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El veneno en la sangre |
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El calor de la selva entra zumbando en su cerebro, y con
el machete en la mano el hombre intenta abrirse paso entre la vegetación
compacta que lo oprime. Como si fuera un encierro, como si estuviera cavando
para salir del centro de la tierra. Hace cinco días que no ve a su mujer ni a su hija,
que han quedado solas en el medio del monte, mientras él ha viajado
hasta el pueblo para traer víveres y suero con el que prevenirse
de los ataques de las víboras. Hace tan poco tiempo una yararacusú*
le quitó un hijo, y ahora es solo un hombre para hacerse cargo
de dos mujeres. Pero antes tenía que prevenirse de próximos
ataques de la selva. Un alto en el camino. Se sienta sobre un tronco y saca del
bolso una botella de caña. Toma un trago largo, y es como si fuera
agua. No le siente el sabor, no le quema la garganta, porque mas es lo
que le quema el odio. Esta cerca de la casa de su compadre Ferraz, pero
no va a pasar a saludarlo. El es el culpable de que haya perdido a su
hijo, porque siendo el poseedor del único almacén, y aunque
el suero se había terminado, no mandó a nadie a buscar más,
arriesgándolos a todos a las mordeduras de las víboras.
El mismo día en que enterró a su hijo, salió marchando
hacia el pueblo, porque o se sacaba la furia peleando contra la selva,
o lo mataba a Ferraz. Fue una salida razonable. De todas formas, en lugar de alivianar su mente con pensamientos
claros, solo estaba mas bruto, mas furioso. Terminó la botella
de caña y la arrojó a un lado. Ahora si sentía el
alcohol, le hacía hervir la sangre y le quemaba las venas. Se hechó
el bolso a la espalda y tomó el machete, y siguió por la
senda tratando de llegar al río. La senda estaba mejor marcada
hacía cinco días, cuando él mismo la había
transitado en el sentido contrario. Pero la selva avanza por minutos,
y el paso ya estaba nuevamente obstruido en varias partes. Era necesario
recorrer a diario un camino, machete en mano, para que la vegetación
no lo cubriera por completo, sin dejar casi rastros, en cuestión
de semanas. Llegó a la orilla y respiró el aire fresco,
cargado de bichos que revoloteaban junto a los pocos rayos de sol que
se filtraban por ese paso del río, en medio de la vegetación.
Se subió a su canoa, que estaba atada donde la hubo dejado el mismo
hacía cinco días, y empezó a remar con renovadas
fuerzas. De lejos lo observó su compadre, que hachaba leña
junto a su rancho, pero no lo saludó. Sabía que e rencor
estaba tan fresco como la muerte de su ahijado, y prefirió guardar
silencio, al tiempo que acompañaba a su compadre con una respetuosa
mirada mientras este se alejaba por el río. Había pasado el mediodía y tenía hambre.
Ni bien llegó a su hogar ató la conoa al muelle y entró
a su rancho. Encontró a su hija limpiando los cacharros. Allí viene dijo ella y agachó
la cabeza. Sabía lo que ahora ocurriría. Una mujer de menos de cuarenta años entró
a la habitación. Sus ojos estaban cansados y toda ella, al igual
que su hija, estaba envejecida por la lucha contra una vida ardua, que
les mataba un hijo y que les hizo pensar que el único hombre de
la casa tal vez ya no volvería. El la tomó en sus brazos
y le quitó rápidamente las ropas, dejándola desnuda
por completo. El pelo suelto y oscuro le caía por encima de sus
morenos hombros, acariciándole los senos, demasiado firmes para
le edad que ella aparentaba. La sentó sobre la mesa y le separó
las piernas, y bajándose los pantalones dejó a la vista
un miembro tan grande como duro, que se encerraba tanta furia como el
mismo hombre. Delante de su hija, como tantas otras veces, separó
los labios vaginales de su mujer, entre la mata de oscuros pelos, tan
tupidos como la selva misma, y penetró en la carne, hundiendo su
miembro en la humedad del recinto. Se movió lentamente dentro de su esposa, llevaba
días esperando sacarse tanta miseria de adentro que quería
hacerlo bien. Le mordía el cuello, le apretaba los pechos... sintió
la sequedad del desierto en la garganta cuando las lenguas de ambos de
abrazaron. Miró a su hija, que observaba el ritual casi con
la misma costumbre con que veía aparearse a los chanchos. Dame caña. Ella lo miró inexpresiva. La caña se había terminado hacía casi un mes, y al igual que el suero, el almacén de Ferraz no había traido más. Buscá en el bolso le dijo, sin dejar
que clavarle su miembro en las entrañas a su esposa. Tomó
un trago y golpeó el vaso contra la mesa. Mas. Mientras la botella dejaba salir su líquido
de fuego, la mujer se apretaba las tetas y llegaba al orgasmo. Sus gritos
de placer o de agonía se abrieron paso en el pesado ambiente de
la habitación cuando la caña le llegaba al estómago. Puso una mano sobre las nalgas de su hija. Estaba vestida
con un short que dejaba ver sus largas piernas, hermosas, e iba descalza
sobre el suelo de tierra. Ya estaba en edad de merecer, había cumplido
la mayoría de edad y había perdido la virginidad mucho antes
eso. Una remera sucia y muy suelta disimulaba unos senos duros y bien
formados, que se movían libres sin conocer la existencia de los
sujetadores. Le metió una mano en el culo, acariciando sus redondeces
y tocando su intimidad. Le quitó el pantaloncito con un rápido
movimiento y la hizo sentarse entre las piernas de su madre. Esta se incorporó
y desde atrás le sacó la remera, para dejarla desnuda por
completa. Pronto el miembro de su padre entró en su cuerpo,
mientras por detrás su madre la abrazaba, y pasaba sus manos hasta
llegar a sus tetas, pellizcándole suavemente los pezones. Se sintió
transportada, y comenzó a moverse al ritmo de esa verga que la
estaba matando.. estiró los brazos y al tiempo que llegaba al orgasmo
se abrazó a su padre. Una oleada de esperma le inundó las
entrañas, con toda la furia que su progenitor había recogido
en la selva. Se abrazaron los tres. La luna había salido entre las últimas luces del día, los pájaros revoloteaban las pocas casas del rancherío. La soledad los apretaba nuevamente.
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