|
|
||||||||||
|
|
||||||||||
|
|
||||||||||
|
El desván / Parte 2 |
||||||||||
|
Esa noche cenaron unos espaguetis que prepararon entre las dos. Los devoraron
en el salón, tranquilamente, mientras veían una película
romántica. La sesión acabó con las luces apagadas,
los platos vacíos y ambas primas en amoroso abrazo mientras veían
aparecer el cartel de The End. - ¿Ha sido bonita, verdad? -musitó Estela. Y volvió a besarla. Por una vez, Estela fue atrevida. Buscó
la lengua de su prima y la obligó a salir al exterior. La chupó
largo rato, extasiada, como si chupara un pequeño pene, uno que
tuviera que penetrar sus estrechos labios. Bebió la saliva de Virginia
con un delicioso sorbeteo. - Dios, Estela, cómo me gusta eso... Me encanta... Estás
loca... La mano de Virginia fue ascendiendo poco a poco en dirección a
los pechos de Estela. Intentó colarse bajo el pijama, dispuesta
acariciar, pero otra mano la detuvo. - ¿Pero por qué, ahora? -lloriqueó Virginia. Cogió a Virginia de la mano y la llevó hasta su cuarto.
Se metieron en la cama, compartiendo miradas. - ¿Y bien? -dijo Virginia, que no comprendía. Estela se desabrochó uno a uno los botones del pijama. Primero
aparecieron en la penumbra sus lindos pechos, grandes y redondos. Luego
su cálido vientre. Por último su pubis virginal, rubio y
lampiño. Sin dejar de mirar a su prima, Estela comenzó a
acariciarse allí abajo, mientras con la otra mano se masajeaba
los pechos. Se notaba que lo había hecho más de una vez
anteriormente. - ¿Te parece suficiente por hoy? -musitó- Vamos, haz tú
lo mismo... Hagámoslo juntas. Virginia se deshizo del pijama. Acarició un tiempo sus pechos,
más pequeños que los de su prima, pero graciosos y apetecibles.
Obtenía altas cotas de placer al estrujar, acariciar, arañar
y pellizcar sus pechos, era su práctica masturbatoria preferida.
Cuando ambos pezones estuvieron duros, su mano derecha bajó impaciente
para darle el trato merecido a su entrepierna, ya chorreante desde que
inició los besuqueos con su amante.
DÍA
2 Virginia estaba impaciente. No quería perder el tiempo que le
había sido concedido para estar con su chica. Estela le ordenaba
paciencia. - ¿Estela? -preguntó al aire. Virginia dejó las bolsas de la compra en la cocina y subió
las escaleras. Allí estaba Estela, con una bata blanca parecida
a la de los médicos. Se había perfilado los ojos y abrillantado
los labios, de forma que daban ganas de darles un mordisco. - Por favor, póngase esa ropa -dijo la doctora. Estela se puso la ropa de su padre: una camisa blanca, una corbata, unos
pantalones grises, unos zapatos elegantes, un viejo reloj dorado de pulsera
que había encontrado en algún sitio... La ropa no le venía
grande, ya que últimamente Virginia había dado el estirón
de la pubertad, alcanzando una altura aproximada a la de su padre. - Bueno -comenzó la doctora, con voz nerviosa-. Ya sabe usted
que hoy toca inspección. El muchacho se inclinó hacia adelante, apoyando su peso en el
respaldo de una silla. La doctora se mordió el labio inferior ante
el panorama. Los pantalones masculinos no podían disimular las
formas de un culito acorazonado. - Y ahora -dijo la doctora, mientras sacaba un guante de látex
de un bolsillo-, no se preocupe. Voy a ser muy suave... La doctora se ajustó el guante con un chasquido. Se acercó
al muchacho. Pasó las manos en torno a su cintura para desabrocharle
el cinturón. Luego desabrochó el pantalón y la bragueta.
El pantalón cayó al suelo, dejando a la vista unos slips. El panorama era precioso: un culo adolescente, redondito y suave. En
la línea entre las dos cachas, un minúsculo hoyito, rodeado
de estrías que convergían en su centro, como los rayos de
luz en torno a un pequeño sol de carne. Un poco más abajo,
cubierto por algunos pelos cortos, el pubis, aun virgen. - Vamos a ver si todo está bien sano por aquí dentro... El chico imaginaba por dónde iba a ir aquello, pero aun no podía
creerlo. Inmóvil, respirando aceleradamente, observó cómo
la doctora apretaba un tubo de vaselina y la repartía por los dedos
enguantados. - Puede que esto esté un poco frío -advirtió la
doctora, en un susurro excitado. Un dedo se posó sobre el esfínter del chico, que dio un
respingo al notar el frío en un punto tan delicado. El dedo masajeó
muy, muy suavemente, haciendo pequeños círculos. El fino
látex del guante le daba gran sensibilidad a aquel dedo intruso.
