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Tía Clotilde |
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Estaba feliz con la beca que la universidad me había conseguido
en la Argentina. Además de poder conocer el gran país del
sur por primera vez, tenía la oportunidad de realizar una pasantía
sobre medicina clínica en un conocido hospital. Alistadas mis pocas
valijas, ropa y textos de estudiante, llegué a instalarme en la
casa de una hermana de papá - la tía Clotilde - que vivía
en el barrio de Caseros, en la provincia de Buenos Aires. Hasta llegar a su casa y a punto de tocar el timbre de la entrada, muy
poco sabía de mi tía argentina. Papá me contó
que ella tenía unos 62 años, era viuda desde hacía
unos siete y que vivía sola y tranquila, gracias a una pensión
militar que su marido le había dejado al fallecer. Por comentarios
de papá, la tía Clotilde estaba feliz de poder hospedar
a su desconocido y joven sobrino recién egresado de la carrera
de medicina. Sonó el timbre, escuché unos pasos en el pasillo y de pronto,
abriendo la puerta, apareció mi tía Clotilde. Era una bella
mujer, de mediana estatura, más bien bajita, de piel blanca y cabello
canoso, muy bien cuidado. Pese a tener más de 60 años, me
llamó la atención su físico, ya que ostentaba un
enorme par de tetas, fina cintura y un trasero grande, rodondo, cuyas
nalgas bailaban al compás de sus pasos. Ese día tenía
puesto un florido vestido de algodón, algo apretado, que marcaba
su maduro cuerpo de mujer. Me invitó a acomodar mis valijas en un bonito y amplio cuarto
de la planta baja, pasamos luego al living de la casona y como era obvio,
nos pusimos a platicar de la familia. Nos sentamos en un cómodo
sillón, mientras hablábamos ella sostenía mis manos
y aprovechaba cualquier ocasión para abrazarme y besar mis mejillas.
En varios de esos abrazos, logré palpar sus voluminosas y mullidas
tetas, como así también, notar la extraordinaria blancura
y suavidad de su piel. Hablamos unas cuatro horas como mínimo, confieso que estaba cansado
por la ansiedad del viaje y el trajín de mudarme de un país
a otro, cuando la tía sugirió que me vaya a dormir y descansar.
Me guió nuevamente al cuarto, abrió el ropero y sacó
una frazada por si tenía frío a la noche y estampándome
el beso número setenta del día, se despidió feliz
y cerró la puerta de mi habitación. Yo estaba tan cansado
que apenas me senté en la cama para acomodar algunas cosas, caí
en el colchón vencido por el sueño. Supongo que sería ya entrada la madrugada cuando me despertó
el frío del cuarto. A tientas en la oscuridad, busqué la
frazada que la tía Clotilde me había dejado, cuando escuché
que alguien abría la puerta de mi habitación... Me hice el dormido, amparado en la poca luz que ingresaba por la ventana,
y pude notar a contraluz, que era la tía vestida en camisón,
que se acercaba lentamente a mi cama. Primero se dirigió a encender
una pequeña estufa de cuarzo que había en la esquina del
cuarto, cuyas ardientes lámparas rojas dieron al instante a la
habitación, un agradable tono carmesí. Luego, ella se acercó
a la cama y me tapó con la frazada. Por fracción de segundos,
con los ojos entreabiertos, pude ver como dentro de su camisón
semiabierto, colgaban muy cerca mío dos hermosas tetas blancas,
cada una del tamaño de un melón, con pezones punteagudos
y rosados. Eso me excitó muchísimo, al punto de poner como
una dura barra mi verga debajo de la frazada. Después, no sé
si producto de mi calentura o de mi joven imaginación, la tía
me besó con la boca abierta, húmeda, muy cerca de mis labios,
y se fue... Al otro día, repuesto del cansancio del viaje, me levanté
temprano para darme una ducha. El baño era amplio, tipo colonial,
con una hermosa tina en el medio y sin cortinas. Me desnudé, abrí
el agua, llené la tina con agua caliente y me metí desnudo
a descansar... Habrán pasado cinco minutos cuando golpean la puerta del baño,
y así, sin más preámbulos, mi tía ingresó
sonriente con un par de toallas. Quise taparme con algo, pero la tina
no tenía cortinas. Mi tía sonrió y dijo: "No
te preocupes, que he conocido desnudos a más hombres de lo que
crees. Y son todos iguales". Ella vestía el mismo camisón que a la madrugada, pero ahora,
a la luz del día podía verse su menudo pero rubicundo cuerpo
totalmente desnudo bajo el tejido. Mientras acomodaba las toallas y algunas
cosas del tocador de pared, puede apreciar su enorme culo con un agujero
negro en el medio, que se veía a través del camisón.
