiné a hablar con un tono que hacía evidente mi nerviosismo--
pero ya que me has descubierto y como parece no molestarte mi mirada,
quisiera pedirte que me permitas ver tu pubis de cerca.
Me asaltó una sensación de extrañeza por haber sido
capaz de pronunciar esas palabras que tornaron la atmósfera más
densa de lo que ya era, aligerada tan sólo por los acordes que
fluían de las bocinas; pero a la vez, me alivió decírselas.
Traté de adivinar su reacción sin saber aún cuál
era la mía. Sus hermosas facciones no me daban ninguna señal
de desaprobación ni mostraban desconcierto. Permaneció impávida
unos segundos más mirándome a los ojos, y dejó la
copa en la mesa.
Sin dejar de observarme y como callado consentimiento, se sacó
el vestido por encima de su cabeza. Con los pulgares bajó su tanga,
enrollándola en las sandalias. Se quedó desnuda y de pie,
como deidad en la luz ambarina del atardecer, y su belleza y su perfume
llenaron la estancia de fulgores. Ahora podía admirarla de cuerpo
entero, y sin tapujos, aunque temblorosa, contemplé su espigada
estatura semejante a la mía, la fronda bermellón que acariciaba
sus hombros y el rostro limpio de maquillaje, la pelusilla de los antebrazos,
sus finas manos largas, la armonía que guardaba cada protuberancia
y curvatura de su cuerpo.
De los anillos que adornaban sus aureolas pendía la cadenilla de
plata que le había comprado en Taxco semanas atrás, y que
era similar a la que yo llevaba en la cintura. ¿Te gusta el lugar
donde la puse? preguntó alegre. Atiné a contestar
que sí, con la cabeza. Recogió su cabello detrás
del cuello para que me deslumbrara el gemelo sol de sus axilas, y con
las manos en la nuca caminó hacia el extremo de la sala. Se tendió
en el sofá de piel azabache que de inmediato formó un alto
contraste con la suya. Y elevó la llamarada de su montículo
entre el que apenas asomaban unos labios gruesos.
Amarilis parecía una imagen potenciada de Egon Schiele, una milenaria
sacerdotisa tribal ataviada por los aros y la cadenilla que ascendían
y descendían al compás de su respiración. Recostada
boca arriba y expuesta a mi deseo de contemplarla, la metáfora
del vello desparramaba su abundancia crespa y rojiza. Ella empezó
a desenmarañarlo con sensual desenfado. Yo seguía inmóvil.
Ven, acércate --pidió--, también quiero ver tu pubis
muy de cerca; tengo ganas de observarlo mientras tú miras el mío.
Aclaré la garganta con otro sorbo de vino y caminé hacia
ella. Aún temblaban mis rodillas y el corazón me latía
furiosamente.
Al tiempo que mis ojos seguían el recorrido hipnótico de
sus dedos entre los rulos, me despojé de los jeans, de la tanga
y de la blusa. Me acosté encima de ella, oprimiendo mis senos contra
la dureza de sus pezones. La piel del pubis absorbió de lleno el
hormigueo de la boscosa densidad que yo adoraba. Me estremecí,
estrechándola. Vi mis ojos arder en el hondo cobalto de los suyos,
sintiendo su aliento contra la boca y en mi espalda la suavidad de las
manos que jugueteaban con mi cadena. Nos besamos los labios con ternura.
Hundí los dedos en su pelo y murmuré a su oído: Nunca
he estado tan cerca de una mujer. Amplió su sonrisa y dijo en voz
muy baja, como sí alguien más pudiera escuchar: Tampoco
yo. Las dos soltamos una carcajada cómplice que al fin liberó
nuestras tensiones.
Deslizándome giré sobre ella y coloqué mi rostro
ante su pelvis. Ella subió una pierna en el respaldo, para que
nada quedase fuera del ávido alcance de mis ojos que a unos cuantos
milímetros podían admirar los caracoles naranja tostado
que se ensortijaban sus ingles, formando dos amplias medias lunas; los
rizos donde sus labios se acolchaban y que se extendían profusamente
mojados alrededor y más arriba de los pliegues del ano; el clítoris
erecto y grande como una uva, las mieles cristalinas derramándose
por el cuero del sofá.
