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Las aventuras de Valeria |
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Hola, mi nombre es Rafael. A los demás no los presento, porque
para ellos siempre uso nombres ficticios. Mi novia tiene una amiga a la que llamaremos Valeria. Tiene veintiún
años y está como pan dulce. Mide un metro setenta y dos,
de cabellos oscuros, ojos gris perla, tez blanca, estructura delgada,
pechos generosos, cintura de avispa, buenas caderas y un culo infartante.
¡Ay! (ése fue pellizco de mi novia). Bueno, fuera de bromas. Valeria está para desayunarla, almorzarla
y cenarla; por lo que podrán deducir, que no tiene problemas para
conseguir chicos, sino que su problema es exactamente el opuesto. Fue así que, queriendo librarse de uno de esos molestos compañeros
de trabajo que la seguía a todas partes, viajó a España
aprovechando una beca de la universidad a la que asiste. De esta forma, nos escribió una carta luego de dos meses de silencio
radial y, ¡oh, sorpresa! Nos comunicaba que estaba saliendo con
un flaco que conoció en el avión. Si bien fue bastante detallada
en lo que se refiere al encuentro y comienzo de la relación, obviamente
no fue demasiado explícita en cuanto a lo sexual, aunque la conocemos
bastante como para saber sus tendencias. Con los datos de la carta sumados al conocimiento que tengo sobre ella,
comencé a imaginar ese primer encuentro en el avión. Basta de preámbulos y vayamos a los bifes. Para resumir, de la
carta de Valeria, saqué una historia bien pornográfica desde
el punto de vista del papel masculino, es decir, como si yo fuera el flaco
con el que ella se encontró en el avión. Y lo que quiero compartir con ustedes es esa historia producto de la
información real más mi fantasía. Me hundo en el asiento del avión cansado. Hube de correr para
no llegar tarde. Aunque ahora sólo quiero relajarme, noto a alguien
mirándome. Hago un paneo alrededor como si quisiera ver el paisaje
que me rodea y descubro una chica (Valeria) que me mira con la cabeza
gacha. Me río por dentro. Me gusta la forma que tienen de mirar las chicas
cuando les interesa alguien pero no quieren que ese alguien los descubra.
De esta manera me mira ella. Decido hacerme el difícil. Me pongo los auriculares del asiento
y me coloco los anteojos para sol. Con ellos, me detengo a mirarla sin
cambiar la postura de mi cabeza, lo que hace que mis ojos se vean un poco
forzados. Me gusta lo que veo; alta, esbelta, excelente cuerpo. Lleva puesta una
remera blanca lisa, escotada y una falda negra con motivos floreados.
Sus pies están calzados con sandalias franciscanas. De vez en cuando hago algo para hacerme notar, lo que logro con bastante
facilidad porque mi blanco no me saca los ojos de encima aunque se quiera
hacer la desentendida. Así, la mantengo a raya, esperando el momento
para atacarla. Y la oportunidad no se presenta en el avión. Cuando llegamos al
aeropuerto, sin embargo, ella no sale inmediatamente. Leo el deseo en
ella, pero quiero someterla a mis caprichos totalmente, quiero que sea
mi esclava incondicional y, para ello, debo mantener mi juego. De súbito, ella entra al baño. Mi oportunidad llegó.
Espero pacientemente en la entrada y veo salir a dos mujeres. Cuando veo
que se acerca una señora para entrar, me apresuro a decirle que
ese baño no funciona y que debe ir al del piso superior. La mujer
me confunde con un empleado de aerolínea y me hace caso. Entreabro la puerta y espío. La veo salir del cubículo
y dirigirse al tocador. Espero a que me de la espalda y entro silenciosamente.
