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Ya les he contado el principio de mi venganza a Hernán (en La
venganza de Lucila). Pero a medida que pasó el tiempo mi
sentimiento de bronca fue creciendo y como les había dicho no sé
bien que hacer. Esta vez quiero contarles algo que pasó la semana
pasada, en un momento en que perdí los estribos y todo se me salió
de control.
A pesar de mi bronca y enojo no le he dicho nada a Hernán de la
carta que encontré y nos seguimos viendo como si nada. Eso si,
no me toca ni un pelo!
La cosa es que el otro día fui a su casa a visitarlo sin avisarle
previamente y cuando llegué no estaba. Había salido a la
facultad o con unos amigos. A pesar que nos estamos (o estábamos)
por casar somos concientes que somos muy jóvenes aún por
lo que cada uno tiene libertad de hacer lo que quiere sin pedir permiso.
Al llegar a la casa me atendió Mara, la hermana de Hernán;
me dijo que él no estaba, que llegaría a la noche, pero
que pase igual a tomar un café.
Casi digo que no pero acepté no sé por qué. Me senté
en la mesa de la cocina y Mara preparaba el café. Tenía
puesto un camisón blanco bastante corto y cuando levantaba los
brazos se le veía la parte de abajo de su culito, la tanga casi
no se veía, perdida ahí dentro. Comenzó a preguntarme
sobre los preparativos del casamiento, la iglesia, la fiesta y todas esas
cosas.
Al principio le contestaba sin muchas ganas pero luego al verla casi desnuda,
dando vueltas en la cocina y hablándome del casamiento me empecé
a llenar de indignación. No podía creer que esa puta haya
estado con mi novio, haya hecho todo lo que contó en la carta y
la muy cara dura me seguía hablando del casamiento. ¡Qué
mujer más hipócrita! Mi bronca fue creciendo al punto que
me daban ganas de pararme y arrancarle todos los pelos y meterle la cabeza
en el escusado. Luego me hizo la pregunta que terminó de rebalsar
el vaso: ¿Luli, van a tener hijos pronto? Preguntó con su
voz de estúpida.
Algún resorte o alguna luz se accionó dentro de mi y exploté,
perdí el control. Me levanté de la silla hecha una verdadera
fiera. Mara estaba de espaldas y la tome con todas mis fuerzas del cabello
y la arrojé sobre
la mesa. Mara dio un grito de dolor al golpearse con la mesa. Me abalancé
sobre ella y le presioné la cabeza contra la mesa. Nunca en mi
vida me había comportado así, nunca había sido tan
violenta pero la ira se había
apoderado de mi.
- ¡Puta, así que te has cojido a tu hermano!
Mara sollozaba y me pedía que me tranquilice y que la suelte. Lloraba
diciéndome que le estaba haciendo doler pero eso me daba más
energía para castigarla más.
- Ya vas a ver lo que te hago, PUTA!!!
Mara, en este momento ya lloraba desconsolada y no hacía más
fuerza para zafarse, como si estuviese resignada o entregada.
- Así que te gustan las mujeres...
Me subí a la mesa y me senté arriba de ella que estaba de
espaldas con el pecho y la cara contra la mesa. Seguía sujetándola
del cabello y con la otra mano le levanté el camisón y quedó
su culo a la vista. Estaba arqueada sobre la mesa, con las piernas para
abajo y los pies sobre el piso. Levanté la vista y sobre la mesada
vi un mortero (esos cuencos que se utilizan para moler maíz con
un palo) me bajé de la mesa y tomé el palo del mortero.
Era bastante grueso, de unos tres centímetros y como de cuarenta
de largo. Volví a subirme a la mesa y volvía a sentarme
sobre ella, mirando para su culo. Siempre sin soltarle el cabello y manteniéndola
aprisionada contra la mesa.
- Para Lucila, detente, qué estas haciendo, por favor detente.
(suplicaba entre lágrimas)
Con una mano le arranqué la tanga y me agaché sobre su culo.
Por un instante la solté y le abrí las nalgas. Metí
mi boca y le lamí el ano. Pasaba mi lengua de arriba a abajo en
su agujerito arrugado y con sabor amargo.
Mara se quedó quieta en silencio. Me di cuenta que lo estaba disfrutando
(las dos?) y yo no quería que lo disfrute. Así que me incorporé
y volví a tomarla del cabello y la volvía a presionar para
abajo. Tomé el palo del mortero y me lo metí en la boca
para mojarlo. Lo tomé firmemente y lo apoyé en su ano.
- No Lucila por favor no lo hagas, NO por favor
No tenía absolutamente ningún sentimiento de piedad ni compasión.
Hice fuerza y presioné el palo etiéndoselo por su culo de
una sola vez y lo más adentro que pude. Mara grito con todas sus
fuerzas y arqueó su espalda
de tal forma que casi me tumba al piso. Pero me sujeté con fuerza
y comencé a meterle y sacarle el palo por el culo como una cojida
violenta. Mara se quedó inmóvil y yo seguía con el
mete y pon. Recién en ese momento me di cuenta de lo que estaba
haciendo y no lo podía creer. Yo, Lucila, la más sensible
y buena le estaba haciendo eso a la hermana de mi novio. Pensé
en lo que diría Hernán si se enteraba, pensé en nuestro
casamiento... Pero luego recordé la carta y lo que le había
hecho Mara y su amiga a mi Hernán.
Y no me detuve, continué cojiéndola con el palo. Y comencé
a sentir que la respiración de Mara se agitaba. A la muy puta le
estaba gustando. ¡Que perra! Hice los movimientos más violentos
y metía el palo lo más adetro
que podía, sólo quedaban unos centímetros afuera,
pero Mara en vez de gritar, jadeaba y gemía. Aumenté aún
más la violencia de mis movimientos pero no estaba segura que era
lo que sentía Mara. Le solté la cabeza y llevé mi
mano hasta su raja. La encontré completamente mojada y, directamente,
le metí primero un dedo y después otro. Mara gemía
cada vez más pero ya no ocultaba su placer. Con mis dedos dentro
suyo sentía el palo que le metía por el culo y le metí
un tercer dedo y luego otro. Tenía cuatro dedos dentro suyo y
de golpe sentí que todo se contrajo y que Mara gritó de
placer. Estaba corriéndose. Me di cuenta del placer que Mara estaba
sintiendo y tomé conciencia que yo también me había
excitado, yo también estaba toda
mojada.
Sentí miedo, vergüenza, ira, bronca, odio, excitación.
Me levanté y bajé de la mesa.
- Mara, si dices algo de esto a Hernán o a cualquiera, sea quién
fuera, te doy mi palabra que tomaré esa carta que le escribiste
a tu hermano y se la mostraré a tus padres.
La miré por ultima vez, antes de irme corriendo, tumbada sobre
la mesa con la cara agotada llena de lágrimas, el camisón
levantado y la tanga tirada en el piso. La raja se le veía abierta
y aún tenía el palo metido en el culo.
- ¡¡¡Te lo mereces PUTA!!!
lavenganzadelucila@hotmail.com
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