Su sexo irradiaba un calor húmedo y tenía el turbador aroma
del sándalo y la lluvia en el mar. Mis yemas recorrían su
tersura selvática, peinando y jalando las frondas pelirrojas donde
se confundían unos cuantos vellos rubios y que parecían
suaves racimos de cobre. Los alisé y estiré minuciosa hacia
los lados de la vulva, acomodándolos todos con las uñas
para contemplarla y poder descubrir su textura y acariciarla con la misma
lentitud con la que froto por las noches la mía.
Separé mis muslos y a horcajadas acerqué mi sexo a su cara
hasta recibir su respiración agitándose en mi vulva. Me
hechiza esta textura, sin vello pareces inocente como una ovejita recién
esquilada dijo. Me depilé esta mañana le repliqué
sin dejar de reír con ella, tú en cambio pareces una
fuente de zanahoria rallada y con aceite de oliva. Nuestros comentarios
acerca del aspecto de la otra y los ataques de risa se fueron espaciando,
convirtiéndose en suspiros. Mis caderas comenzaron a balancearse
cuando también ella empezó a indagar entre mis labios.
En el surco moreno de mis nalgas, junto a su aliento y sus dedos, podía
sentir la fiebre de sus ojos encendidos. A cada estremecimiento, a cada
temblor que su sexo me ofrendaba, crecía bajo mi vientre un fuego
nuevo. El calor que llegaba en oleadas nos hacía quejar de placer,
vertiendo nuestra comunicación en profundos monosílabos.
Estás mojadísima --la oí decirme, muy de lejos.
Yo ya había alzado vuelo por el toque de sus yemas hacia un orgasmo
que era tenue, que se sostenía sin alejarse y me llevaba a flotar
entre las densas transparencias de su aroma. Me dolían los pezones
y percibía con claridad cómo brotaba un manantial de entre
mis labios lubricados a medida que sus manos resbalaban de mis muslos
a la espalda, para volver a mi entrepierna, atrayéndome más
cerca de su cara y rozándome el clítoris con dulce y penetrante
sutileza. Mi sexo recibió el empuje urgente de un índice,
y lo abrazó con fuerza.
Cuando sentí entrar la punta de su lengua, llegué casi a
la cresta. La mía hizo lo mismo entre sus pétalos de carne,
imitando sus movimientos y aferrándome a la firme redondez de sus
nalgas, como si a cada gemido suyo y mío fuéramos a caer
por un pozo ciego, como si de pronto el mundo, la casa, la habitación,
el sofá fueran a ser oscurecidos por un relámpago negro.
Aquellas sensaciones que me hacían resollar contra su sexo eran
distintas a cuantas había experimentado antes. Todo me sorprendía,
extasiándome, haciéndome inhalar a fondo, llenándome
a grandes bocanadas de aquel fruto de musgo líquido que mis pupilas
y mi lengua golosas degustaban. Me sorprendía sobre todo, abierta
y encima de Amarilis, mi capacidad de entregar y de recibir esa espiral
de placer sin egoísmos.
No puedo más, estoy a punto de venirme susurró encajando
sus talones en el asiento. También yo estoy muy cerca conseguí
responderle con un hilo de voz entrecortada, jadeante por el sedoso clímax
que la filigrana de su lengua había encendido hacía buen
rato, y por el oceánico sabor de su vulva, cuyo reflujo no cesaba
de manar ante mis ojos y que ya descendía por mi garganta.
Flexionó sus rodillas hasta colocar su piernas en mis flancos y
espalda, y me afirmé sobre la pulpa de su boca. Debajo de su cabeza
acomodé un cojín y otro bajo las nalgas, pronunciando el
ángulo de sus caderas. Quédate así murmuré,
no me dejes de chupar. Lamí de arriba a abajo su jugosa hendedura
y apreté rítmicamente su índice adentro de la mía,
succioné el botón de su delicadeza y le metí la lengua
lo más que pude en el anillo blando y sonrosado del culo hasta
oírla gritar.