Trabo la puerta y comienzo a ver debajo de las puertas de los cubículos;
no hay nadie. No he hecho ruido y me he mantenido fuera del reflejo de
los espejos, por lo que ella no me ha visto todavía. Ya decidido, me paro directamente tras ella, mirándola fijamente
y con decisión a través del espejo. Camino lentamente hacia
ella, mientras me mira como cordero a punto de degüello. En su mirada
hay expectación y deseo. Saca un lápiz labial y, sin dejar
de mirarme desde el espejo, se pinta los labios. Apoyo mi cuerpo contra el de ella. Mi entrepierna es un mástil
que puntea esas hermosas nalgas. Ella no dice nada, pero noto su pecho
bajar y subir en una respiración agitada. Le tomo la cintura y
paseo mi mano por su estómago y por debajo de su remera. Con mi
otra mano, me saco el pantalón y los bóxer. Le saco la remera
y noto que no tiene corpiños puestos. Le beso el cuello y la espalda
mientras le levanto la falda y le saco la tanga. Su respiración
es cada vez más agitada. Recorro con mi mano su lugar secreto y
lo encuentro húmedo y listo para recibirme. De esta forma, desde atrás, penetro en ella de un solo empujón.
Arranco su primer gemido. La sigo trabajando mientras me detengo a observar
ese soberano culo. Mis manos recorren, masajean, pellizcan y soban sus
turgentes pechos. Ella sigue gimiendo hasta que, de pronto, comienza a
convulsionarse toda. Se toma de mis pelos y trata de acariciarme, de agradecerme
ese orgasmo. No lo consigue, así que se da vuelta y me abraza besándome.
Nuestros labios se encuentran por primera vez y nuestras lenguas se confunden
en una masa viva que está en permanente movimiento. Vuelvo a penetrarla, pero ahora ella está de frente. Puedo besar
lo que antes sólo mis manos conocieron y puedo tocar lo que antes
sólo mi boca y mis ojos exploraron. Giramos de modo que yo quedo
apoyado en la mesada del tocador y ella sobre mí. Para sujetarse,
rodea mi cintura con sus piernas y yo la tomo por las nalgas. Mis dedos
quedan cerca de su ano, y en cada arremetida, lo masajean y entreabren.
Me atrevo y lubrico mis dedos con sus jugos, acto seguido inserto uno
en su agujerito. Confundo sus señales y lo saco. Entonces ella
ataja mi mano y le ordena que meta de nuevo ese dedo juguetón.
El explorador no se hace rogar y vuelve a la cueva a investigar. Ella
vuelve a lanzar gemidos fuertes, aunque mantenemos el juego de no hablar.
Sabemos que a la primera palabra, romperíamos la magia. Su cuerpo
se tensa y vuelve a caer en una serie de convulsiones. Ella se relaja, pero yo sigo endurecido. Su cuerpo es tan bello que me
excita en forma permanente y demencial. Ella nota mi estado, pero su vagina
está muy irritada, por lo que puedo notar de sus labios hinchados
y rojos. Se arrodilla y juega con su lengua. La hace ir de la base a la punta. Mete en su boca sólo la cabeza y chupa mientras juega con su lengua. "¡Qué buena que es!" Me hace una mamada fenomenal, hace que la leche se agolpe para salir.
Ella lo nota y comienza a usar su boca como si se tratara de la vagina,
chupando con más fervor. Le tomo la cabeza, no quiero acabar en
su boca, pero ella se aferra a mis nalgas y no suelta su presa. Comprendo
lo que quiere y no me hago rogar. Relajo mi instrumental y el jugo de
vida sale a borbotones mientras ella no deja escapar una gota. Nos quedamos un rato abrazados. Disfrutando de ese momento de relajación.
Luego nos acicalamos y nos vestimos en silencio. Destrabo la puerta y salimos. Nadie en el exterior se ha enterado. Salimos por la puerta del aeropuerto sin decidirnos a separarnos. Coincidimos en llamar el mismo taxi. Abro la puerta y la invito a pasar.
Cuando pasa al lado mío digo: Por cierto, me llamo Juan. Y yo soy Valeria. Gusto en conocerte. ¿Vamos a la mía o a la tuya? Y la respuesta fue la mía. Desde ese entonces, estamos conviviendo
en mi piso.
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