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Adiestrando a mis hijas |
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Un desquiciado intelectual, viudo y padre de tres hijas, las obliga a
acompañarlo en un siniestro encierro, durante el cual mantendrá
relaciones sexuales con ellas. He de aclarar al lector que, cegado por las costumbres del mundo exterior
es incapaz de comprender nuestro exilio, que he roto los lazos de nuestra
familia para con la sociedad por considerarla a ésta un universo
de inmundicias, y he juzgado conveniente para mí y para los míos
no retomar jamás el contacto directo con lo externo. Por lo tanto
acabaré mis días sin que nadie lo sepa, seré algún
venidero ocaso un anciano que dejará de comunicarse epistolarmente
con la crema intelectual de occidente, y mis sucesoras me darán
piadosa sepultura en el jardín de nuestro hogar, donde esperaré
abrigado por el calor de la tierra a que el destino las obligue a acompañarme.
Pero creo que los estoy aburriendo, que no son ni mis juicios desvariados
ni mi futura muerte lo que he prometido a ustedes informarles. Decidí comenzar a desvirgar a mis hijas siguiendo el justo patrón
de su edad, comenzando por la primogénita Marta, que con sus 22
agostos jamás ha conocido el placer carnal, ni lo conocerá
por vía de otros brazos que no sean los mismos que han tomado fuerza
para sostener esta pluma. La llamé por la mañana de ese
jueves para que me visitara en mi despacho, y ella se presentó
cubierta por un largo vestido negro, cuyo uso es reglamentario aquí
durante días de semana. Como tantas otras veces lo hice antes,
le indiqué que se desvistiera, cosa que hizo sin reservas. Le ordené
luego que se sentara en el diván, viejo recuerdo de las épocas
en que estudiaba sin descanso las teorías del padre del psicoanálisis,
y yo por mi parte tomé asiento en un pequeño sillón
ubicándome frente a ella a menos de un metro de distancia. Por
espacio de unos minutos contemple las apetecibles carnes de mi hija, y
luego mantuve una pequeña conversación respecto al pecado
carnal y a la inexistencia del castigo falsamente anunciado. Le hice separar
sus piernas para poder tocar sus partes pudentas, y entonces comencé
a mostrarle los placeres de Onán, cosa que agradeció con
un rostro plagado de lujuria. Cuando juzgué, guiado por la enorme
cantidad de flujos segregados por su vagina, que estaba ella lo suficientemente
exitada, me desvestí, permitiéndole a ella inspeccionar
mi pene erecto. La recosté sobre el diván y procedí
a penetrarla lentamente, no sin dificultad, pues sentía ella un
dolor similar al que sentía su madre cuando le robé su virtud,
concibiendo al mismo tiempo a aquella beldad que ahora estaba recibiendo
la generosidad que la naturaleza le dio a las proporciones de mi miembro.
Lamiendo sus pechos conseguí volverla al punto de exitación
original, logrando que el dolor que sentía por la destrucción
de su himen se disipara, y le di unas breves pero útiles instrucciones
para que disfrutara del orgasmo, que no tardó en hacerse presente,
al mismo tiempo en que yo me descargaba en su interior. Luego de esto tuvimos una charla, en la que ella se mostró grandemente
agradecida por los placeres descubiertos, y donde yo la previne respecto
a la similar actitud que tendría para con sus hermanas en los días
venideros, y en los que esperaba contar con su colaboración. Pero para ello, y estando extenuado por el recuerdo de aquella aliviadora y placentera experiencia, recurriré al descanso de permitirme continuar este informe en un capítulo próximo. Mr. Delmont Para volver a SEXYCUENTOS, haga click aquí
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