Mientras caminaba sus tetas se movían y cuando me trajo shampoo
para lavar mi pelo, pude ver la abundante mata de pelo que coronaba su
raja. En la tina, mi verga ya empezaba a reaccionar y faltó poco para
que, en plena erección, mi prepucio asomara del agua. Yo no sabía
qué hacer porque había poca espuma en el agua y se transparentaba
todo. En eso, mi tía acercó un banquito de madera y poniéndose
un poco de shampoo en las manos, dijo: "Déjame lavarte el
cabello. A tu tío siempre se lo hacía...". Me senté
un poco mejor, recosté mi cabeza en el borde de la tina y ella
comenzó a masajear suavemente mi pelo. Mientras tanto yo sentía
mi verga palpitar de excitación, sabiendo que detrás mío,
estaba ella sobándome el pelo y viendo seguramente la enorme barra
de carne que casi asomaba del agua. Podía sentir el olor de su raja humedecerse, ya que la tía
había abierto sus piernas para acomodarse mejor detrás de
mi cabeza. Era un olor profundo que impregnaba todo el baño. Casi
sin quererlo, cerrando los ojos y dejándome llevar por la excitación,
llevé por debajo del agua mi mano hasta la base de mi verga y,
lentamente, comencé a pajearme. Mientras lo hacía, las manos
de mi tía en mi cabeza, acompañaban el ritmo de mi mano
bajo el agua. Sentí su aliento caliente, febril por encima mío.
Hasta podía intuir el leve movimiento de caderas que ella hacía
cada vez que masajeaba mi cabello. Y ahora el masaje incluía mi
cuello y parte del pecho. Sentía como sus suaves manos enjabonabas,
temblorosas, palpaban cada centímetro permitido de mi joven cuerpo... Presa de una calentura especial, ya que nunca me había montado
a una mujer de sesenta años, me animé y le agarré
las manos, giré sobre mi cuerpo y allí, arrodillado frente
a ella, le abrí el camisón y comencé a besar sus
tetas. Eran grandes, blancas y blandas... le llené los pezones
de saliva mientras con mis manos acariciaba por detrás sus nalgas.
Inclusive, le llegué a meter un dedo entero en el culo, que me
sorprendió por la facilidad que entraba. Notando que respondía a mis caricias con suaves jadeos, me levanté
de la tina, le quité el camisón mientras ella me propinaba
profundos besos de lengua, la alcé y llevé en brazos hasta
la cama. La puse de espaldas y ella presintió lo que yo deseaba, ya que
se puso en cuatro, bajó su pecho hasta el colchón, empinó
su cintura hacia arriba y, con sus manos se abrió lo más
que pudo sus enormes nalgas, dejando a mi vista un ojete negro, peludo
y exageradamente dilatado. Me asombró ver ese agujero abierto,
por lo menos, unos dos centímetros. Se lo chupé despacio,
profundo, pasando mi lengua alrededor del sabroso agujero. Cada tanto,
le clavaba la lengua y se la sacaba, haciendo que mi tía tiemble
de placer... Una vez que el ojete quedó brillante, apoyé la punta de
mi verga allí y poco a poco, se la enterré hasta el fondo.
Mi tía, ni corta ni perezosa, se había comenzado a masajear
el clítoris. La habré cabalgado unos quince minutos, hasta
que no pudiendo más, le llené de leche caliente y espesa
sus tripas... Luego, ella tomó la iniciativa. Quitó con
su mano la verga que tenía enterrada en el culo y así, sin
vueltas, me la mamó hasta dejarla totalmente limpia y sin una gota
de semen. Semejante mamada hizo que se me pusiera tiesa otra vez, entonces mi tía,
abrió sus piernas y me suplicó que se la metiese en la raja.
Lo hice despacio, tratando que ella gozara cada centímetro de carne.
Una vez que le entró toda, ella cruzó sus piernas por sobre
mi espalda, agarró mi cabeza con sus manos, y mientras se movía
a ritmo frenético para su avanzada edad, me dio una serie de besos
de lengua como jamás había recibido. Jugaba con mi lengua
e inundaba mi boca de saliva, todo al ritmo de sus ardientes caderas y
mis profundas embestidas. Cuando mi verga estaba a punto de estallar otra vez, ella rápidamente
me soltó, se puso de rodillas y agarrando mi verga por su base,
exprimió mi mástil de carne, tragándose todo el semen
y sin derramar una gota en la cama. Al parecer la tía había
sido una experta mamando, ya que mientras yo descargaba mi verga, pude
ver como su garganta se movía y devoraba sin problemas mi semen,
saboreando el mismo como si fuese un exquisito elixir... Después, en silencio, quedamos tendidos en la cama mirando el techo. Fue cuando me di cuenta que había perdido una tía, pero había ganado una amante.
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