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Estoy próximo a terminar la universidad y hace casi 5 años
que no he vuelto a reunirme con la mayor parte de mis compañeros
de colegio. Mario era uno de ellos.
A Mario lo recordaba como un muchacho deportista y atractivo, un
poco callado, con una sonrisa muy dulce y también con éxito
entre las chicas.
Hace un mes, al salir de clase, en la tarde, me encontré con Mario
en la calle. No había cambiado mucho, pero lucía estupendo.
Se veía más fuerte y seguro de sí mismo. Nos saludamos e
iniciamos lo que parecía iba a ser una rápida y protocolaria
conversación. Sin embargo, encontramos que estudíabamos
la misma carrera, aunque en diferentes universidades. Eso nos entusiasmó.
Qué interesante sería compartir experiencias académicas!
Como no llevábamos prisa y en la esquina había un sitio
agradable, decidimos ir allí para tomar un par de cervezas
y conversar.
Si bien toda la conversación inició por los temas
estudiantiles, poco a poco, en la medida que era evidente una gran empatía
entre los dos, la charla fue derivando a materias más personales. Mario
me habló de una situación que había vivido recientemente,
cuando estaba con otros amigos y había tenido que intervenir para
que ellos no golpearan a un par de adolescentes gay a quienes habían
sorprendido besándose. Me preguntó que opinaba y obviamente
expresé enfáticamente mi repudio por la intolerancia frente
a los gustos sexuales de cada cual.
En ese momento, percibí una gran alegría en Mario y fui
consciente que la historia que me acababa de contar no era real y que
sólo buscaba sondearme. Aunque en ningún momento fuimos
explícitos, empezó a seducirme, en forma muy sutil, dado
el sitio en donde nos encontrábamos.
Me hablaba de diversos temas, en voz baja, pero con gran pasión.
De vez en cuando me tocaba, de una manera ruda y masculina que no despertara
sospechas. Yo no lo podía creer, nunca hubiera pensado que a Mario
le gustaran también los hombres. Empecé a arder de deseo,
pero no me atrevía a tomar la iniciativa, pues todavía tenía
un margen de duda: podría ser que fuera de aquellos hombres que
se toman dos tragos y se vuelven muy efusivos.
Después de un rato, cuando entramos en el tema de la música, me
invitó a escuchar algo en el apartamento de un amigo suyo,
cuya llave tenía y quien vivía cerca de allí. El
corazón me empezó a latir más aceleradamente, si
cabía más. La saliva se me atragantaba, la dudas ya eran
pocas y terminaron por disiparse completamente cuando, al llegar frente
al edificio de su amigo, en forma bastante brusca, me empujó contra
un rincón oscuro y allí, con la misma pasión que
ya yo sentía, inició un beso.
Qué beso aquel, señores!!!!! No éramos capaces de
separarnos y si lo hacíamos era sólo para tomar aire. Nuestros
labios eran como frutas jugosas que cada uno degustaba como si fuera la
primera y quizás la última vez que pudiera hacerlo. Las
lenguas se encontraban sorprendidas ante aquel arrebato. Aquello fue un
orgasmo en seco.
Cuando pudimos parar, subimos al apartamento. Al contrario de la explosión
que había ocurrido antes, avanzamos en el rito del sexo
en forma pausada. Pusimos música, nos acariciamos y desnudamos
lentamente, recorrimos nuestros cuerpos con las yemas de las manos, con
la punta de la lengua, nos disfrutamos con los ojos. Los labios,
las orejas, el pelo, la cara, el cuello, el pecho, el vientre, la espalda,
las nalgas, el vello del pubis, la entrepierna..........
Luego besamos y chupamos nuestros penes y huevos. El pene de Mario es
largo y delgado, curvo como si fuera la cimitarra de un guerrero
árabe y estaba duro como el mismo acero. El mío es derecho,
grueso y termina en una gran cabeza, que en la rigidez que tenía
se veía aún más temible. Chupábamos con
calma, como si fueran un postre delicioso que deseábamos comer
en pequeñas cucharaditas, para que durara más. Por momentos,
lo hacíamos simultáneamente, en 69, luego, en forma
alternativa, mientras el otro acariciaba la cabeza de quien se inclinaba
sobre su pubis.