Poco a poco, el masaje dejó lugar a la presión. Iba apretando
sobre la carne resbaladiza, abriéndose paso. Era un trabajo difícil,
el conducto era muy estrecho, virgen, y el paciente no debía sufrir
dolor... Al menos no demasiado. El dedo siguió apretando, apretando,
atrevido, adentrándose por el túnel contracto. El muchacho
apretaba los dientes gemía, nunca había sentido nada en
esa parte de su cuerpo, era para él desconocida la existencia de
este placer. El dedo entró por completo, hasta el nudillo. La doctora
comenzó a realizar su inspección, moviéndolo alrededor
suavemente, como buscando algo entre la carne. Los músculos del
esfínter se contraían, no se habría podido decir
si para expulsar al dedo curioso o para retenerlo allí dentro para
siempre. - Oh... Qué duro está... Uuuuf... Sigue, me gusta, me g-...
¡Aaaaammmh! La inspección no parecía dar frutos. La doctora se atrevió
a introducir un dedo más. La entrada anal estaba muy estrecha,
así que tuvo que ablandarla a base de masajes, caricias circulares
y más vaselina... Y finalmente los dos finos dedos se deslizaron
perfectamente hasta el fondo. Allí volvieron a moverse muy suavemente,
palpando alrededor. - ¡Aaaaaahmmm! ¡Síii! No lo puedo creer: me... me
estás follando por el culo! ¡Y me -ungh- me gusta! ¡Sigue,
sigue sig -aaannnggggh-! Un dedo del chico se dirigió a su vagina, solícita de placer,
pero la mano de la doctora lo detuvo, comunicándole calma a través
de sus caricias y su tacto. - Por Dios... Estela... deja... que me corra... déjame usar los
dedos... no aguanto más... por lo que más quieras... haré
lo que... tú digas... La expresión de la doctora fue tan dura como su respuesta: - Déjame que te meta un dedo más y yo te dejaré
que te masturbes... La doctora siempre había sido una persona dulce y cuidadosa. En
ese momento descubrió su faceta más agresiva y perversa.
Sin preámbulo alguno, un tercer dedo violó el ano de su
paciente, que gritó enfurecido. Los tres dedos entraron y salieron
con un ritmo brutal, haciéndole agitarse y estar a punto de caer
al suelo por riesgo de perder el apoyo contra la silla. Mientras, la doctora
necesitaba satisfacerse, sentía que no era natural hacer aquello
sin acabar corriéndose. Sus dedos acariciaban su clítoris
y lo apretujaban en todas direcciones, llenando su cuerpo de espasmos
eléctricos y palpitaciones. - ¡Oh, Virgi! ¡Creo que.. creo que... me voy a correr! Entre aullidos, excitadas hasta la cumbre por las palabras sucias, la
doctora y el muchacho estallaron en espasmos y flujos, que salpicaron
su ropa interior, que bañaron sus manos, que mancharon el suelo,
y chorrearon en finísimos riachuelos muslos abajo. Todo había
acabado ya, pero aquellos tres dedos seguían imparables, incapaces
de detener la penetración del dilatado ano. El chico, sacando fuerzas
de donde pudo, detuvo aquella mano frenética y la extrajo de la
entrada a su cuerpo. - ¡Por Dios, se... se ha acabado! ¡Para... cabrona! ¡Me
vas a... matar! ¡Se ha acabado...! La doctora se alejó de su paciente para desplomarse sobre una
viejo sofá cubierto con un plástico. El muchacho se dejó
caer sobre la silla, sobre su vientre. Su culo no le permitía sentarse. Todo había acabado. Sudorosas y extenuadas, no dijeron nada, y
quedaron un rato silenciosas, dormitando. Despertaron de la siesta a la misma vez. Descansadas y tranquilas. Se
abrazaron con ternura y se besaron. Rozaron sus labios entre sí.
Estela dedicó especial atención a los gruesos y redondos
labios de su prima. Quería grabarlos en su memoria para no olvidar
jamás como eran, quería hacer eternos aquellos momentos. El resto del día transcurrió tranquilo. Salieron de casa
y pasearon por un jardín cercano, con altos árboles que
le daban intimidad y secretismo al lugar. Caminaron muy adentro por la
vegetación y, seguras de que ya no quedaba nadie cerca, acurrucadas
detrás de un grueso árbol, se besaron como una pareja de
enamoradas. Se besaron durante más de una hora, sin prisa ni ambiciones.
Ya estaba bien de fantasías y juegos. Se querían, lo habían
demostrado. Querían estar juntas por siempre. Los besos las acabaron
excitando y volvieron a casa. Eran libres de hacer el amor cuando quisieran.
Los besos eran tranquilos, las caricias lentas, los orgasmos suaves,
atiplados, las miradas agradecidas. Los abrazos duraron más que
las penetraciones. Sin nada más que hacer en la vida, excepto quererse,
quedaron abrazadas en la cama y así se quedaron hasta que anocheció. ¿Algo que decir? eslavoragine@hotmail.com Para volver a SEXYCUENTOS, haga click aquí |
||||||||||
|
|
||||||||||
|
El
mejor sexo lesbico de internet
Descarga las mejores fotos y videos de la red
|
||||||||||
|
¿Escribes
relatos eroticos? Mándamelos
por mail y los publicaré
|