Hasta los nudillos sumergí mis dedos por las dos deliciosas cavidades
que su excitación me ofrecía y que la hacía empujar
su pubis con mayor vigor para que mi lengua y mis dedos entraran a lo
más profundo de su deleite. Separados apenas por aquella delgadísima
membrana, los deslicé en círculos, sintiéndolos moverse
y latir uno contra otro nadando en sus hirvientes pasadizos.
Amarilis se retorcía de pasión entre gemidos, oprimiendo
y soltando mi cabeza entre la cara interna de sus muslos. Sus afelpadas
medias lunas frotaban por dentro mis oídos. Dámelo todo
jadeó mientras me mamaba el clítoris hinchado e introducía
un dedo más en la estrechez de mi culo sin sacar el de adelante,
dámelo y cómeme completa que me vengo. Metió otro.
Mi aullido de placer se ahogó en la inundación de su vagina.
Nuestras caderas apretaron su cadencia; dedos y lenguas salían
y entraban con delirio y rapidez buscando mitigar con anhelo su hormigueo.
En mi humedad ella agitaba su lengua como una mariposa ante la luz inquieta.
Yo volaba cada vez más arriba entre sus alas, amortiguando en su
dulzura turgente mi resuello. Le abrí totalmente la vulva y entera
metí la boca entre sus flamas hasta que mechones y labios escurrieron
por mis mejillas febriles. Centelleante, el vértigo aumentaba e
iba en alto, desbocándose y precipitándome por una catarata
de voluptuosidad, por un chorro que caía ruidosamente y se derretía
chapoteando en la circunferencia de fuego que su boca formaba entre mis
nalgas.
Su espalda se arqueó. Nos quedamos inmóviles, de golpe,
cuando el foso se hendió en millones de infinitos relámpagos.
Me senté en su boca. Y estallamos.
La música de los gemidos y la ondulatoria sincronía de nuestro
deseo se volvieron un grito primigenio que brotó en ciclos concéntricos.
El orgasmo recomenzaba con más brío cuando parecía
disolverse y disolvernos, haciéndonos caer sin peso, una y otra
vez, hasta ser una en la otra y las dos, una. Palpamos el fondo sin fondo
de nosotras, lengüeteando y estremeciéndonos abrazadas en
una danza horizontal hasta el último de los músculos que
al fin han encontrado su reposo.
Ya se ha hecho de noche. Desde hace horas ninguna de las dos ha querido
moverse de su sitio. Seguimos conversando acerca de nuestras vidas que
tienen numerosas coincidencias, y mi mejilla descansa en la ruta mullida
de su pelvis. Indolentes, las manos recorren los eslabones de la cadenilla
de la otra y los cuerpos amorosos siguen adheridos en el brillante sudor
y la saliva. Ella me escucha contarle que desde pequeña, el pubis
de las mujeres me ha parecido más misterioso y sugestivo que el
de los hombres, pero que ninguno me ha deslumbrado tanto como el suyo,
el suyo que en este momento mis ojos besan y devoran.
Amarilis ríe y con frescura me confiesa que cuando me observó
el primer día desnuda en los vestuarios tuvo la fantasía
de acariciar y sentir la piel de mi sexo depilado, pero que no imaginó
que pudiera ser una experiencia tan apasionante y hermosa como lo ha sido.
Me cuenta que ese día se masturbó en el sauna, después
de verme cepillándome el pelo, con las piernas separadas. Dice
que desde entonces ansiaba paladearme, que mi consistencia y sabor le
han trastornado.
Oigo su voz cercana en la lejanía de mi cuerpo, como si al hablarme
también hablara con mi sexo que ella ha mantenido entreabierto
al igual que una ofrenda humeante entre sus dedos. Sus largas pestañas
rozan mis labios y me producen temblores y accesos de risa. Entre las
sombras, al tacto de mi lengua y de mis ojos, la espesura de su vulva,
semejante a una hoguera ceremonial, chorrea y brilla con mayor esplendor.
Mi clítoris también está encendido.
Y me ilumina.
Rowena Citali
excalibur132@hotmail.com
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