El cuerpo de Mario es fuerte y musculoso y es evidente que el fútbol
lo ha moldeado. El mío es más delgado, con la
espalda ancha, las nalgas firmes y la cintura estrecha que dejan
la natación. Ambos somos altos, yo un poco más que el. Debíamos
lucir espectaculares entrelazados, en aquel momento en que volvimos a
perder el control y nos estábamos nuevamente devorando a besos en
medio de fuertes abrazos. El parecería un atleta romano, yo
un guerrero del antiguo Egipto.
Esa debió ser la imagen que vió Jorge, el amigo de Mario,
dueño del apartamento, quien acababa de entrar sin que lo sintiéramos.
"Puedo participar?", escuché que decía una voz
varonil.
Me volví a mirar. Era un dios teutón quien hablaba. Rubio,
bronceado, grande y macizo, su abundante vello era también rubio;
vestia, apenas, pantaloneta y camiseta ajustadas.
Todos intercambiamos miradas, sonreimos y él se lanzó presuroso
sobre mí, sin darse siquiera tiempo para quitarse el calzado. Todavía
tiemblo, un mes después, al recordar lo que fue aquello.
A partir de ese momento, no hubo consideración de ninguna especie.
Mientras me inclinaba para chuparle la verga a Mario, yo sentía
por detrás la boca de Jorge que me sorbía el culo,
con un gusto que era evidente y que me lo transmitía. Su lengua
jugaba alegremente por todos lados. Era evidente que me preparaba para
penetrarme. Esto lo deseaba con ansia, pero también lo temía:
con el tamaño de verga que tenía me iba a romper
el culo!!!!
Pero el hombre era un experto conocedor de como preparar el culo de otro
hombre a punta de placer oral para entrarle con una herramienta de tal
tamaño. Cuando finalmente lo hizo, fue con tal rudeza
que sentí morir, de dolor y de placer. Jorge venía de trotar
y estaba sudado, así que yo sentía su sudor correr por mi
espalda y alrededor de mi pecho, el cual él sujetaba con fuerza
durante sus embates. Me sentía deliciosamente violado por Jorge.
Mientras tanto, mi amigo y yo no habíamos cesado de hacer lo que
veníamos haciendo: Mario me mamaba la verga y yo alternativamente lo
masturbaba y exploraba su culo con los dedos.
Jorge terminó en medio de un rugido de gusto; luego, de la
misma forma silenciosa como entró, salió. Lo sentí
en la ducha luego.
Mario y yo ya necesitábamos terminar. Primero lo penetré
yo, de frente. Lo hice suave y lentamente, como me gusta, para sentir
durante más tiempo esos últimos espasmos. mientras
tanto, volví a masturbarlo. El mundo se nubló para mi, fue
tanto el placer que sentí al llegar.
Mario me dijo que quería terminar en mi mano, pero antes me pidió
que me sentara sobre él para penetrarme, así lo hice y luego
de moverme un rato, me gritó que parara, que a él le
gustaba ver la salida de sus jugos. Me lo saqué entonces, y todavía
sentado sobre él, lo masturbé hasta terminar. El hombre
no apartaba los ojos de su verga y no cesó de gemir hasta que un
gran chorro de semen explotó y alcanzó a llegar hasta su
pecho.
En seguida, me pegué a él en un fuerte abrazo,
para que mi pecho quedara también embadurnado con su semen.
Desde la cocina Jorge nos insto a que terminaramos, pues estaba preparándonos
algo de comida.
Decidimos, entonces, ducharnos juntos.
Aquello fue peor. Bajo el agua no cesábamos de besarnos y acariciarnos,
al punto de volver a alcanzar ambos tremenda erección, la cual
no pasó a mayores porque Jorge ya había puesto la
mesa y nos exigía compostura.
Aquella comida fue deliciosa: tres hombres desnudos y hermosos compartiendo
un plato español hecho con mariscos, bebiendo vino tinto, escuchando
buena música y riendo a carcajadas; todo presagiaba lo que podía
volver a empezar luego.
Aquella noche no regresé a mi casa.
ernesto7279@hotmail.com
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